¿Y las cosas chingonas?

¿Y las cosas chingonas?

Foto: Emilio Coca
Emilio Coca

@cocabron

Hace cuatro años Olallo Rubio intentó, de forma fallida, mostrar la importancia de la selección mexicana a través de un largometraje, ese fenómeno social que cada torneo consigue paralizar un país, para bien o para mal. Sin embargo el documental se quedó en una recopilación de videos de Clío, de entrevistas a los mismos personajes de siempre, pero principalmente olvidando el punto central de lo que hace al “Tri” relevante: la afición.

En este viaje a Rusia me di cuenta de lo que verdaderamente simboliza un equipo para la gente, es un sentimiento de pertenencia, de regresar por un breve instante a tu tierra y gritar “México, México, México”, de cantar el “Cielito lindo” cuando las cosas van bien o van mal, cuando no pasa nada o te sientes solo, a 10 mil o 15  mil kilómetros de casa. De tomar la Plaza Roja como si fuera el Ángel de la Independencia y tratar a todos los rusos como si fueran “raza”, “compas”.

Y es que si nos preguntan ¿qué es la selección para un mexicano?, la respuesta quizá sea sencilla, es un salto de fe, es como hacer la procesión a la Villita o comer picante; sabemos que va a doler, que vamos a sufrir, pero que al final se obtiene una recompensa, una victoria, un golecito, una jugada que dejará perplejos, que nos hará soñar con que somos el Brasil del 70, la Naranja Mecánica, la selección del 94 o 98, retroceder en el tiempo y ser ese gol de Negrete. Pues al final de todo, como diría Galeano, somos unos mendigos de futbol.

Porque no, no hemos ganado nada relevante, una Confederaciones hace casi 20 años, unas Copas de Oro, pero hasta ahí, entonces cómo nos sostenemos, cómo es que el mexicano decide venir a un país que desconoce, a ser “el extranjero”, y pues es sencillo; para nosotros el futbol es nuestra fiesta, nuestra catarsis de una realidad tan jodida como la mexicana, es alejarnos de la violencia, del trabajo y como me dijo un paisano en Moscú, es el placer de deshacerse de todo.

Sin embargo, como todo, la fiesta llegó a su fin, y no, no voy a ahondar en lo que hizo o no la selección, pero sí en su discurso, en el “imaginemos cosas chingonas”, en jugar con la ilusión de un mexicano que se endeudó a 48 meses con intereses, a ese que aprendió a olvidar el grito prohibido, mientras otras aficiones gritaban cosas similares y los representantes de la FIFA ofendían a un pueblo pintando dedo ante la mirada de las cámaras de un estadio.

Fuimos 40 mil, la mitad de los colombianos, 30  mil menos que los peruanos, pero que con carisma nos ganamos a un país que ante la victoria contra Alemania nos vio como campeones del mundo, nos abrió las puertas de su tierra y, que al final nos abrazó, nos apoyó y nos sigue deseando la mejor de las suertes, incluso, según los rusos, seremos campeones del mundo en Qatar 2022.

Pero. ¿qué nos queda a nosotros?, el consuelo de cada cuatro años, de saber que estamos entre los 16 mejores, de haber pasado de panzazo a octavos, por un partido cardiaco en Kazán, donde las uñas no fueron suficientes para controlar el nervio, donde los asientos no sirvieron para aguantar el peso que por un momento cargamos a nuestras espaldas. Pero que tras una jugada terminamos brincando, celebrando por los goles ajenos, y cantando “Coreano, hermano, ya eres mexicano”, mientras los asiáticos nos decían “si México ganaba, nosotros hubiéramos pasado”.
Coreamos y aplaudimos cada jugada, Ochoa se volvió un santo de nuestra devoción y el Chucky Lozano nuestro amuleto de buena suerte, nos desvivimos con la victoria contra Alemania, los miramos y gritamos “en dónde están, en dónde están, los alemanes que nos iban a ganar” mientras saltábamos sin parar. Tomamos la Plaza Roja y por un momento Moscú estuvo en nuestras manos. Después vino Corea del Sur y tocamos el cielo, ya éramos locales otra vez, comenzamos a replantear el viaje, a cambiar los boletos de tren, de Samara a San Petersburgo, de Brasil a Suiza. Pero llegó Suecia y caímos a nuestra realidad y al final Brasil nos puso los pies en la tierra, nos hizo ver que el boleto que debíamos comprar era el de regreso a casa.

Pero a diferencia de otras aficiones, el mexicano siguió la fiesta, decidió tomarse fotos con el rival, gritar el nombre de nuestro país a los cuatro vientos y seguir con nuestra canción favorita en el extranjero, coreando “canta y no llores, porque cantando se alegran cielito lindo, los corazones”, mientras las “cosas chingonas” continúan sin llegar.

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