La nuit a dévoré le monde: el último eslabón viviente del cine...

La nuit a dévoré le monde: el último eslabón viviente del cine zombi

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Foto tomada de Rotten Tomatoes
Héctor Jesús Cristino Lucas

No es secreto que de un tiempo para acá el cine de zombis –uno de los subgéneros más sobreexplotados en nuestro siglo–, no sólo ha perdido la fuerza y notoriedad de sus inicios, sino también buenos exponentes.

Si bien el siglo XXI empezó con un boom desmedido a través de filmes tan terroríficos como 28 Days Later (2002) de Danny Boyle o Dawn of The Dead (2004) de Zack Snnyder; hasta otros, más graciosos pero efectivos, como Shaun of the Dead (2004) de Edgar Wright, hoy en día no es ni la sombra de esto.

El declive se veía venir con series de televisión interminables que desgastaron hasta la última gota de la fórmula con melodramas baratos y cansinos, como el caso de The Walking Dead, por supuesto, o bien, con filmes que apostaban más a la acción y menos al horror, como War World Z (2013) de Marc Foster, simplona y terriblemente descafeinada.

A todo esto, sumémosle Resident Evil: The Final Chapter en 2017. La última parte –¡Al fin!– de toda una espantosa adaptación live action del videojuego homónimo de Capcom, cuyas películas iban de mal en peor desde su primera entrega en 2004. Y ya que todo esto terminó el año pasado, los más fanáticos –los pocos que aún había– se preguntaban cabizbajos: ¿Y ahora qué?

Pero enserio. ¿Y ahora qué? La pregunta, lejos de ser ridícula cuestiona un importante tema que a más de uno le ha causado un escalofriante repelús. Porque, así como han desaparecido los subgéneros: cine de caníbales, o ya sea, cine giallo, es muy probable que también le ocurra esto al cine de zombis.

Incluso, hay críticos que mencionan que tras la muerte de George A. Romero –considerado por muchos como el padre de los zombis– el año pasado, el subgénero prácticamente se fue a la tumba con él. Y, aunque pudiéramos discrepar al respecto, lo cierto es que las buenas películas de muertos vivientes –las realmente buenas– hoy en día, al menos, se cuentan con la mano. Así, figuran ahora dentro de una discreta lista de lo poco bueno que nos queda de estos personajes.

En la última década, películas como Dead Snow (2009) del noruego Tommy Wirkola o Le Horde (2010) de Yannick Dahan y Benjamin Rocher como un derivado del Nuevo extremismo francés –véanse Frontiérs (2007); Mártyrs (2008)–, nos han dado un satisfactorio respiro de aire fresco a través de sus apocalípticas y sangrientas cintas de cadáveres andantes.

El cine de zombis también alcanzó comedias de humor negro, cuya gran mayoría fueron espléndidas y alucinantes. ¿Cómo olvidar la desquiciada pero divertida Juan de los muertos (2012) de Alejandro Brugués; la absurda Stalled (2013) de Christian James; o la hilarante Zombeavers (2015) de Jordan Rubin, que mudó el subgénero a los animales salvajes?

Más recientemente, la película animada Seoul Station (2016) y la exitosa Train to Busan (2016) del surcoreano Yeon Sang-ho, volvieron a darle la fuerza perdida a este desgastado subgénero a través de un excelente manejo de suspenso y acción, dejando en pañales a War World Z.

Y en nuestro 2018, la película que se queda con el mérito de ser uno de los últimos golpes del subgénero; el último gran eslabón de este desgastado cine de zombis que pende de un hilo, nos llega también de Francia. Ha sido alabada en distintos festivales de género y, prácticamente, se ha vuelto un referente instantáneo desde su fascinante estreno este año.

La nuit a dévoré le monde –por su traducción: “La noche devoró al mundo”–, es la ópera prima del ahora director francés Dominique Rocher. Se trata de la adaptación homónima de la novela de Martin Page, mejor conocido con el seudónimo de Pit Agarmen.

Éste escritor, famoso por su libro Cómo me convertí en estúpido (2001), es reconocido por la crítica como uno de los novelistas de humor negro más prolíferos de la actualidad. Ya que cuestiona nuestro siglo y la cultura occidental con situaciones inverosímiles, paródicas y hasta surrealistas. Ahora, en medio de una auténtica invasión zombie.

Su reciente adaptación ha logrado lo que pocas. Extrae el estilo, y lo traduce al formato del séptimo arte de la mejor manera: haciéndolo simple, pero no por eso menos aterrador o divertido. No intenta hacer uso de los elementos más clásicos del cine de muertos vivientes, sino que intenta innovar con ellos para crear una deprimente reflexión sobre este mundo que nos empuja a todos a convertirnos en zombis. Una especie de autocrítica bastante sutil pero efectiva.

Por ello, es menester recalcar que este film no es una película de acción, ni mucho menos una comedia negra. Y aunque en instantes se codea con ambos géneros, la película se detiene un momento, sólo un momento, para instalar una pregunta igual de incómoda como interesante: ¿No estamos viviendo ya un apocalipsis zombi sin que nos demos cuenta?

La nuit a dévoré le monde es espléndida porque, lejos de volcarse en los clichésbásicos, retoma lo más importante de este subgénero: la crítica social. Bebe mucho del cine de George A. Romero; cuestiona elementos como la indiferencia, la soledad y la deshumanización en nuestro siglo, para retomar horrores aún más profundos y existenciales.

De hecho, si pudiéramos describirla, sería una especie de Dawn of the Dead (1978) con la idea del aislamiento y la creación de un “micromundo” habitable en medio del caos, y una Shaun of the Dead(2004), al tomar una invasión de muertos vivientes de la forma más amena posible.

La novela está narrada a manera de diario, y la película, de forma inteligente, emula este formato mostrándonos el día a día de nuestro único protagonista: Sam –interpretado excelentemente por Anders Danielsen Lie–, mientras intenta sobrevivir a la invasión. De hecho, el filme recuerda un poco al libro de Richard Matheson, I Am Legend, donde todos los acontecimientos son visibles y más claros para el espectador sólo cuando el protagonista los vive.

Luego de tanta sangre y acción desenfrenada vista en filmes como Train to Busan, o de tanta violencia y goresin límites, como en La Horde; la ópera prima de Dominique Rocher aleja la sobreexplotación y ofrece una interminable pausa para burlarse a su manera y cuestionarlo todo. Y aun así, en su apacible quietud, resulta una experiencia más que aterradora.

De igual forma que la película de John Krasinski, A Quiet Silence, La nuit a dévoré le monde explora minuciosamente el inusual horror silencioso. De hecho, el silencio es prácticamente un personaje más que nos hará vivir en carne propia lo que de verdad es el aislamiento.

Este detalle, que incluso funciona como una interesante metáfora, dota de una forma aún más extravagante la personalidad del protagonista, ya que gracias a éste descubrimos con más municiosidad cómo es que el ser humano del siglo XXI puede vivir tranquilamente mientras afuera el mundo se cae a pedazos.

La metáfora es perfecta y la película parece llegar en una etapa tan adecuada que resulta escabroso. En esta era ya no posmoderna, más bien, pos posmoderna donde todo es ajetreado, donde siempre hay tanto ruido, el juego que lleva su título, “La noche devoró al mundo”, va y viene entre el legado de Romero para recordarnos a todos que, quizás, ya somos zombis: indiferentes, egoístas y solitarios. Ya no necesitamos de una mordida para convertirnos en ellos.

La nuit a dévoré le monderesulta un desquiciado vistazo al hartazgo del hartazgo actual a través de una mirada más contemplativa que no se tienta el corazón a la hora de explotar cabezas. Es una pieza indispensable no sólo para el cine de horror, sino para el cine en general. Dándonos a todos un halo de esperanza sobre este desgastado subgénero, demostrando que, tal vez, no se ha explorado todo en él.

Es el último eslabón viviente del cine zombi. 

 Sinopsis:

“Al despertarse una mañana, Sam se da cuenta de que está solo y de que las calles están plagadas de muertos vivientes. Aterrorizado, tendrá que protegerse y organizarse para seguir viviendo, sin saber siquiera si es el único superviviente de tan inesperada plaga”.

*Foto de portada tomada de Doriane Frereau

Héctor Jesús Cristino Lucas resulta un individuo poco sofisticado que atreve a llamarse “escritor” de cuentos torcidos y poemas absurdos. Amante de la literatura fantástica y de horror, cuyos maestros imprescindibles siempre han sido para él: Stephen King, Allan Poe, Clive Barker y Lovecraft. Desequilibrado en sus haberes existenciales quien no puede dejar (tras constantes rehabilitaciones) el amor casi parafílico que le tiene al séptimo arte. Alabando principalmente el rocambolesco género del terror en toda su enferma diversidad: gore, zombies, caníbales, vampiros, snuff, slashers y todo lo que falte. A su corta edad ha ido acumulando logros insignificantes como: Primer lugar en el noveno concurso de expresión literaria El joven y la mar, auspiciado por la Secretaría De Marina en el 2009, con su cuento: “Ojos ahogados, las estrellas brillan sobre el mar”. Y autor de los libros: Antología de un loco, tomo I y II publicados el 1° de Julio del 2011 en Acapulco Guerrero. Aún en venta en dicho Estado. Todas sus insanias pueden ser vistas en su sitio web oficial. http://www.lecturaoscura.jimdo.com

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