Alberto López Cuenca

La propaganda institucional lleva años celebrando la “modernización” de Puebla. El recurso al término en el discurso y la prensa oficiales ha sido constante y se ha dado casi exclusivamente para acompañar la construcción de carreteras y puentes y el uso por doquier de concreto hidráulico. En Puebla la modernización es sinónimo de cemento1. La modernidad tiene, ciertamente, mucho de cemento pero no puede reducirse a él y, de hecho, su contribución más importante en términos sociales y culturales no se debe a él. Con el uso abusivo que los políticos hacen hoy del término “modernización” ocultan aspectos de la modernidad que para la situación de crisis en la que vivimos serían mucho más relevantes que el concreto hidráulico. La crítica y la experimentación, la conciencia histórica y la autonomía, la toma de poder y la iniciativa política ciudadanas son aspectos definitorios de la modernidad que aquí brillan por su ausencia2. En Puebla nos dan puentes mientras se recortan los derechos políticos de la sociedad civil; abren museos vacíos mientras se censura la crítica en el espacio público y se reprime la organización ciudadana.

Tras estas semanas en las que ha estado en boga rememorar (y denostar y encumbrar) al bueno de don Karl, viene al caso rescatar un debate que se dio en el centenario de su fallecimiento, hace 35 años, en 1983. Entonces, el historiador Perry Anderson publicaba un ensayo en New Left Review bajo el título de “Modernity and Revolution”3, donde rastreaba las formas tomadas por las prácticas artísticas durante el siglo XX y su capacidad para cuestionar los órdenes de vida dispuestos por el capitalismo. El argumento de Anderson se desprendía de la lectura de un libro sumamente influyente publicado poco antes, All that is Solid Melts into Air. The Experience of Modernity de Marshall Berman4, una sugerente revisión de los alcances y limitaciones de la modernidad como proyecto económico pero sobre todo político y, especialmente, cultural. En ese texto, se proponía una atinada distinción entre modernización [modernization] (que atañe al plano económico y de mercado) y cultura moderna [modernism] (que pone en juego el plano subjetivo, de valores y empoderamiento cultural para la transformación social), que se entretejen paradójica y conflictivamente en la modernidad [modernity]. El objetivo de Berman no era otro que estudiar la tensión entre la cultura moderna y la modernización económica: “Ser moderno es vivir una vida de paradojas y contracciones. Es estar dominados por las inmensas organizaciones burocráticas que tienen el poder de controlar, y a menudo de destruir, las comunidades, los valores, las vidas y sin embargo, no vacilar en nuestra determinación de enfrentarnos a tales fuerzas, de luchar para cambiar su mundo y hacerlo nuestro” (Berman, Todo lo sólido se desvanece en el aire, xi). Berman rastreaba cómo frente a la industrialización capitalista y su lógica modernizadora, que anteponía los intereses económicos sobre todos los demás, se desplegaban estrategias de organización social y formas de hacer artísticas que las retaban. La modernización económica tenía que vérselas con las prácticas culturales –mediadas por la crítica, la experimentación y el empoderamiento colectivo– que la impugnaban. La modernización tenía que enfrentarse a una actitud moderna.

En Puebla asistimos incrédulos a la continua invocación de la modernización de la infraestructura como si con carreteras y puentes, con los dólares del turismo y con la construcción de plantas de armado de automóviles fuese a llegar milagrosamente la modernidad. Esto no es sólo simplista, es perverso. Con el mensaje de “la modernización de Puebla” se cancela engañosamente la tensión con ese otro polo –el político y cultural–, el que pone en juego la generación de nuevas subjetividades y formas de experimentación sociales. Además de las transformaciones industriales y económicas, la modernidad requiere de un amplísimo espectro de libertades colectivas e individuales (políticas, sexuales, identitarias) y de formas artísticas en las que cobran cuerpo provocándolas y teniéndolas en estado de continuo escrutinio crítico. Podrán celebrar los políticos y sus titulares de periódico la llegada de los puentes de tirantes innecesarios y de un absurdo teleférico que no conduce a ningún lugar –quizás el más revelador emblema de la inoperante modernización gubernamental– pero no de la modernidad como generación de nuevas subjetividades y, mucho menos, como ámbito de indagación de otras formas institucionales complejas que las acompañen. Lo que vemos es justo lo contrario: no sólo se han cerrado espacios y programas culturales estatales en los últimos años –que bien podían entenderse obsoletos por su administración clientelar y provinciana: la galería de arte moderno y contemporáneo, el encuentro estatal de artes– sino que han sido sustituidos por un montón de obras megalomaníacas tan multimillonarias como irrelevantes para la escena cultural local (¿La casa de la música de Viena? ¿La casa del títere? ¿El Museo del ejército?). Pareciera que se trata de volcar toneladas de concreto para lobotomizar la poca vida inteligente que pudiera haber en el campo cultural. El resultado es evidente: ante la abotargada actitud moderna que se opondría al canon y denunciaría sus formas conservadoras se pasea ufana, por ejemplo, la ornamentación más trasnochada imaginable por el supuesto Museo del Barroco. En el MIB se exhiben cosas que no querrían ni en un Decoré, por no decir de la reciente inclusión de una desganada cuota de “artistas poblanos” de entre los cuales hay quien anuncia que ya llegó la sana vanguardia porque les han dejado a ellos colgar una piececita en ese despropósito, como si con eso se resolviera la espeluznante deriva en la “programación” del “museo” y su nulidad como actor en la escena cultural. En su prepotencia y opacidad, el MIB ha devenido un Rey Midas invertido: todo lo que toca lo hace irrelevante. Está claro que la actitud moderna no la van a propiciar las mezquinas decisiones de las instituciones culturales. O no, desde luego, a la manera en la que lo ha hecho el IMACP en estos últimos años, presa de copias de Tutankartón o de publicidad engañosa en la que se vende un puñado de trabajos menores de Picasso como si el arte de vanguardia tomara la ciudad o avala muralitos celebratorios de American Airlines en un rincón de la zona patrimonial de la ciudad. Si hubiera una mínima actitud moderna, se opondría a la veneración de las “grandes marcas” del arte (¡Frida Kahlo! ¡Tina Modotti! ¡Miguel Ángel! ¡Llévelo, llévelo!) que ha enarbolado el IMACP.

A la apresurada modernización de concreto la acompaña no una actitud moderna sino un ignorante despliegue publicitario que impone una ciudad de escenografía para selfie. El recurso a la modernización busca la explotación económica del territorio y sus recursos, de la que se beneficia históricamente en Puebla un reducido grupo de políticos y empresarios, mientras cancela, pospone y niega –a veces de forma violenta– las libertades, experimentaciones y desbordamientos que acompañarían a los procesos sociales y culturales de la modernidad. La poblana es una modernidad zombi que se manifiesta en una ciudad sometida al vudú de puentes inútiles, estaciones de bicicletas que nadie usa, museos que son sólo edificios y teleféricos que no conducen a ningún sitio. Uno de los efectos más notorios de esta supuesta modernización sin actitud moderna se da en la transformación desde arriba de la ciudad, que la trata como si fuera un cuerpo inerte y maleable (y por eso frecuentemente feminizado5) con el que urbanistas, arquitectos y, sobre todo, especuladores inmobiliarios se ensañan a placer. No deja de ser revelador –y descorazonador que pase desapercibido para quienes “construyen” Puebla– que precisamente este año haga 40 que se publicara un notorio trabajo que señalaba los fiascos y la violencia de la “arquitectura modernizadora” para transformar la ciudad. En Collage City6, Colin Rowe y Fred Koetter desglosaban las ambiciones y los despropósitos que habían animado a los arquitectos modernos a transformar la ciudad desde arriba, a pesar de que lo hacían con el afán de mejorar las condiciones de vida de sus habitantes. Si aquel impulso modernizador fracasó aun estando motivado por hacer de la ciudad una máquina eficiente, ¿cuál será el destino de una ciudad que está siendo transformada no ya pensando en sus ciudadanos sino en la voraz especulación inmobiliaria, en la atolondrada atracción de turistas y en la exclusión de otras formas de subsistencia que no se ajusten a las imaginadas por quienes detentan el poder? Este destino no tan lejano ha tomado ya formas concretas, especialmente para la vida en las zonas periféricas de la ciudad, en los barrios y las juntas auxiliares, donde se descarga el peso del “desarrollo urbano modernizador.” El desastre que esto representa para la vida de los barrios y sus vecinos está sobradamente documentado en un texto premonitorio también ya con su edad, el de Jane Jacobs, The Death and Life of Great American Cities7, que concluía que “la planificación urbana modernizadora rechaza la ciudad porque rechaza a los seres humanos que viven en una comunidad caracterizada por niveles de complejidad y un caos aparente”. La modernización ni entiende ni acepta eso, de ahí que para sus burócratas la ciudad ideal sea una que nace de la nada y que no tiene habitantes, una “con todo lo que se necesita para ser moderna”. Aunque no es necesario recurrir a muchas teorías para advertir hacia dónde va la modernización de concreto poblana. Ese impulso que hoy empuja a la ciudad al abismo de la construcción irreflexiva, al extractivismo descontrolado y a la precarización de la vida es el mismo que ha hecho de Barcelona (que, por cierto, le ha prestado a los burócratas poblanos la idea de “Smart City” que ahora nos atormenta) y Málaga (con su macdonalización de los museos) ciudades inhabitables para sus ciudadanos, asediados por las hordas desbocadas del turismo global y por la construcción de esa disneylandia higienizada que los hosteleros imaginan que es una ciudad.

Junto a la ciudad sometida al vudú, hay un segundo efecto que se evidencia en el ardid de la modernización sin actitud moderna: la despolitización de la cultura. La modernidad dio un lugar central al sujeto que se hace responsable de su participación en los asuntos comunes. Donde esto se manifiesta de un modo más notorio es sin duda en el terreno de los imaginarios culturales, donde se despliegan y confrontan múltiples concepciones de la vida, de la ciudad, de la sexualidad o del arte. La imaginación política se desplegaba ahí como disputa y disenso no como el ejercicio del acuerdo obligado ni del aniquilamiento de lo diferente. La modernización de concreto poblana en lugar de incentivar este agonismo lo sacrifica en favor del consenso clientelar que imponen sus instituciones culturales y de sus representaciones de una cultura turistificada. Esto último lo pone de manifiesto de modo notorio el reciente enarbolamiento del Barroco que se ha llevado a cabo como insignia cultural de la ciudad, presentándolo como el resultado de un amable y pacífico mestizaje cultural. Exaltar el Barroco como lo hace el MIB o lo celebra la cascada de restaurantes y hoteles súbitamente barroquizados transforma el violento y sanguinario conflicto que fue la colonización militar y cultural española en una colorida y bienintencionada fiesta de disfraces8. La modernidad zombi exige despolitizar la cultura en tanto la trasmuta en un pasatiempo divertido y lujoso que cierra el paso a cualquier otra manera de imaginar la vida en común. Por eso le es imprescindible cancelar la imaginación política colectiva y antagónica, lo que tiene unas implicaciones dramáticas en el presente: cuando el disenso no tiene cabida ni tan siquiera en el plano cultural, la política se traduce en la represión del otro, en su violenta anulación o, en el mejor de los casos, en la cruel indiferencia con la que se asiste a su sacrificio. En una situación gravísima de violencia que afecta especialmente a la población empobrecida, a los jóvenes y a las mujeres, a la que se suma la más que notoria desorientación de las instituciones (de seguridad, de educación, culturales), lo que se necesita es menos Barroco VIP y más pluralidad, imaginación política y empoderamiento colectivo.

Sin embargo, es notorio que los lugares donde podría esperarse que se gestara una actitud moderna en Puebla están actualmente anestesiados. Han cobrado la forma bien de meros gestos vacíos –es el caso del arte contemporáneo, que no parece que en general sirva para mucho más que para decorar las paradas del RUTA o para hacer que los estudiantes paguen colegiaturas en las universidades privadas– bien de iniciativas autogestivas que apenas sobreviven ahogadas por el ignorante conservadurismo de las élites y el imperante clientelismo con el que se guían las instituciones gubernamentales. Como quiera que sea, la obscena discrecionalidad en el ejercicio del poder revestida de un discurso hueco de “progreso y consenso” que llaman modernización no puede llevar ese nombre sin una modernidad cultural y política que la dispute. Que tal cosa sea hoy posible o deseable es otro asunto. Aunque, desde luego, lo que no vamos a hacer, porque aún nos queda un mínimo de memoria y dignidad, es aceptar que una ciudad convertida en muñequito para el vudú arquitectónico sea todo lo que pueda rescatarse de un proceso histórico tan complejo y problemático como fue el de la modernidad.

________________________________________________________________

1. Hay, ciertamente, vínculos bien documentados entre la modernización y el cemento: véase, para el caso de México, el sugerente trabajo al respecto de Rubén Gallo en Mexican Modernity. The Avant-garde and the Technological Revolution, MIT Press, 2005. Está traducido por Valeria Luiselli como Máquinas de vanguardia en Sexto Piso, Ciudad de México, 2015.

2. Todos estos términos ligados a la modernidad son problemáticos y su (falta de) vigencia e implicaciones están más que debatidos desde hace años, por sus prepotentes presupuestos coloniales, por su fe ciega en una supuesta razón omnisciente, en la ciencia como único patrón de conocimiento y en el progreso como justificación del expolio. Véase a este respecto el amplio abanico de trabajos ya clásicos que cuestionan y ponen en perspectiva estas nociones de autores que van de Walter Mignolo, Boaventura de Sousa Santos a Aníbal Quijano pasando por Jean-François Lyotard, Bruno Latour o Hal Foster. Como fuera, y aunque no deja de ser un anacronismo pretender ser modernos hoy, lo inescapable es que con el uso del término “modernización” se reivindica en la actualidad sólo un aspecto de la modernidad –el económico– ocultando que éste no operó nunca sin aquellos otros que implican una modernidad cultural y política.

3. Perry Anderson, “Modernity and Revolution”, New Left Review, I/144, marzo-abril 1984, pronunciada originalmente como conferencia en 1983 en la Universidad de Illinois, Urbana-Champaign.

4. Marshall Berman, All that is Solid Melts into Air. The Experience of Modernity, Simon & Schuster Inc., 1982. Hay una versión en español aparecida con el título Todo lo solido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad traducida por Andrea Morales Vidal en Siglo XXI, 1988.

5. Deberían dejarse de rodeos en sus campañas e ir directo al grano, invitando a los turistas, como hacen en un men’s club, a salir de caceríaCon la gravísima situación en el maltrato a la mujer y el sangrante número de feminicidios en Puebla, es muy revelador lo que manifiestan estos “comerciales” de la sensibilidad generalizada respecto al cuerpo femenino. No es necesario ser muy feminista para ver aquí la bestialización y la sexualización de la mujer como un recurso para la diversión masculina.

6. Traducido por Esteve Riambau Saurri al español como Ciudad collage, en Ediciones Gustavo Gili, 1981.

7. Hay una traducción española de Ángel Abada y Ana Useros, editada por Capitan Swing bajo el título Muerte y vida de las grandes ciudades, del año 2011.

8. El Barroco fue, significativamente, el imaginario cultural que el catolicismo beligerante puso en marcha en el siglo XVII contra la Reforma protestante y, luego, un siglo después, contra el racionalismo ilustrado. En su dimensión religiosa, el Barroco es la encarnación cultural de la antimodernidad. Para advertir el papel del Barroco en la construcción del reaccionario imperialismo español y su adaptación “hispana” en las colonias americanas como México, véase Jorge Luis Marzo, La memoria administrada. El Barroco y lo hispano, Katz editores, 2010.

1 COMMENT

  1. Qué brutal disección de la política cultural de este gobierno; qué lamentable que se presten a darle cuerpo tantos artistas y burócratas culturales. ¡Qué pinche!

Leave a Reply