Mi ramadán laico: la noche del destino

Mi ramadán laico: la noche del destino

Alonso Pérez Fragua

@fraguando

#MiRamadanLaico #MiVidaEnMarruecos

 

27 ramadán 1439 A. H. (12 de junio de 2018 d.C.)

Mis párpados se sienten extrañamente ligeros a pesar de la hora. Debería estar en la cama esperando la alarma de las 3 de la mañana que sonará en unos minutos. En su lugar, sigo frente a la computadora redactando las últimas líneas de mi avance de tesis. El plan es salir rumbo a Chefchauen, la Perla Azul de Marruecos, antes del amanecer. Por lo tanto, si no hago este último esfuerzo ahora jamás podré enviar el archivo a mi asesor de maestría antes del viernes.

Por una curiosa coincidencia, mi vigilia sucede en la Noche del destino o Laylat al-Qadr, uno de los momentos más importantes de ramadán. Es ahora, dice la tradición, que se determinará lo que pasará en nuestras vidas durante el siguiente ciclo hasta el próximo ramadán. De acuerdo con esto, mi destino está en el trabajo académico, en quemarme las pestañas, como dicen las abuelas, investigando sobre binge-watching y Netflix.

En esta noche del noveno mes musulmán, la tradición indica que Mahoma recibió la primera parte de la revelación del Corán por parte del arcángel Gabriel. También traducida como la Noche del poder, su importancia es tal que, se dice, “vale como mil meses”, por lo que los creyentes oran con mayor fervor pues sus alabanzas serán equivalentes a 83 años y 4 meses de plegarias. No se trata de un día fijo, sino que sucede en los últimos diez del ramadán, regularmente de la noche del 26 al 27. Más que hacer cálculos o guiarse por la observación de la luna, como sucede para el inicio del mes santo, para determinar cuándo será Laylat al-Qadr cada musulmán, de manera personal, deberá identificarla gracias a los elementos que, cuentan los estudiosos, dio el Profeta: por la frescura en el ambiente a pesar de la falta de viento y, sobre todo, por la tranquilidad que reina en el corazón de las personas. “Al día siguiente, el sol está ahí pero sus rayos no queman”, dice el imam Ismaël Tiendrébéogo del Círculo de estudios, investigación y formación islámica de Senegal.

Como no se sabe cuándo acontecerá este momento en que Alá permite el descenso de los ángeles a la tierra, lo ideal, sugieren, es no perderse esta oportunidad y rezar cada una de las últimas diez noches de ramadán y hacerlo con la mayor de las intensidades. Por diversos comentarios y textos que he consultado, me da la impresión, sin embargo, que en la práctica se ha estandarizado en la noche del 26 al 27 para que este destino no se nos escape nunca.

“Siempre me ha roto el corazón ver las mezquitas llenas la vigésimo séptima noche, mientras que el resto de este mes bendito apenas se ven a 50 por ciento de su capacidad”, escribía Abou en un foro en línea. “Tal impaciencia (porque, claro, ¡sería muy cansado rezar todas las noches!) es sin duda prueba de ignorancia y la triste imagen de nuestra oumma, de nuestra comunidad hoy”.

En contra de mis propios lineamientos, solo recé luego del desayuno y, desde que me senté a trabajar en la tesis, casi no he parado. Sin embargo, con peligro de sonar blasfemo, el empeño que pongo en mi trabajo de investigación es el equivalente laico de una jornada intensa de oración. No soy supersticioso, pero creo en el poder de los símbolos, sobre todo cuando somos conscientes de ellos. Si en un par de ocasiones durante Año Nuevo he salido de mi casa con maletas en mano, no es porque crea que este ritual me va a atraer viajes de manera mágica, sino porque al implicarme en esta acción me estoy programando para conseguir que esos viajes sucedan.

Creo entonces que, efectivamente, la Noche del destino habrá determinado el curso de mi vida para el ciclo que vendrá. Creo también que para aquellos creyentes del islam que volcaron su fe en estos últimos días de ramadán, la vigilia tendrá un efecto poderoso en sus vidas. Alá o sus cerebros y almas programadas los recompensarán.   

*

Hassan huyó de la guerra en Siria con su esposa, sus dos hijos y un tercero en camino. Con dos letreros, uno en francés y otro en árabe, pide ayuda a los automovilistas que circulan sobre el boulevard Smara de Casablanca. No habla francés y su poco inglés le es suficiente para agradecer la comida y dinero que le di hace una semana.

Los vi cuando iba en el taxi de regreso a casa a mediodía. Tan pronto coloqué toda la comida que pude en una bolsa y le cambié el pañal a Mali, tomé a la perra con nosotros y salimos hacia Smara. La urgencia de llegar a esa esquina me sorprendió. Quería que la ayuda estuviera en sus manos lo más pronto posible, aunque no sabía exactamente el motivo. ¿Era porque ramadán me ha hecho más sensible hacia mi prójimo? ¿Era porque temía que alguien más “me hubiera ganado” y que mi sandía, mi agua y mis panecillos rellenos resultaran inútiles? ¿Era porque quería conocer la historia de esa familia lo más pronto posible sabiendo que terminaría en esta crónica?

Camino a la esquina de Smara y Tah recordé el capítulo de la serie Unbreakable Kimmy Schmidt que había visto la noche anterior donde se discutía cómo los que gozan del “privilegio blanco” apoyan causas y ayudan a la gente no tanto porque se preocupen por ellas sino para calmar sus conciencias. Hombre, clasemediero y de piel pálida, yo me sé receptor de ese privilegio desde la adolescencia.

Cuando llegamos al lado de Hassan, los ojos de Mali se posaron alternativamente en el niño de 6 años que permanecía al lado de su padre, la niña más pequeña que dormía sobre la banqueta, y el vientre de la mujer que indicaba unos cuatro o cinco meses de gestación. ¿Van para España ahora? ¿No? ¿Se quedan aquí en Marruecos? Ok. ¿Qué de dónde soy?, de México. Buena suerte, Hassan.

Rumbo a la tienda seguí pensando en alguna otra forma de ayudarlos. Quería hacer más por ellos. No podía darles trabajo pues ni siquiera yo tengo uno. Tampoco tengo un césped que cortar o un auto que lavar. Se me ocurrió hablarles de la carpa de Tawhid Lamkanssa que estaba además a unos cientos de metros. Ahí podrían comer esa noche y quizá encontrar alojamiento con la gente de la asociación. Pasé frente a ellos de nuevo para darles esta información. Entendí que ya tenían donde dormir, al parecer en alguna colonia cercana. Quería de cualquier forma que supiera sobre Tawhid. Cruzamos la calle en busca de un intérprete.

En Siria hay guerra ahora, me dijo haciendo señas de misiles cayendo del cielo. Su paso era firme y calmado, y su mirada la de un hombre sabedor que nadie le dirá nada que cambie su destino. Aun así, por cortesía, quería escuchar lo que tenía que decirle ese mexicano que le habló que en su país también había muertos por otro tipo de guerra. Una señora en una tienda cercana pasó el mensaje. Mientras la mujer hablaba, me di cuenta de que la barba de Hassan estaba bien cortada y que su ropa y zapatos, así como los de su hijo, estaban limpios. Por unos segundos una duda atravesó mi mente: ¿y si no son sirios? Al instante pensé que en el lugar donde se hospedaban seguramente los ayudaron a mantener un aspecto digno. Y si no son sirios y se han inventado esa historia, eso no importa: una gran necesidad los habrá obligado a hacer esto.

No sé qué camino siguieron Hassan y su familia. No los he vuelto a ver en esa esquina, pero hoy me hago varias preguntas que nunca podré responder. ¿Este es el destino determinado para Hassan durante la Laylat al-Qadr del año 1438?, ¿oró para salir de Siria y le fue dado? ¿Encontrará una vida digna en Marruecos? ¿Ha orado con fervor estas últimas noches de ramadán?

Una más egoísta (o no): ¿mis oraciones laicas de estos últimos días pidiendo que México no arda en llamas el primero de julio serán escuchadas?

Pues eso, que los dados de la Noche del destino ya están cargados para todxs nosotrxs.

La mezquita Hassan II de Casablanca es la más grande de Marruecos y la segunda más grande de África. Foto: Alonso Pérez Fragua

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Alonso Pérez Fragua, gestor y periodista cultural poblano. Melómano y cinéfilo desde que tiene memoria; aprendiz de asuntos del arte desde los albores del siglo XXI. Desde enero de 2018 radica en Casablanca, Marruecos, donde vive su primer acercamiento a asuntos islámicos. Como gestor cultural ha trabajado en la Dirección de Espacios Culturales y Patrimonio Artístico de la UDLAP y como responsable de Exposiciones del IMACP, además de dirigir y fundar el despacho virtual Karakol Asesoría y Gestión Cultural. En medios ha colaborado con Lado B, La Jornada, Los Subterráneos, Radio BUAP, Puebla FM, Ibero 909 y Axocotzin Radio, entre otros. Autor del libro Melomanía (y otras rarezas): crónicas culturales del poblanishment (Fomento Editorial BUAP, 2017). Comunicólogo de formación, curioso de todo por vocación. Licenciado en Ciencias de la Comunicación y maestrante en Comunicación y Medios Digitales, ambas por la UDLAP, posee un posgrado en Ciencias Antropológicas con área de concentración en Políticas Culturales y Gestión Cultural por la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Presidente y único miembro del club de fans del autor estadounidense A.J. Jacobs.

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