La docencia como relación personalizante

La docencia como relación personalizante

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Foto tomada de NDS
Martín López Calva

“…siempre definimos nuestra identidad en diálogo con las cosas que nuestros otros significantes desean ver en nosotros, y a veces en lucha con ellas…”.

Charles Taylor. La política del reconocimiento.

Hemos dedicado las últimas dos entregas de esta Educación personalizante a caracterizar la docencia que necesitamos en este cambio de época que vivimos. En la primera reflexión hablamos de la docencia como proceso de indagación y la semana pasada hablamos del docente como curador de contenidos.

Para cerrar temporalmente esta serie sobre el perfil de una actividad educadora que esté a la altura de nuestros tiempos complejos, quiero plantear en esta tercera aproximación la idea de la docencia como relación personalizante.

El discurso pedagógico actual habla con énfasis a cerca de un gran cambio de paradigma en el terreno educativo que consiste en el paso de la visión de la educación centrada en la enseñanza, a la de la educación centrada en el aprendizaje; que va de una perspectiva centrada en el profesor a una nueva mirada centrada en el estudiante.

Desde mi punto de vista –y el de algunos expertos que he podido escuchar o leer– es una especie de movimiento pendular que sigue viendo el proceso que ocurre dentro de las aulas con una mirada que Morin consideraría simplificadora, puesto que se fija en uno solo de los sujetos de la educación, y parte de una mirada de disyunción en la que parece que se tiene que optar por enseñar o aprender; por otorgar la centralidad al docente o bien al discente.

“Nadie educa a nadie —nadie se educa a sí mismo—, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo”.

Paulo Freire

En esta visión disyuntiva, la frase de Freire: “Nadie educa a nadie”, parece interpretarse como “ningún profesor educa a los alumnos”. Son los alumnos los que se educan a sí mismos. Sin embargo, esta interpretación deja de lado la segunda parte de la cita: “los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo…”. Se deja así de lado la idea fundamental de que la docencia implica relación.

El gran pedagogo brasileño plantea en esta cita precisamente la centralidad de la relación en el proceso educativo. El mismo Freire dirá en su libro emblemático Pedagogía del oprimido que los seres humanos nos educamos en comunión, es decir, en el encuentro profundo entre seres limitados y necesitados de los demás para definirnos.

Porque como dice la cita de Taylor, que sirve de epígrafe a la columna de hoy, todos los hombres y mujeres definimos nuestra identidad en el diálogo con lo que los otros significativos quieren ver en nosotros, y muchas veces también en contra de eso que los demás esperan. Como afirma el poeta Octavio Paz en su maravilloso poema Piedra de sol, para poder ser quien uno es, se requiere salir de uno mismo y buscarse entre los otros. Esos otros “que no son si yo no existo”, esos otros que “me dan plena existencia”.

Si la docencia es la actividad profesional, sistemática y socialmente legitimada que tiene como objetivo la formación de las nuevas generaciones; la profesión que enseña a los niños y adolescentes en qué consiste ser humano, el verdadero eje de esta actividad no es ni el profesor ni el educando sino la relación humanizante que se establece entre ambos.

“Estar juntos, decía Jean Luc Ferry (2007) es estar en el afecto, es afectar y ser afectado”.

Carlos Skliar. Pedagogías de las diferencias, p. 76.

Porque la clave en la escuela y en el aula es precisamente que alumnos y profesores están juntos. No solamente porque comparten un espacio físico y un horario amplio de actividades –que significa un alto porcentaje de la vida de ambos–, sino porque tienen que trabajar para estar juntos, en el sentido que menciona Luc Ferry, en tanto se está en el afecto, esto es, afectando al otro y siendo afectado por el otro.

El estar juntos en la escuela, de hecho, afecta tanto a alumnos como a docentes que para bien o para mal no salen igual del espacio aúlico en relación a cómo llegaron. Es por ello que la pregunta por la educación auténtica –la educación de calidad real– tiene que ser la que indague acerca del tipo de afectación que se da entre los actores centrales del proceso educativo: ¿Qué tipo de afectación se produce entre docentes y estudiantes en la actividad cotidiana? ¿Los alumnos son afectados en un sentido que les hace más humanos, que les ayuda a ir construyéndose como personas sanas en todas sus dimensiones? ¿El docente tiene claridad en la forma y el sentido en que debería afectar a sus alumnos? ¿El docente tiene una actitud abierta que le permite también dejarse afectar por sus alumnos y seguirse personalizando a partir de esta afectación?

Los docentes de vocación son en este sentido profesionales y personas que están dispuestos a ser afectados por sus educandos, puesto que, como dice Freire: “Solo educadores autoritarios niegan la solidaridad entre el acto de educar y el acto de ser educados por los educandos”.

La docencia debería entenderse entonces como un proceso de construcción de una relación personalizante entre docentes y estudiantes; de una relación que con sus luces y sombras, con sus momentos felices y sus momentos complicados, con sus etapas de comunicación transparente y sus etapas de conflicto, va haciendo que los educandos se construyan como personas plenas y comprometidas con su propio proyecto de vida, con la sociedad en la que les toca vivir y con la humanidad en el momento histórico de su existencia.

En este sentido, como dice Latapí, el docente es como el antiguo Tlamatini de la Cultura Mexica:

“…el sabio encarnaba el conocimiento porque poseía ‘escritura y sabiduría’; pero encarnaba un conocimiento peculiar, el que versa sobre la educación, que es un conocimiento envuelto en el amor; de él emanaba una energía que transformaba a los demás ‘haciendo sabios sus rostros’; él ponía un espejo ante los otros, y éstos ‘adquirían un rostro’; los hacía ‘cuerdos, cuidadosos’; gracias a él ‘la gente humanizaba su querer y recibía una estricta enseñanza’; él ‘confortaba el corazón, confortaba a la gente’, o sea, les infundía esperanza”.

Pablo Latapí Sarre. ¿Recuperar la esperanza? La investigación educativa entre presente y futuro.

La docencia es relación que personaliza a sus protagonistas y, para que esto ocurra con la calidad y el sentido deseable, es necesario que cada profesor se asuma como ese personaje sabio que se vuelve un espejo ante sus alumnos para que ellos vayan adquiriendo su propio rostro, para que se vayan volviendo cuerdos y cuidadosos, para que humanicen su querer y construyan esperanza.

*Foto de portada tomada de Irish Times

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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