Foto: Adrián Del Valle

MEMORIA SÍSMICA

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Alonso Pérez Fragua

@fraguando

Fíjate que mi papá era muy cool cuando se trataba de temblores. Todo sonaba y se azotaba en la casa; unas persianas súper pesadas de madera haciendo el ruiderazo y él, cool. Quizá por eso yo soy así. Y quizá por eso el temblor del año pasado lo viví como lo viví. El del 85 no estaba en México, así que éste fue el más fuerte que me ha tocado. Mi angustia en 85 fue otra. Yo vivía en Estados Unidos en ese momento, en San Antonio. Llegué embarazada de mi hija. Fui a pasar la Navidad con la familia de mi entonces marido, y allá me enteré de que nos mudaríamos y que yo ya no podía regresar a México porque al querer pasar de regreso a EUA me iban a impedir la entrada, porque muchas mujeres se van solamente para sacar el acta de nacimiento gringa a las criaturas.

Y ahí me tienes con mi chamaca, viviendo en otra cultura. Porque dirán lo que quieran, pero eso era una mentalidad distinta a la nuestra. En ese entonces no conseguías tan fácil comida mexicana, así que yo misma me cocinaba lo que extrañaba, bolillos, chorizo, tamales. Aprendí a ser independiente en una tierra desconocida, a usar mapas para conocer la ciudad, a hacer trámites yo sola – ¡saqué mi primera licencia de manejo gringa! -, a cargar gasolina por mí misma, a leer y vivir sin el sistema métrico decimal – ¡un horror! -. Mi inglés mejoró sensiblemente y pude ya leer cosas mucho más complejas; empecé a usar computadora y viví los inicios de internet; la iglesia ortodoxa griega nos dio la bienvenida porque la querida católica, apostólica y romana nos rechazó: mi ex ya era divorciado, y mi hija era una bastarda ante sus ojos… qué te digo… En fin.

Ese día -era jueves, si no me traiciona la memoria- me había hecho un cambio de look, tenía el cabello larguísimo, pero con una niña de 6 meses no me daba tiempo de peinarlo, así que decidí dejármelo chiquitito-chiquitito. Venía de regreso de la peluquería cuando escuché en la radio que una mujer de Houston hablaba a la estación diciendo algo de un temblor que parecía había sido en Acapulco, pero que se había sentido hasta Texas, pero yo ni en cuenta. Cuando llego a la casa, en mi contestadora de teléfono está la lucecita blinqueando y hay un recado de la hermana de mi ex, que es doctora y también vivía en San Antonio, diciendo que se va a México en ese momento, pero yo seguía sin saber qué pasaba. Le marco y ya no me responde, y entonces empiezo a marcar al DF, a casa de mi mamá, y nadie me contesta y solo una grabación en inglés que por el terremoto en la Ciudad de México no se puede establecer comunicación.

Imagínate, mi hija gateando alrededor de mí, yo solo bajaba a prepárame algo de comer y regresaba a pegarme a la tele -el papá de mi hija es fan de la tecnología, así que teníamos una Sony de 43 pulgadas, que era lo mejor de ese entonces-. Jueves, viernes y sábado sin poder hablar con nadie, ni siquiera teníamos noticias de la hermana de Eduardo, y obviamente todas las tomas que pasaban en la tele los noticieros gringos eran de la ciudad caída. ¡La angustia, no sabes! Fue hasta el domingo que el señor Raúl Velasco tuvo la gentileza de dimensionar lo que había pasado en su programa. Yo ni veía Siempre en domingo, pero te digo que desde el jueves del temblor no me despegaba de la tele. Entre un número musical y otro, se plantó frente a la cámara, no quiero minimizar de ninguna manera lo que estamos viviendo, ni minimizar el drama y la intensidad del temblor, pero lo que quiero decirles a los amigos que nos ven fuera del Distrito Federal y del país -y entonces aparece un mapa del DF a su lado- es que estas tres zonas son las que están destruidas, así dijo. El resto está bien, golpeado y con algunos edificios mal, pero en pie.

Termina Siempre en domingo y suena el teléfono. Era una sobrecargo de Mexicana de Aviación -creo que se llamaba María Luisa- que había volado a San Antonio. Mi hermana había ido al aeropuerto del DF y le había pedido que me buscara para pasar el recado de que toda la familia estaba bien. Y así, poco a poco me fui enterando de cómo estaban amigos y familiares, y todo bien.

Entonces tuve esa experiencia a distancia del terremoto del 85. Luego regreso a México en el 86, y me vengo a vivir a Puebla hace unos años. Y pues me tocan los temblores de toda la vida; temblorcitos, por aquí y por allá y, pues, todo igual, no me asusto, yo diciéndome, los fuertes pasan cada mil años. O sea, se cayó El Ángel en 56 o 57, pasan casi 30 años y pasa el 85, pero bueno, yo vivo en construcciones sólidas. El primero que me tocó de regreso fue en el edificio donde vivía, como de los años treintas o cuarentas, cerca de la Torre Mayor, y yo, síaguanta-síaguanta-síaguanta, todo perfecto.  Y ya. Y además yo seguía pensando, los lugares que sea caen -y que feo que piense uno así- pues están en zonas más pobres o con edificios más nuevos que no está probada su resistencia.

Me vengo a Puebla y yo igual: temblorcitos y yo sin interrumpir lo que hacía en esos momentos. Y llegamos al 19 de septiembre de 2017 y fue una cosa es-pan-to-sa. Antes de que se moviera la tierra, tronó: algo allá, abajo de la tierra, tronó. Pensé que era el gas, porque acababan de poner las tuberías de gas natural en la colonia. Lo escucho, pienso en el gas y en alguna otra cosa en cuestión de segundos, y antes de que pueda decir es esto o es aquello, a seguir con lo que hago, empieza a temblar, pero empieza a temblar muy, muy fuerte. ¡Tan fuerte que casi vomito!

Yo estaba en mi cuarto y lo mismo, en cuestión de segundos, pienso, ¿me quedo o me voy?, pero digo, aquí es lo más seguro: en lo que bajo, llego a la puerta que tiene doble chapa, en lo que no sé qué. ¡No bueno, mejor me quedo aquí! Encima tengo la azotea, si se cae pues será solo eso. Pienso en el tanque de gas que está del otro lado, así que me muevo para librarlo y si aquí me cae algo serán solo ladrillos. Me quedé parada ahí, al lado de mi cama, viendo mi cómoda enfrente y escuchando el ruido terrible que hacía, y el espejo encima y yo viendo mi reflejo ahí sola, aterrorizada, y por el rabillo del ojo izquierdo, mis libros cayendo afuera en el pasillo, pero mi primer pensamiento fue, esos son ladrillos, la casa se está deshaciendo -ya ves cómo la pinche cabeza acomoda las cosas. Y todas mis chácharas empiezan a caerse arriba y en la planta baja y yo oía y oía las mil cosas que se caían. No sabes cuántas cosas tengo -los gringos le dicen muy feo, hoarder, pero no me gusta ese calificativo- y todas haciendo ruido; todas las cazuelas y colgaderas que tengo en la cocina moviéndose y cayéndose.

Y cuando acaba, yo sigo en mi recámara; no quería bajar ni salir a la calle, pensando en la cantidad de chapas que tenía que abrir y en todas esas personas que luego encuentran en el tiro de la escalera cuando van de salida. Poco a poco fui recorriendo los espacios para ver qué se había roto. No recogí mi librero, sino como una semana después, ni mi colección de alebrijes, ni nada… como que me daba… no sé… no quise. Lo primero que hice fue entrar a mi baño y recoger el champú: ahí me tienes, metiendo el líquido de regreso a la botella, usando una de esas espátulas de hule y ahí, al lado, la imagen de John, Paul, George y Ringo en la cortina de la regadera como única compañía.

Pasó. Yo me dije, no estoy en edad para irme no sé cuántas horas a una comunidad a sacar gente de los escombros o así, tampoco creo en las donaciones porque luego ya ves dónde acaba el dinero, pero creo en la gente que está yendo a ayudar. Entonces me puse a conectar personas a través de mis redes sociales. Allá necesitan esto, acá tienen aquello; aquí sobran garrafones y sándwiches, váyanse para allá. Y así estuve tres o cuatro días, en Facebook y Twitter y por WhatsApp, conectando gente que conozco y que sabía confiable. Y cuando acabé con todo este ajetreo, ahora sí me puse a recoger el resto de mis cosas: mis alebrijes, mis libros, todo lo que se salió de mi vitrina michoacana, mis candelabros preciosos de artesanía que se rompieron en 20 pedazos. Y cuando acabó el ajetreo también fue cuando me vine abajo y me solté a llorar…

Lo recuerdo ahora y se me hace un nudo en la garganta; la suma de todo se me viene encima otra vez. Esa sensación de impotencia, de sentirte como una hormiga ante la inmensidad de la naturaleza. Se me hace también un nudo porque toda la esperanza que tenía en ese momento al ver a la gente ayudando y queriendo apoyar, para que al final… Mi yo utópica, la romántica que vio a México unido y mostrando la mejor actitud y la mejor cara se sintió aún más decepcionada porque tres meses después, durante las campañas electorales, esa unión y buena onda desaparecieron. Todo ese encono, los insultos en redes sociales, los ataques estuvieron ahí, como si la tragedia jamás hubiera sucedido. Qué tristeza que se nos olvide tan pronto lo frágiles que somos.

No soy más temerosa de los temblores, pero desde ese día ya no uso reloj ni pulseras, ni nada. Me liberé de un disfraz que tenía. El temblor fue, digamos, el detonador de un proceso donde también intervino un curso de actuación que tomé. Era una cosquillita que tenía desde niña, algo que de cualquier forma hubiera hecho, pero el temblor hizo que la experiencia fuera más catártica, más intensa. Con la experiencia de que se me moviera la tierra así, me doy cuenta de que por algo estoy ahí en ese taller, no por actuar. Fui para darme cuenta en qué momento creé este personaje de mujer fuerte, este personaje que es más congruente con mi físico y con el mundo de los negocios en el que estoy. Aprendí a ya no azotarme por muchas cosas, a ya no ser la fatalista de ¡pinche mundo…! Así es el mundo, ni modo.

Sigo estando lista para ayudar de la forma en que pueda si se presenta la ocasión. Por esta vulnerabilidad que guardaba debajo de mi personaje no puedo ver a la gente sufrir, solo que ahora ya sé también cómo puedo sacar esta fuerza que me inventé y transformarla en ayuda efectiva. Aprendí a involucrarme sin lastimarme y el temblor fue el detonador. No sé cómo explicártelo, pero así fue.


Memoria sísmica es un proyecto periodístico de Alonso Pérez Fragua para LADO B que se publica cada miércoles desde el 5 de septiembre de 2018. Busca materiales adicionales en Instagram y Twitter con el HT #MemoriaSísmica. Encuentra también la lista de canciones alusiva a esta crónica en Spotify en esta liga. 

Alonso Pérez Fragua, gestor y periodista cultural poblano. Melómano y cinéfilo desde que tiene memoria; aprendiz de asuntos del arte desde los albores del siglo XXI. Desde enero de 2018 radica en Casablanca, Marruecos, donde vive su primer acercamiento a asuntos islámicos. Como gestor cultural ha trabajado en la Dirección de Espacios Culturales y Patrimonio Artístico de la UDLAP y como responsable de Exposiciones del IMACP, además de dirigir y fundar el despacho virtual Karakol Asesoría y Gestión Cultural. En medios ha colaborado con Lado B, La Jornada, Los Subterráneos, Radio BUAP, Puebla FM, Ibero 909 y Axocotzin Radio, entre otros. Autor del libro Melomanía (y otras rarezas): crónicas culturales del poblanishment (Fomento Editorial BUAP, 2017). Comunicólogo de formación, curioso de todo por vocación. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y maestrante en Comunicación y Medios Digitales, ambas por la UDLAP, posee un posgrado en Ciencias Antropológicas con área de concentración en Políticas Culturales y Gestión Cultural por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Presidente y único miembro del club de fans del autor estadounidense A.J. Jacobs.

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