“Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven”

“Ahora que estamos juntas, ahora que sí nos ven”

Foto: Marlene Martínez
Natalí Hernández

@natali_ha

Como bien saben, en el transcurso de la madrugada del 9 de agosto el Senado argentino rechazó el proyecto para legalizar el aborto hasta la semana 14, que había aprobado la Cámara de Diputados el pasado mes de junio.

El resultado de la sesión fue de 38 votos en contra del proyecto de ley y solo 31 a favor. En ese contexto, Argentina seguirá rigiéndose por una ley arcaica y restrictiva que fue aprobada ni más ni menos que en el año 1921, a pesar de que aproximadamente cada minuto y medio una mujer aborta en ese país.

De nuevo, las convicciones religiosas y los intereses de ciertos senadores que solamente sirven a sus propias causas se impusieron a los derechos de las mujeres argentinas, rechazando el mayor proyecto de salud pública jamás planteado en el país.

Los argumentos contrarios al proyecto que los y las senadoras esgrimieron el pasado miércoles en el Senado argentino no distan mucho de los que se usan por aquí. La descontextualización, el oportunismo y la omisión de diatribas como la que manejó la senadora salteña del Valle Fiore, los sermones de corte católico con tintes fundamentalistas como los del senador Mayans, la retórica legalista del senador Closs, o los discursos misóginos como el que empleó Rodolfo Urtubey, se parecen demasiado a los que las feministas mexicanas llevamos tantos y tantos años escuchando de nuestra clase política conservadora.

Ayer, la marea la verde una vez más demostró su fortaleza y su compromiso para transformar las condiciones que enfrentan las mujeres, respecto del derecho fundamental a decidir sobre su cuerpo. Después de muchos años de trabajo colectivo y bien coordinado, las feministas argentinas consiguieron colocar el debate en torno al aborto legal en la agenda política del país. Como suele ocurrir en estos casos, es solo cuestión de tiempo para que se reabra el debate y la propuesta se convierta en Ley, como bien dice la consigna feminista: “abajo el patriarcado, se va a caer, se va a caer, arriba el feminismo que va a vencer, que va a vencer”.

Como feminista y como mexicana, creo que la mayoría de compañeras encontrarán sentido en estas palabras, seguí y compartí el proceso de las argentinas desde la sororidad, el orgullo y la admiración que desatan, pero también desde la preocupación de considerar un movimiento similar en mi contexto inmediato.

Como activista y como parte de la sociedad civil organizada en el marco poblano, mi frustración en ese sentido es, si cabe, todavía mayor –y estoy segura que en este punto mis compañeras también coincidirán plenamente-, pues no es ningún secreto que en nuestro estado y particularmente en nuestra ciudad, el contexto de avance hacia la equidad de género es uno de los más complicados del país.

Aquí, gobierno y oposición han estado coincidiendo sospechosamente en demasiadas cuestiones durante muchos años, entre ellas, en las políticas de género –entendiendo el concepto en un sentido amplio-. Esos partidos a los que el Presidente electo Andrés Manuel López Obrador bautizó en su momento como “la mafia del poder”, han sido en nuestro estado un obstáculo insalvable para avanzar en la lucha pro derechos de las mujeres y al igual que ocurrió en Argentina, como parte de la sociedad civil organizada que trabaja en esa dirección, puedo dar fe de que nuestras demandas como mujeres han sido omitidas y postergadas por los diferentes gobiernos estatales y municipales, a la par que hemos experimentado retrocesos sin precedentes en el ejercicio de ciertos derechos que a nuestras precursoras les costó tanto obtener.

No es ningún secreto que los mecanismos institucionales de adelanto de las mujeres –de aquí en adelante vamos a llamarlos así para no tener que nombrar por separado a cada uno de ellos- no han servido a los intereses reales de las mujeres, sino a los del gobernador y a los del presidente municipal en turno. A menudo han sido utilizadas arbitrariamente como instancias trampolín, han estado sometidas a cambios constantes en sus organigramas motivados en muchos casos por favores y deudas políticas, han contado con personal con escasa o nula formación en cuestiones de género y sin nexos relevantes con la sociedad civil lo que, por supuesto, da como resultado una escasa capacidad para articular proyectos que ataquen de raíz las problemáticas que nos afectan a las mujeres.

Esos proyectos, siempre financiados con recursos públicos federales, estatales y municipales, se centran principalmente, salvo en contadas excepciones, en la producción de cifras estadísticas que sirven favorablemente a los informes que los gobernadores y alcaldes presentan periódicamente para que creamos que los avances en términos de igualdad de género son cuando menos notables.

Por otro lado, resulta habitual ver a esas mismas instancias alardear a través de sus redes sociales de la cercanía y buena relación que supuestamente mantienen con la sociedad civil, aunque en realidad, como sabrán muy bien aquellas lectoras cercanas al trabajo que realizamos muchas organizaciones de mujeres poblanas,  sus “mesas de trabajo” suelen estar motivadas por la necesidad de resolver emergencias políticas que se deben a nuestras presiones y los mecanismos de consulta que calculadamente nos venden como “la voz de la sociedad civil”, son de carácter cerrado e integran mayoritariamente a personas que no nos representan.

Por si fuera poco, organismos fundamentales para garantizar nuestro acceso a la justicia como la Fiscalía del Estado de Puebla, que este mismo año fue calificada como la menos eficiente de la República de acuerdo con el Índice Estatal de Desempeño de Procuradurías y Fiscalías, merman cada vez más la posibilidad de ejercer plenamente nuestros derechos más básicos como mujeres y como seres humanos.  En ese sentido, ni las reiteradas solicitudes de Alerta de Violencia de Género contra las Mujeres para Puebla en las que muchas hemos participado, han logrado sacudir ese emblemático bastión de la impunidad poblana.

El resultado de la suma de esos factores tampoco les será desconocido: un estado que en los últimos años se ha consolidado como un foco rojo del delito de trata de mujeres y donde los feminicidios aumentan año tras año de forma exponencial y vergonzosa ante la pasividad de nuestras instituciones gubernamentales, que lejos de emprender acciones al respecto, prefieren parchar, omitir y negar taxativamente la gravedad de los problemas que afectan a las mujeres en nuestros municipios y comunidades.

En ese mismo tenor, dentro de la realidad del Estado, el municipio de Puebla es el más claro exponente de la inoperancia que ha mostrado la clase política hacia las problemáticas que nos afectan como mujeres. Puebla es la ciudad con el mayor índice de embarazos en niñas de entre 10 y 14 años de toda la República y su alarmante incremento de feminicidios la ha colocado tristemente en el foco nacional.

Son solo pinceladas, el cuadro completo que describe la realidad municipal de la ciudad de Puebla da para escribir algo más que este texto. Ante este panorama, parece que estamos muy lejos de poder librar una batalla como la que están librando las mujeres argentinas.

Sin embargo, y esto es lo que motiva realmente a escribir estas líneas, aunque vistos los resultados de las pasadas elecciones no parece que la situación vaya a cambiar demasiado en el ámbito estatal –si bien todavía es temprano para vaticinar como terminará la historia-, creo firmemente que las mujeres que desde hace años luchamos por nuestros derechos organizadas en la sociedad civil poblana estamos ante una muy buena oportunidad para que nuestra voz sea por fin escuchada, una que no podemos permitirnos desaprovechar.

Por primera vez en Puebla se percibe la sacudida de la ola progresista que con ansias hemos estado esperando ante la necesidad manifiesta de enfrentar a quienes no han querido comprometerse con nuestros derechos ni con los de tantos otros colectivos –inmigrantes, pueblos indígenas, comunidad LGBTTTI, etc.-, con sus mismas armas. Como bien saben, la ciudad de Puebla eligió a una presidenta municipal que en el transcurso de su campaña se comprometió a trabajar con la sociedad civil en la búsqueda colectiva de soluciones para las problemáticas que nos afectan como mujeres, lo que en principio resulta esperanzador.

Durante la tarde del 8 de agosto acudí, como he hecho durante tantos años, a la movilización convocada en Puebla, obviamente, para expresar nuestra sororidad con las mujeres argentinas que hicieron historia. Una vez más me dio gusto observar cómo hemos crecido en todos los sentidos. En el año 2009, cuando convocamos una manifestación en el marco de la despenalización del aborto en América Latina y el Caribe, apenas logramos reunir unas 10 personas en el zócalo. Ayer en cambio, lo que vi en la ciudad de Puebla y en tantos otros rincones de México no solo fue un acto de apoyo al movimiento argentino, sino una prueba fehaciente de nuestro avance como movimiento.

En ese mismo sentido, estoy convencida de que ahora es preciso que, siguiendo el ejemplo argentino, trabajemos juntas para aprovechar este contexto favorable y que puede tardar mucho tiempo en repetirse.

Hace falta que nos reagrupemos para que nuestras demandas sean escuchas e integradas en la agenda municipal, estatal y nacional, que articulemos mecanismos incluyentes en los que tengan cabida nuestras diversas voces y que reclamemos conjuntamente los espacios que nos corresponden, para ganar peso específico en los procesos de toma de decisiones que nos atañe encabezar, porque no hay que olvidar que los mecanismos institucionales de adelanto para las mujeres, así como las leyes que garantizan nuestros derechos, fueron creados por las feministas que nos precedieron y siguen siendo de todas nosotras por más que en los últimos años hayan sido dirigidos por castas políticas que no nos representan y que ya no están.

Es momento de organizarnos, de abrir puertas y de apropiarnos de espacios para reinventarlos de forma colectiva y avanzar de verdad hacia la ampliación y consolidación de derechos en nuestro contexto inmediato. Es momento de tomar acuerdos, de exigir, de hacernos escuchar, y sobre todo, de trabajar conjuntamente en construir las bases que en unos pocos años nos permitan articular en Puebla proyectos similares a las que hoy observamos en Argentina.

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