Foto: Vladimir Zayas

“Israel Ramírez es uno de los letristas más importantes del panorama nacional.”

Hugo García Michel

Javier Caravantes

@javicaravantes

Belafonte Sensacional pidió ayuda a sus fans. Necesitan financiar el lanzamiento de su disco Soy piedra. Llevan varios meses de tocada en tocada. El último concierto con el que esperan reunir el dinero suficiente lo programaron el 16 de agosto en el Caradura, un foro para más de trescientas personas en la Condesa.

Convocatoria para el destroy. Muertes en la televisión. Muertes en el reventón. Muertes en tu corazón. Muertes en mi corazón. Habemos muchos muertos en este concierto. Muertes en la radio también. Muertes en el infranet. Muertes con tu tía Raquel. Muertes con un whiskey escocés. Muertes en tu casa, el metro La raza. Convocatoria para el destroy.

La primera vez que lo escuché no me gustó. Fue en una tocada en el Restaurantero Anarquista, enfrente del parque del Carmen. Intentaba escribir un perfil sobre Kin Nini, él me había dicho que un amigo suyo, muy buen músico, venía de la Ciudad de México. A Israel Ramírez Reyes, letrista y vocalista de Belafonte Sensacional, lo acompañaba su madre. A la señora se le fue quitando la cara amable conforme su hijo comenzó a tocar. Belafonte inició con unos gritos que ahuyentaron mi atención. Vanamente intenté distraerme en los balcones mirando las enormes ramas de los árboles. En mi cabeza retumbó:

Quemé todo mi dinero. Le pegué duro al loquero. Y en la tarde apagué el computador. Me corrieron del trabajo. Me corrieron de la casa. Y el maniquí de mi confianza cambió ya de aparador. No tengo nada que perder sólo una bala en la sien.

A Rockdrigo González, a Jaime López, al movimiento rupestre, a The Clash, a Bob Dylan. A eso dicen que suena Belafonte Sensacional. Israel piensa que llegó a la música tarde, le hubiera gustado ser parte de la escena de Avándaro. Le encantan Los Spiders. Estudió Comunicación en Unitec. Fue durante varios años reportero cultural. Cree que visitar desde muy joven al psicoanalista lo entrenó para escribir canciones.

Ojalá el dolor se quede colgado en tu vestido.

Belafonte (sin el Sensacional, que son los otros seis integrantes) tocó en un pequeño bar de San Pedro Cholula que hasta ese día nunca se había llenado. Mi padre conoció la banda accidentalmente, en realidad yo le quería mostrar algunas canciones a mi hermano menor cuando nos interrumpió. A las pocas semanas que volví se reproducía Belafonte Sensacional en las bocinas de la casa de mi padre y él casi se aprendía las canciones que se pueden hallar en Yotube o Spotify. Para el día del concierto en Cholula ya lo había logrado. Cantó cada canción, se fue medio borracho, la camisa empapada en sudor y con un sonrisota que no le conocía, nunca lo había visto divertirse tanto.

No estoy tan solo, tengo un perro y muchos recuerdos. Y aunque no hay tiempo no me importa yo te quiero. Eres como el Rock and roll. No te mueras por favor.

Me bajo en Cárcel de Mujeres. Camino a Acatitla. Busco un camión que me lleve a Metro Constitución. Luego de cuarenta minutos de ver Iztapalapa a través de ventanas estoy junto a la entrada de la estación. Seis minutos después llega Israel. Nos damos un abrazo. Lo sigo hasta su vocho. Saludo a su madre, me enseña la blusa que le acaba de comprar su hijo. Vamos a almorzar. Conversamos sobre antigüedades y comida. Ya sentados en la mesa me platica la primera anécdota, es sobre un representante de músicos. Hace dos años en la gira Indio, Jumbo era la banda estelar. No dejaron ni que Belafonte Sensacional ni que la otra banda invitada hiciera soundcheck. Ya en el concierto, frente a su micrófono, Israel se quejó de que un grupo que en más de diez años no lanzara nada nuevo se portara tan déspota con los proyectos jóvenes. Al día siguiente les avisaron que ya no continuarían en la gira. Sonaban para el Vive Latino de ese año, tampoco sucedió. Israel no me deja pagar la cuenta. Sigue en el cajón del estacionamiento su vocho. Vamos hacía su casa.  Es blanca, de dos pisos. Israel vive en el primero. Una estancia una recámara, un baño. Convenimos no comenzar a tomar cerveza.   

—Tengo galletitas de mota, ¿quieres?

—Órale, me iba a traer, pero como ya no me vine en Blablacar me dio miedo.

—Es que está bien perros en Puebla, ¿por qué están así?

—Así son de culeros.

—Te voy a regalar una, pero te sugiero que te vayas con moderación.

—¿Son fuertes?

—Cómete un cuartito y como en media hora, una hora dependiendo.

—¿Son fuertes?

—Un cuartito. Depende tu digestión. Si ves que no, pues cómetela toda. Lo peor que puede pasar es que estés marihuano.

Parece tan absurdo querer continuar.

Israel en su estudio. Paredes blancas. Una mesa. Consolas. Bocinas. Una alfombra. Teclados. Una perra. Guitarras. Discos. Un mapa de Iztapalapa. Revistas. Una máscara de Tribilín. Libros. Fotografías. Una motocicleta. Pocos posters. Algunas repisas. Muchos cables. Una máquina de escribir. Micrófonos. La guitarra. Una libreta abierta con muchas oraciones. Un sillón en el que está siendo entrevistado para Yaconic:

—Hay un personaje en La Familia Burrón, el poeta. El poeta que no quiere trabajar porque es poeta. Y vive con su jefa. Es interesante como La Familia Burrón retrata eso y se mantiene vigente. Creo que soy ese wey.

Israel tiene el cabello corto y despeinado, barba, lentes, pantalones azules, playera blanca que dice “Mentira, mentira”, unos Vans. En otra toma se observa manejando su vocho con el parabrisas estrellado y con una guantera que no tiene tapa y que está llena de libros.

—¿Cómo me enfrento a como músico no tener un ingreso monetario mensual? ¿Cómo le hace esta juventud para ir a conciertos, invertir en su educación? ¿Y cómo le vamos a hacer para que un trabajo no les robe el alma? No tengo soluciones. Lo que tengo es una tristeza muy cabrona. Una decepción muy grande. Y un desencanto por la vida misma. A eso te lleva un sistema que no respeta ni a sus artistas ni a su juventud.

Yo te quiero de aquí a Torreón. Yo te quiero, aunque tengas tos. Te vi salir de aquí.

A la mamá de Israel su trabajo le permitió construir su casa a los cuarenta años, a Israel sólo le faltan cuatro para cumplirlos y no está ni cerca de conseguirlo. Piensa que hay algo en este sistema que no funciona. No funciona en muchos niveles, laboral y existencial. Piensa que nos sobrepasa y lo peor es que uno se castiga, se siente responsable de las cosas que no estamos logrando. No vemos que es algo generacional y sistemático. Nos enferman de depresión, locura, ansiedad.

—He encontrado en la música, en acercarme a la gente que quiero, una forma de vivir mi vida como yo quiera. No es perfecta. Renuncié a mi trabajo. Lo poco que gano es vendiendo mercancía, haciendo show y cuidando a mi jefa. Haciendo comunidad. No veo público. Veo amigos que van a pasar un rato con nosotros.      

Gisela seis de enero en dónde estás. Gisela piel de gato a dónde vais. Dejo la luz prendida para ti. Aquí me verás.

Apenas terminó la licenciatura Israel comenzó su primera banda, escribía las letras. Por esos días su jefe en el servicio social lo invitó a trabajar en la Secretaría de Cultura. Primero hacía dosier, luego boletines, luego cubría eventos. Gracias a su trabajo lo invitaron a un proyecto de radio. Logró tener su propio programa en Código DF. Le permitió relacionarse con la escena emergente. Pasaron los años y las bandas. La música fue ganando terreno. Atropellaron a su amigo locutor, El coyote, otro amigo cayó de un edificio. Esas muertes lo impulsaron, Israel decidió hacer su primer disco, seis canciones Le petit riot. Lo pagó él, costó alrededor de treinta mil pesos. Renunció a la estación de radio. Maquiló quinientos discos. Y entonces tuvo que venderlos. Y para venderlos necesitó buscar tocadas. Y para tocar debía juntar una banda. Israel está convencido que la música es un virus, se apropió de su vida.

Ya no sé quién soy. Quién es esta voz. Quién prendió el televisor. En la mañana me encontré y el futuro era de ayer. Alto al fuego Kurt Cobain.

Un amigo le dijo a Israel que su hermano tenía una disquera. Así fue como el segundo material lo financió Discos Cuchillo. Gazapo, titulado en honor a la novela de Gustavo Sainz. Aunque eran intenciones solidarias, no resulta el negocio porque ellos necesitan recuperar la inversión y hasta que ellos la recuperaran regresan los derechos a Israel.

Belafonte Sensacional se presentó en algunos festivales, hubo impacto en la escena, pero no hubo flujo de capital. Israel debió volver a un trabajo formal. Lo hizo en una agencia. Logró trabajar durante un año con salario de catorce mil pesos al mes a cambio de redactar doce notas diarias. Algunas canciones de su tercer disco, Destroy nacieron en las caminatas luego de salir de la oficina. Logró pagarlo gracias a que le encargaron una canción para una película, que hasta ahora no se ha estrenado. Con ese dinero produjo un fanzine con un boleto de metro intervenido y el código de descarga para escuchar las seis canciones.

El Destroy tardó mucho en salir, ocho meses. Cuando se estrenó no se vendió demasiado. Hubo público, pero de nuevo no el suficiente, tampoco capital. Israel se deprimió. Intentó buscar un trabajo. Lo contrataron como community manager. No logró estar mucho tiempo. Compuso más canciones. Pudo ensayar. Decidió sacar otro disco. Volvió a necesitar dinero.

—Le hicimos saber a la banda que, si querían que Belafonte siguiera existiendo, que sacáramos otro disco, los necesitábamos, debían hacerse presentes. Y va sucedido. Por primera vez tenemos un pequeño capital para seguir invirtiendo en playeras y para ir financiando el nuevo disco. Hoy en la noche, en el concierto del Caradura, se verá cuánta fuerza podemos generar en la Ciudad de México. Estoy nervioso. Ya fracasé tres veces.

Puedo estar contigo si somos amigos, dijo así. Puedo estar contigo si compras un rio y un jardín en Brasil. Puedo estar contigo si cambias de domicilio, dijo así. Puedo estar compras si compras un coche fino y un trpi, éxtasis.

Vamos tarde. Tenemos que estar a la cinco en el soundcheck. Me pregunta por una bronca literaria que leyó en tuiter. Le intento responder cuando en un tope se apaga el coche.

—No mames —me dice mientras señala que la aguja de la gasolina marca cero. Le llamamos a un amigo que tenemos en común experto en vochos. Los pasos que sugiere nos parecen muy complicados. Israel recuerda que la gasolinera no está demasiado lejos. Lo espero en el coche resguardando su guitarra y las bolsas con las playeras, pines y stickers.

Me pregunto entre mis prisas si es verdad o si es mentira o si es cuestión de muerte o de vida. Si te miro, tú me miras, si te pinto un corazón, si se muere al mediodía la promesa de un amor. Hay hormigas en el baño, John. Se me acaba el tiempo Carolina. Se me acaba el día. Se le mueren los sobrinos a mi tía cocaína, como un trago en el Felina, como Amy Winehouse sin pastillas se caducan garantías. Aquí se arrastra el mismo sol. Hay hormigas en el baño, John.

Valedor salió luego de visitar un bar en el centro donde vendían mota, podías fumar ahí. Cincuenta pesos la bolsita, la caguama. Salió una nota en el Reforma y el lugar fue cerrado. Apenas bajó las escaleras Israel escuchó en su cabeza las primeras oraciones:

Qué tranza valedor, qué pedro, qué pasión. Jálate a la casa, que mi casa es tu cantón. Abrimos una chelas, unos toques y un jalón. No te traigas a Renata mejor jálate a tu hermana la Susana, qué pasión. No te agüites con el rocanrol.   

A la banda llegó Enrique, le pusieron Gobernador, antes era conocido como El cumbias. Israel caminaba por Iztapalapa, iba a pagar el teléfono, pasó frente a una vulcanizadora y de pronto escuchó: “No llores cumbias”. Bastó para desatar la letra de esa canción. Lo unió con ideas que tenía acerca de la piedra como concepto en la canción popular.

¿Ahora dónde estoy? Fuera del amor. Nadie me advirtió que aprender duele duro en la piel. Dame un beso Juan Gabriel.

Marris, es en honor a otro amigo de Israel que vende ropa de los setenta en la lagunilla, un spanglish de drogas y rap:

Saca la risa no tengo prisa por fallecer. Sácale grasa al Boogie Superstar. Sácale un lola a tu pinche fristayle. Qué mal diyei que te cuelga los tracks. Sácate el cobre. No te aminores padrino local.

Caramelos de cemento la escribió hace como cinco años, cuando vivía en el Centro de la Ciudad de México. A un amigo le rentaba una habitación, en Moneda y Jesús María. Calles llenas de comerciantes. De mucho ruido.

Luego en la mañana miras por la ventana. Susana de la semana. Vives enamorada y mueres solo a solas. Haces olas con las horas. Te pintas, calificas. Haces ruido con tus prisas. De aerosoles soles. Besos en las estaciones. Tú vas para Observatorio y yo voy a Pantitlán.

Hipocondriaco. Una crisis, un domingo. El doctor de cabecera no está. No responden los amigos. Lo único que se le ocurre es ir a la iglesia. En un rinconcito, a un San Charbel le rezó. Lo salvó de un ataque. Agradeció componiendo una canción 

Quería equivocarme y lo logré. No me digas que todo está bien. Si todo salió mal. Si todo salió mal. Miraba tus ojitos despertar. Oh this ready, cantaba fa fa. Yo te pido perdón. Ahora estás mejor.   

—Mi chica y yo tenemos proyectos juntos. Ella hace videos 3D y yo hago la música. Hace poco nos presentamos en la casa del cine. Cada vez lo perfeccionamos más. Nos vamos a llamar Tigre tigre, en homenaje a novela de ciencia ficción que ninguno de los dos ha leído ¿Qué hora es?—me pregunta Israel.

—5:40

—Me van a cabulear —acelera y cambia de carril , vuelve a acelerar. Maneja con pericia. Llegamos pronto pero muy tarde.

El otro Israel (bajo) está sentado junto al Gobernador (coros) afuera del Caradura. Apenas ven a Israel le mientan al unísono la madre. Antes de cruzar la calle él ya les va dando excusas.

—Se nos acabó la gasolina. Fue un pedo, verdad —me señala.

No sabía que vendrías, que vendías groserías, besos, nada más ¿Qué hacer? Me tomaste de las manos, compusiste calendarios, años que cargar y flotar. No me digas que es verdad saltar y vivir para contar que en febrero vienen para acá Bob Dylan tocando con los Clash rolas del profeta del nopal.

No se contenta con cien, le gustaría que de verdad el foro se llenara, unos trecientos. Ninguno de los demás integrantes a los que les pregunto se atreven a llegar a ese número, el más optimista se queda en doscientas personas. Lo acompaño a comprar un cable y plumillas. Doy tres vueltas a la tienda antes de que Israel escoja un par. Paga con tarjeta. Se queja del precio. Llueve. Caminamos de regreso al Caradura mientras comienza a tararear.

Recuerdas todo lo que fue, tal vez. Recuerda el polvo que nos viste al revés. Lo que fue ya nunca es ¿Volverá? No lo sé. Vamos al parque San José. A beber, a perder la sed. Como una secuencia de felicidad. Al armar. 

Son las nueve treinta y ocho y ha llegado poca gente. De nuevo salimos. Llueve más fuerte. Vamos por unas cervezas. Serán tres caguamas demasiado caras. Apenas avanzamos un poco un par de jóvenes se nos acercan. Le dicen algo al oído al Gobernador. Que si Israel les puede prestar su credencial de elector para que uno de ellos libre el guardia de la entrada. Israel busca su cartera. Se las entrega. Continuamos caminando hasta el bar. Los demás establecimientos ya se llenaron, restaurantes que hace unos minutos estaban vacíos ahora tiene gente afuera esperando por mesa.

—Nos hubiéramos cambiado la fecha de nuestro cumpleaños en Facebook, así lo llenábamos.

—Tengo miedo.

—Es justa la hora culera.

—Ya ni pedo.

Hay nos vidrios la bandera. Don Cebolla ha mochado coladeras y yo tengo que pagar la renta de veinte años de vivir a toda prisa. Sueños que parecen longanizas. Por lo largo y crudo de la vista.

A las diez dieciocho el Caradura está lleno. Más de doscientas, me responde alguien del staff. El público interrumpe, grita: Belafonte, Belafonte. Los fotógrafos alistan lentes. Huele a slam. El objetivo se cumplió: Soy piedra, el cuarto disco sucederá.

Afuera está que llueve. La noche se detiene. Una ambulancia aúlla. La vela me alumbra. Aquí todo es tan frágil. Nos guarda la locura. Qué oscura está la luna, no alcanza para un resplandor. Nada me sostiene. Colgado indiferente. La rabia me saluda es una mirada absurda. Me muero ahora de miedo. No quiero ser señuelo del juego que proponen la lluvia, Dios y el corazón. Dame una salida. Una linterna viva. Dame un par de espejos, una canción que alivia. Dame las caricias. Sacude las mentiras. Márcame la sien. Regrésame un poco la fe.

NO COMMENTS

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.