Educar, conmover, conversar

Educar, conmover, conversar

Escuela Yo’on Ixim
Foto: Martina Žoldoš
Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“… educar es una de las actividades más importantes que una persona o una institución puede desarrollar ya que tiene la responsabilidad de desarrollar las facultades intelectuales y morales de un individuo a instancias del proceso educativo. La vigencia del gesto de educar es aquella que está acompañada por el “conmover a otro”, ya sea a través de alguna acción, comportamiento, palabra, gesto, entre otras manifestaciones, puede enternecer o  provocarle algún tipo de emoción a alguien y tenga un cambio en su pensar o mirar. La educación tiene sus aciertos y errores, pero no está demás decirlo por aquellos que nacen o se hacen en el camino de la educación, compartir el gesto de educar, en un mundo o sociedad con transformaciones vertiginosas y caóticas de estos tiempos… por la creciente precariedad de los objetos y el hábito educativo”.

Carlos Skliar. Educar el conmover.

Vivo en una época en la que el arte de educar se mira como una superstición del pasado y se pretende que el proceso educativo esté científicamente sustentado y sobre todo, sea técnicamente controlado.

De manera que el sistema educativo se deleita a sí mismo en sus obsesiones cientificistas y eficientistas creando esquemas, sistemas, fórmulas, programas y sobre todo formatos.

Sí, en efecto, los docentes y directores escolares viven hoy en el reino de los formatos, una especie de infierno burocrático cuyo mito fundacional se basa en el principio de que la calidad educativa se incrementa de manera proporcional al número y dificultad de los formatos y reportes que se deben llenar y entregar.

Durante la semana pasada me compartieron dos ejemplos de esta tendencia tecnocrática y pseudo-científica que desgobierna la educación actual y que no es privativa de algún nivel educativo sino que invade de manera longitudinal todos los sistemas y modalidades.

Por una parte me comentaron la triste experiencia de un amigo, docente experimentado y apasionado de la enseñanza en el área de la Comunicación, que al jubilarse de una institución particular quiso seguir ejerciendo su vocación y compartiendo su saber teórico y práctico obtenido en décadas de trabajo con los jóvenes que se encuentran en el proceso de formación profesional. Este deseo se concretó en la invitación a impartir una o dos asignaturas en una facultad de otra institución de educación superior, de carácter público.

Pero la felicidad de este profesor y el enriquecimiento académico de sus alumnos duró poco tiempo porque las crecientes exigencias de llenar y entregar o subir a plataformas sus planes de curso, guías de clase, evidencias de aprendizaje, portafolios docentes, etc. y la exigencia de asistir a juntas interminables e improductivas lo llevaron a desistir y a renunciar a estos cursos que obviamente no impartía por necesidad económica sino por el placer de educar.

Por otro lado, una directora escolar me compartió por correo electrónico el anexo de un documento oficial de la SEP titulado: Cédula del índice de madurez organizacional de la escuela para ejercer la autonomía curricular, que se trabajó en una junta de la supervisión escolar a la que pertenece su escuela.

Se trata de un documento en el que se plantean un montón de variables que tienen que ver con el personal docente, los alumnos inscritos y su desempeño escolar, resultados de evaluaciones de los alumnos, elementos de la ruta de mejora escolar y del índice de normalidad mínima de la escuela, etc. Todas estas variables se van entretejiendo y traduciendo en una cantidad impresionante y prácticamente ininteligible -para un docente o director normal como yo- de fórmulas matemáticas que tendrían que irse resolviendo para determinar este índice de madurez de la escuela y tomar decisiones para ejercer la autonomía curricular.

El documento resulta verdaderamente surrealista y movería a la broma de no ser porque se trata de una parte de los lineamientos oficiales que se estarán exigiendo para que las escuelas puedan ejercer la autonomía curricular que plantea el Nuevo modelo educativo 2017. De tal manera que una iniciativa que implica un gran paso adelante porque por primera vez establece un marco curricular un poco más flexible que toma en cuenta la diversidad regional e institucional de nuestro sistema educativo nacional se condena al fracaso porque para ejercerla y llevarla a la práctica se tiene que pasar por todo un calvario burocrático que hará que a decir de algunos supervisores –escuchado en la vida real- continúe la cultura del cumplimiento: cumplo y miento.

Los anteriores son dos ejemplos entre miles, de la forma en que la pretensión cientificista y tecnocrática del sistema educativo de nuestra época ahoga cualquier iniciativa que busque la innovación y la mejora real y profunda en la formación de los niños y jóvenes de nuestro país.

Educar es una de las actividades centrales que una persona o una institución puede desarrollar, es uno de los ejes básicos que un país puede impulsar si se compromete realmente con una visión de auténtico desarrollo humano y social sustentable para el futuro.

Pero para lograr que la educación cumpla realmente con su misión individual y social, para que se puedan desarrollar las facultades intelectuales y morales de los individuos y las capacidades básicas para el desarrollo resulta indispensable que construyamos sistemas educativos de alta complejidad, es decir, sistemas que funcionen de manera horizontal, policéntrica o acéntrica y no de manera piramidal y vertical; sistemas que se basen en la confianza en los sujetos y los grupos con el consiguiente incentivo de su creatividad y compromiso libre; sistemas orientados hacia la promoción de procesos y no hacia el control de actividades; sistemas guiados por una visión estratégica que plantee las grandes líneas y metas con flexibilidad y no por una perspectiva programática que defina cada paso hasta el último detalle y pretenda controlar todas las acciones que se realizan .

Como afirma Skliar, la vigencia –y el impacto real y profundo- del gesto de educar va acompañada con el conmover a otro a partir de los gestos, aciones, comportamientos, palabras, testimonios, ambientes, presencias y encuentros que se promuevan en el espacio aúlico o escolar.

Para que exista educación es necesario lograr enternecer, emocionar, conmover, provocar algún tipo de emoción que lleve al educando a un estado de desequilibrio interno que genere un proceso de transformación en sus modos de pensar, mirar, decidir y vivir.

Desafortunadamente esta educación del conmover es muy difícil de lograr si se concibe lo humano desde una perspectiva cientificista –ojo, esto no quiere decir que se deje de lado el análisis de lo que aportan las ciencias a la educación- y meramente tecnocrática del ser humano y del proceso educativo. Tristemente esta educación del conmover no podrá lograrse si se concibe el planteamiento de la educación socio-emocional desde una perspectiva técnica para el desarrollo mecánico de ciertas habilidades y no se mira esta dimensión desde una perspectiva de integralidad e integración en la complejidad del dinamismo humano.

La educación del conmover seguirá siendo un pendiente pospuesto mientras en el nivel aúlico predomine esta visión tecnocrática y mientras en la dimensión institucional se siga trabajando dentro del paradigma del reino de las fórmulas y los formatos que seguirán ahogando entre papeles cualquier iniciativa auténtica de establecer una conversación humana y humanizante en la escuela y la universidad, porque como dice el mismo Skliar: “sin la conversación no se puede ejercer la educación”.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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