Música, Haram y Ramadán

Música, Haram y Ramadán

Alonso Pérez Fragua

@fraguando

#MiRamadanLaico #MiVidaEnMarruecos

4 ramadán 1439 A. H. (20 de mayo de 2018 d.C.)

Lo más cerca que he estado de una experiencia mística ha sido gracias a la música. No es un secreto: soy un melómano. Varias veces las notas de alguna canción me han producido un placer más allá de lo terrenal. La experiencia místico-musical que más recuerdo está vinculada a Watermelon in Eastern Hay de Frank Zappa, la cual me provocó una visión que me obsesionó por días hasta que la exorcicé en forma de un guión perdido en el limbo de bits de un disco duro olvidado. Barroca, clásica, contemporánea, rock, progresiva, post-rock, coros africanos, son jarocho, Björk, cualquier género puede, en el momento preciso, provocar que la piel se me erice o que los ojos se me humedezcan.

Hace dos noches, tras regresar del iftar ofrecido por una asociación de nuestro barrio, le di play a la lista de Spotify que creé para escuchar tras la caída del sol. Luego de un ayuno de alimentos, redes sociales y música, Joan Osborne y su One of Us entraron en mis oídos y alma con una fuerza poco acostumbrada. Mientras hacía mi última oración del día, dejé en el fondo a Peter Gabriel y Don’t Give Up, canción que, en cualquier momento y situación, me relaja y transporta a un estado de nostalgia de lo no vivido.

El disfrute de este placer cotidiano del que ahora me privo por horas, vino después de una cena con totales desconocidos y que contrastó con la de la noche anterior en casa de nuestros vecinos. Gracias a este segundo iftar en la carpa colocada a doscientos metros de nuestro edificio, nuestra fe en ramadán se restableció. La experiencia nos comprobó que la bondad y el espíritu de solidaridad existen, al menos en este mes santo, y que no todo es saciarse luego de una jornada de ayuno. Cada noche, durante todo ramadán, las familias que conforman la asociación Tawhid nisaa mkansa ofrecen comida y bebida a todo el que llegue a su carpa. Su menú es limitado en comparación con el de nuestros vecinos, pero sobra decir que lo saboreamos más. Antes de retirarnos, ayudamos a limpiar las mesas. Cuando ya no había más platos que levantar, Mali gritó enojada hasta que le hicimos comprender que su labor había terminado. Nos despedimos y prometimos volver al menos una vez más.

Los cafés, que permanecen cerrados hasta el atardecer, estaban ahora repletos. Sin embargo, las calles no eran más ruidosas que de costumbre. Ocasionalmente un auto pasaba con la radio a volumen alto y un grupo de niños salía corriendo de un callejón con un balón en las manos y un grito en la garganta. Nada más.

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Marjorie ha hecho dos viajes escolares a lo largo de los siete meses que ha trabajado en una pequeña escuela de nuestro barrio de Hay El Ousra. En ambos, la anécdota es similar. Durante el primero, visitando un parque de diversiones a las afueras de la ciudad, se sorprendió del entusiasmo con el que alumnos y colegas bailaban el reguetón que sonaba en las bocinas del propio parque. Cuando les comentó a las maestras que movían sus cuerpos al ritmo de mami dame más, sí bebé, así, más, más, y otros versos del estilo, las mujeres continuaron disfrutando, velo incluido, de las notas escritas al otro lado del océano y pensadas para escucharse en bares y fiestas, y facilitar el rito de apareamiento contemporáneo de las sociedades occidentales.

Dos meses más tarde, camino a Marrakech en un autobús con niños de 4 a 11 años llenos de energía y deseosos de escuchar música para acompañar su trayecto, la directora de la escuela consideró que las canciones de Ariana Grande, Angèle, y Asma Lmnawar eran haram, prohibidas, y que hablaban de cosas de grandes no aptas para sus jóvenes oídos. Al pedirle al chofer que reprodujera su lista de canciones habitual, además de Feliz cumpleaños sonó Enrique Iglesias, a quien la visión de una mujer le paró… el corazón, le dejó de latir, mientras la cama de Karol G sonaba y sonaba, recordando cuando le hacía pom pom pom pom a sabrá dios quién. El criterio es, imagino, oídos que no entienden, consciencias que no se perturban, a pesar de para Marjorie y para mí, más allá de las letras, las melodías-mueve-caderas les deberían dar motivos suficientes para gritar haram, haram, haram.

Igual de haram era la música que escuchamos en un iftar ayer, organizado por una fundación que atiende a niños huérfanos o que han sido maltratados. Cada noche durante este mes santo, los voluntarios de Bab Rayan alimentan a más de 600 almas en el patio de su sede en el céntrico y afrancesado barrio de Palmier. Mientras montaban las mesas un par de horas antes de la puesta del sol, los cerca de cien jóvenes de secundaria y preparatoria mecían el tronco ante las letras de L’Algérino, quien les contaba sus aventuras con una vieja que, una vez en el hotel, se niega a consumar el acto pues dice que le está bajando, y ante las de Max Boublil, quien presume el cuerpo de Photoshop de su novia-detiene-tráfico, pero a la que le pide mantenerse callada pues estás demasiada buena pero ¡ah qué pendeja que estás!, tus padres no terminaron su trabajo, olvidaron ponerte cerebro, pero ¡ah qué buena que estás!

La relación del islam con la música es algo que sigo sin entender. Los artículos que leo son contradictorios. Según la interpretación del Corán o la corriente ideológica que se consulte, la música puede ser haram por completo o solo de forma parcial. Sin embargo, la mayoría de las fuentes que he encontrado hablan de la música como un vehículo que desvía de la adoración a Alá al creyente del islam. A pesar de ello, en la práctica la música se encuentra en todas partes en Casablanca, aunque es cierto que su presencia es distinta a la que tenemos en México. Hasta ahora no he encontrado bocinas con salsa afuera de una farmacia para provocarme una súbita enfermedad que me obligue a comprar sus medicamentos, ni una tienda de camas que le recuerde con cumbias a mi espalda que es tiempo de adquirir un colchón ortopédico para calmar sus dolores.

En los taxis, lo más común es el silencio o voces masculinas que salen de la radio para recitar el Corán. He viajado con choferes que escuchan música en francés, inglés o árabe, e incluso reguetón en español, aunque son los menos. Hace dos días, por ejemplo, el taxi que abordé era uno de estos vehículos impíos. En un día normal no me extraña escuchar esas mezclas entre rap, pop y sonoridades árabes, pero ese día me pareció poco ramadanezco que el chofer rompiera la santidad del momento con esos sonidos. Me sentí extraño, incómodo, no solo porque, de acuerdo a mis lineamientos, no puedo escuchar música. Me extrañó sobre todo la irrupción de esas notas en mí día y en la de todos los que las hayan escuchado, y que rompieron con la tranquilidad de nuestro entorno. Y a pesar de todo, en este país cuya observancia al reglamento de tránsito es casi nula, mientras este taxista se limite a romper la santidad de ramadán con estos sonidos y no con el volante o el claxon, me doy por bien servido.

Y pues eso, que cada noche mis oídos rompen su ayuno con mi lista de Spotify.

Alonso Pérez Fragua es periodista, gestor cultural y eterno aprendiz de las cosas del arte y del mundo. Actualmente realiza estudios de maestría en Estudios Culturales por la Universidad Paul Valéry, de Montpellier; su tesis tiene a Netflix y a las tecnologías digitales como objetos de estudio. En México cursó una maestría en Comunicación y Medios Digitales, y una especialidad en Políticas Públicas y Gestión Cultural. Melómano, bibliógafo, cinéfilo, maratonista de series, wikipedista y un poco neurótico. Lo encuentras en Twitter e Instagram como @fraguando

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