Foto: Adrián Del Valle | Posproducción fotográfica: Estefanía Romero

MEMORIA SÍSMICA

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Texto: Alonso Pérez Fragua

@fraguando

Me acuerdo, no me acuerdo: ¿qué año era aquél?* Fue el año de mi tercer cumpleaños. Tiene que serlo pues aún vivíamos en la calle Tikal, muy cerca del balneario Agua Azul. Yo iba a la maternal Riveras del Atoyac, a unas cuadras de la casa. La cara de Gulliver aparecía en la pantalla de la televisión en una de sus tantas versiones animadas. Había visto esa película al menos 45 veces, eso es seguro, pero ahí estaba de nuevo, acompañándonos esa mañana a mi mamá y a mí, acostados en su cama, mientras mi papá, a unos metros de nosotros, se afeitaba antes de ir al trabajo. Debía ser temprano, alrededor de las 7. Sí, así tuvo que ser.

De pronto, la imagen de la televisión desapareció y en su lugar solo quedó un pequeño punto blanco, luminoso, en el centro de la pantalla. Yo no entendía nada. Mi papá salió corriendo del baño y se colocó encima de nosotros, con el rostro aún cubierto de crema para rasurar. Parecía una tienda de campaña, cubriéndonos de algo que yo no veía.

Esa imagen de tu papá, en ropa interior y a medio rasurar, fue tan impactante que se quedó en tu mente todo este tiempo, me dijo años después un amigo. Cursábamos la prepa y la plática giraba en torno al temblor del 85 y si lo recordábamos. Fue hasta ese momento que conecté el episodio de Gulliver con el sismo que marcó la vida de la Ciudad de México al final del siglo XX. Y es hasta el momento que escribo estas líneas que caigo en cuenta: mi papá no solo nos protegía a mi mamá y a mí, sino también a mi hermana, quien nació en enero de 86.

A nosotros en Puebla no nos pasó nada, aunque se sintió muy fuerte, recuerda mi mamá. Su preocupación era mi abuela Totochi, quien vivía sola en la calle Panuco, en la colonia Cuauhtémoc, en el entonces Distrito Federal. Gracias a Dios su teléfono funcionaba, era el único que funcionaba de toda la familia del DF, recuerda mi mamá. Después del temblor, en cuanto pudimos, fuimos por ella y se quedó en Puebla con nosotros unos días. Recuerdo muy bien el departamento de Totochi, ahí pasé muchos veranos y navidades. Era de renta congelada y de espacios muy amplios. En el comedor cabía un barco pirata, un circo de tres pistas y un campo de futbol. Mi abuela tocó el piano por muchos años e incluso llegó a dar conciertos. Yo nunca la escuché tocar, pero recuerdo a Beethoven, a Mozart, a Bach, a Tchaikovski acompañarla mientras se bañaba. Yo no sabía quiénes eran esos señores cuyos nombres anunciaba el locutor. Lo que sí sabía era que, cuando ella no escuchaba música, era mi turno de sintonizar Radio Rin La Estación de los Niños, frecuencia que no llegaba a Puebla, la agreste provincia como decía mi madre capitalina.

La mamá de mi papá vivía en un tercer piso, a unas cuadras de mi otra abuela, sobre la calle Lerma. Ella no estaba sola ese 19 de septiembre. Mi abuela Margarita vivía con Mamamila, mi tía bisabuela, una mujer muy correosa, como se decía antes. Aquella mujer que fue enfermera no solo sobrevivió a ese temblor sino a muchos otros, antes y después. Murió con más de cien años y sobrevivió a su sobrina Margarita y a muchos otros miembros de la familia.

Durante dos horas, Nené, mi tía la mayor, buscó sin éxito comunicarse con su mamá. Nené, bautizada como Margarita Zita, vivía en el sexto piso de un edificio residencial en el Estado de México que contaba con pilotes hidráulicos que solo zarandearon mucho a los inquilinos, pero salvaron muchas vidas. Cuando finalmente mi abuela contestó, le dijo que estaban bloqueadas pues no había electricidad para el elevador y Mamamila no podía bajar por las escaleras. Durante dos o tres semanas, mi abuela Margarita y Mamamila se quedaron con nosotros, pues su edificio seguía sin electricidad y sin agua, y con el gas cerrado por aquello de las réplicas, como la del día siguiente, que fue muy fuerte y dañó el edificio, recuerda mi prima Gaby, hija de Nené, quien durante dos o tres semanas ayudó a armar despensas en la Cruz Roja junto con sus compañerxs de clase. A ella el temblor la agarró ya vestida, lista para irse a la escuela, no como a su hermana mayor, Margarita Amelia, quien salió dando de gritos de la regadera, solo cubierta por una toalla.

*

La memoria puede ser elusiva. Los recuerdos, huidizos, pueden ser detonados por los estímulos más triviales. Un olor o sabor particulares, una frase en una canción, la campana de la iglesia en el cerro, un movimiento específico que nos coloca en la misma posición que adoptamos aquella vez, hace mucho. Porosa, la memoria se transforma ante nuestra mirada, una mirada que no ve el mundo real sino uno que escudriña en nuestra mente. Eso sí, una vez que la hemos convocado, a la memoria nada ni nadie la para; bien utilizada, se convierte en invaluable remedio para los males futuros. Por eso es importante dejar registro de nuestros recuerdos, de la forma que sea, en el momento que sea posible. Convocar a la memoria para recordar, limpiar y preparar lo que sigue.

*

Su portada negra tiene calado, en el borde inferior, el logo del H. Ayuntamiento de Puebla y el eslogan Ciudad de Progreso. Fue el regalo del Día del padre que los empleados municipales recibimos de parte del alcalde. Ese día, la vocación de esa especie de diario de mi primera experiencia como funcionario público cambió de manera radical —

Estaba en la planta alta, revisando las pinturas hechas por un grupo de personas con discapacidad que expondremos en el marco del Festival Diverso. A punto de terminar, el piso comenzó a moverse. Los primeros segundos pensé que alguien estaba saltando cerca o que habían pasado corriendo. Reaccioné hasta el momento en que la gente salió de sus oficinas. Dos metros me separaban de las escaleras. Cuatro o cinco personas iban delante de mí; escuchaba los gritos, moderados, de algunas de ellas. Confiaba en que saldría a tiempo de ésta por la sencilla razón que nunca había sufrido daño en un temblor. Esa era mi lógica a prueba de todo, ese el motor que me hacía avanzar hacia la salida con paso calmado pero firme, a pesar del polvo que caí a mi lado y del candelabro que oscilaba amenazante en el vestíbulo.

Al llegar a los últimos metros de mi carrera solo alcanzaba a gritar cuidado con el candelabro, mientras frente a mí, mi asistente ayudaba a sacar a un reportero en silla de ruedas que segundos antes realizaba una entrevista a una de mis colegas. Creo que la ayudé a superar el último escalón, no lo recuerdo bien. Solo sé que, una vez afuera, volteé a todos lados y descubrí la calle rebosante. A mi izquierda, una columna de polvo se elevaba proveniente de una iglesia. A la derecha, el tráfico de la calle Reforma paralizado. Regresé sobre mis pasos para señalar el candelabro que pendía sobre nuestras cabezas; la gente corría, algunas con lágrimas en los ojos o el grito ahogado en la garganta, mi hijo, mi hijo, tengo que ir por mi hijo, está con la niñera a unas cuadras de aquí.

El edificio se mantuvo en pie. Todos salimos ilesos. Luego de algunos minutos, Carlos, el jefe de la brigada de protección civil del Instituto, nos dijo a los responsables de cada área que entráramos por lo básico, celulares, bolsos. Al llegar al descanso de las escaleras toda la tranquilidad que hasta el momento me había dominado desapareció de golpe. Un escalofrío me recorrió desde el cuello hasta la espalda. Contuve el llanto, no por pudor sino porque aún tenía que recuperar mi teléfono y enviar un mensaje a mi esposa lo más pronto posible para hacerle saber que estaba bien. Si dejaba dominar al miedo, ese mensaje tardaría aún más en llegarle al otro lado del océano.

Cada segundo era vital. Sabía que la noticia le llegaría a Francia y mientras no supiera de mí supondría lo peor. Creo que al primer intento vi aparecer las dos palomas azules en la conversación de WhatsApp. Dos sencillas palabras: estoy bien. Habla con tu mamá, creo que me respondió. No lo sé, no lo recuerdo con claridad. Solo sabía que, por primera vez desde hacía un mes, sentía una tranquilidad tremenda de que ella y mi hija no estuvieran en Puebla conmigo.

*

Los semáforos están apagados. Recorro la ciudad en mi motoneta apenas una hora después del temblor. En el grupo de chat de WhatsApp que tengo con mis compañeros de la secundaria, Regina pide si alguien puede ir a casa de su mamá y hermano, en Bella Vista, para asegurarse de que están bien; ha pasado más de una hora y sigue sin saber de ellos. Estaciono la motoneta justo cuando el hermano está subiendo a su auto. Le digo que Regina está bien, allá en la Ciudad de México, y que ahora mismo le aviso que ellos también. Tecleo el mensaje en mi celular para darle la noticia a mi compañera, a quien no he visto en 15 años. Aprovecho para ofrecerle a todos los del grupo que viven fuera de Puebla el mismo servicio.

Los semáforos están apagados. Recorro la ciudad en mi motoneta apenas una hora después del temblor. En el grupo de chat de WhatsApp que tengo con mis compañeros de la secundaria, Regina pide si alguien puede ir a casa de su mamá y hermano, en Bella Vista, para asegurarse de que están bien; ha pasado más de una hora y sigue sin saber de ellos.

Subo de nuevo a la motoneta. La caótica circulación de los dos cruces anteriores contrasta con el orden del siguiente donde la señora de la tienda de la esquina o el franelero de la cuadra han decidido hacer las veces de oficiales de tránsito. La gente tomando el control de la ciudad, pienso con esperanza. Por eso, cuando unos minutos después recibo un mensaje alertando sobre asaltos a automovilistas sobre el boulevard Atlixcáyotl, dudo de inmediato; no quiero creerlo. He visto el rostro amable de la ciudadanía y en esos momentos la esperanza es vital. Al llegar a mi casa prendo la computadora y busco en la cuenta de Twitter de las dependencias de seguridad de la ciudad y el estado. Lo encuentro: “Personal de la SSP que recorre la zona de Vía Atlixcáyotl descarta asaltos; se mantiene presencia policial para inhibir conductas delictivas”. Quiero creerle a la policía. Sin embargo, comienzo a leer los comentarios de otros tuiteros y ya no estoy tan seguro.

Entro ahora a Facebook. Empiezo a saltar de una publicación a otra; regreso a leer tuits. Me preparo algo de comer. Abrazo a Yoda, mi perra. La ausencia de mi esposa e hija va un paso delante de mí al recorrer de nuevo la casa en busca de grietas o cosas fuera de su lugar. Como mientras empiezo a ver una película en Netflix; paro la película, me levanto, leo más sobre el terremoto. Me vuelvo a sentar. Le mando un mensaje a Fernando que está en el zócalo: leo que no hay paso en el centro y que ya hay muchos voluntarios. ¿Crees que alguien con una moto sería de utilidad? La respuesta es positiva.

Subo de nuevo a la motoneta. Cuando salí esa tarde del centro, solo vi las ventanas del Museo del Automóvil quebrados y repartidos por el piso, y varios montones de polvo en otras partes. Es hasta ahora, que regreso de noche y veo calles y más calles acordonadas, que me percato de los daños que sufrió el primer cuadro de la ciudad colonial. Al día siguiente, cuando me dirija de nuevo al zócalo, las tiras de plástico rojas y amarillas habrán ganado terreno. Por allá joven, por favor, que la cúpula está a punto de caer, me dice el patrullero.

Cuando finalmente me estaciono en el zócalo, los víveres se acumulan sobre el piso de la plaza central y las decenas de voluntarios arman paquetes. Aunque autos y camionetas siguen llegando con agua y comida, otros más no encuentran la ruta adecuada para acceder al corazón de la Angelópolis.

Subo de nuevo a la motoneta. Me descubro circulando en sentido contrario por la 16 de Septiembre para alcanzar el Jardín del Carmen. Ahí, en el cruce de la 15 Oriente/Poniente y la 16, una patrulla cierra el paso incluso a los autos que llevan donaciones: su vibración puede provocar más derrumbes. Un auto con dos jóvenes de no más de 20 años se detiene junto a la patrulla y pregunta cómo llegar al centro de acopio. Me ofrezco a llevar sus botellas de agua. En el camino, una mujer que ha dejado su camioneta varias cuadras atrás me detiene y pregunta si puedo también llevar su donativo. No conozco a ninguna de esas personas, pero todas han confiado en que la ayuda llegará a su destino. Cuando regreso al zócalo, la cadena humana carga un camión que irá a entregar víveres a un par de hospitales en Puebla para luego dirigirse a Atlixco. Decido no ir. Aunque no estoy cansado, ya no tengo batería en el teléfono y temo que mi familia no pueda localizarme.

Subo de nuevo a la motoneta. Es la primera mañana después de la catástrofe. No quiero ser dramático, pero no puedo evitarlo: la tristeza llena el aire y la desolación se acomoda en los corazones de los poblanos. Por ello, Memecracia ha ofrecido repartir memelas a los voluntarios que están en los distintos centros de acopio para recuperar el ánimo y el espíritu poblano, escribe en sus redes sociales. Me estaciono y cargo el primer paquete de 20 memelas. Como la noche anterior, cuando llego al zócalo, varios grupos de ciclistas y motociclistas esperan al borde de la catedral para transportar víveres o lo que se ofrezca. Si no tienen algo que transportar ahora, jálense a Memecracia, ¿va? Tres horas más tarde y 150 memelas después, todos los voluntarios han sido alimentados por éste u otro negocio local: Maíz Pietro, Cerdo Picante, Casa Nueve, El Dandy del Sur…

*La presente crónica toma como base algunos fragmentos de Las batallas en el desierto (Era, 2012 [1981]) de José Emilio Pacheco, particularmente del capítulo I “El mundo antiguo” y del capítulo II “Los desastres de la guerra”.

Subo a la motoneta. Siento que he hecho muy poco: no rescaté niños del camión de la escuela Leona Vicario, como Fernando. Tampoco he tomado la carretera por horas y horas como mi primo Rodrigo o el esposo de Erika para remover escombro o dejar material de construcción o llevar agua y comida y productos de limpieza hasta comunidades que nunca nadie en la capital había escuchado, y cuya existencia y situación hoy es evidente para todos aquellos que viven en la comodidad de la ciudad. No, nada de eso he hecho. Hay tres tipos de personas en este momento, me dice Adrián para tranquilizarme. Los que se quedan en sus casas de brazos cruzados, los que hacen cosas, pero mal, y los que simplemente hacen. Nosotros estamos haciendo cosas, es lo que importa.

Memoria sísmica es un proyecto periodístico de Alonso Pérez Fragua para LADO B que se publica cada miércoles desde el 5 de septiembre de 2018. Busca materiales adicionales en Instagram y Twitter con el HT #MemoriaSísmica. Encuentra también la lista de canciones alusiva a esta crónica en Spotify en esta liga. 

Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando

4 COMMENTS

  1. […] Memoria sísmica es un proyecto periodístico de Alonso Pérez Fragua para LADO B que se publica cada miércoles desde el 5 de septiembre de 2018. Busca la crónica relativa a esta lista de canciones en esta liga. […]

  2. […] Güey… (risas) Te decía… Estaba viendo eso y me llega un mensaje de Nelly en nuestro grupo de WhatsApp preguntando, chicas están bien, no mamen, no entiendo qué está pasando, díganme que están bien. Por el día y la hora todas ellas seguramente estaban en sus salones, dando clase. Me conecté a FB para ver si la habían asaltado o qué pasaba y vi esa herramienta de Avisa a todo el mundo que estás bien y ya fui entendiendo. Les dije a mis papás, tembló en México, y ellos de, ajá, sí, como otras veces, seguro. Y entonces te mandé mensaje para ver cómo estabas. […]

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