La fiesta en el infierno

La fiesta en el infierno

El 20 de mayo el infierno y sus diablos cedieron ante unos Santos que no sólo lo congelaron, sino dominaron. Y yo me quedo con las pasión de las porras, la explosión de emociones que cada ocho, quince o tres días llega al aficionado, normal, de a pie, sin fanatismos, ni arrepentimientos

Foto: Emilio Coca
Emilio Coca

@cocabron

Seis años después de su última final el Deportivo Toluca, el tercero más ganador de la Liga Mx, sólo por debajo del América y el Chivas, un club con ciento un años de antigüedad y de los pocos que nunca han perdido la categoría en el futbol mexicano, regresa al partido más importante para todo aficionado: la final. Esta vez contra un viejo conocido, Santos Laguna.

Desde las 11 de la mañana la gente ronda el estadio Nemesio Díez, mujeres, hombres y niños con playeras y banderas. Poco importa que falten ocho horas para el encuentro. En los restaurantes se desean suerte, se saludan y recuerdan a algún jugador: Cardozo, Sánchez, Sinha; una jugada como aquel contragolpe mortal que terminó con un 5-0 al América o, un gol, ese orgasmo futbolero, ese pequeño brote de pasión que gusta y enamora.

Las horas pasan entre vendedores ambulantes y revendedores que elevan el precio de las entradas de 600 a 2500 pesos y susurran “¿quiere boletos?, ¿general o preferente?” mientras van y vienen, alejándose de los policías, ocultándose entre la multitud. Bufandas, peluches, sombreros y comida. Tacos, huaraches, tortas, aguas y cerveza, mucha cerveza distribuida entre filas de gente que esperaba entrar.

Saltan y lanzan porras “oolé, olé, olé, olé, Diablos, Diablos”. Las banderas ondean al ritmo de tambores desgastados, gargantas esperanzadas y palmas sudorosas. El resto sonríe, toma fotos o videos mentales con las pupilas dilatadas, ante la emoción de estar en una fiesta, porque eso es, o al menos eso debería ser el futbol, una celebración.

Se abren las puertas del estadio.

Por un momento el tiempo se detiene. Estoy parado entre cien, personas que al pasar del tiempo se convierten en 25 mil seres que sienten lo mismo que tú. Cariño, pertenencia. Cantan, gritan, lloran, sienten. Portan los mismos colores que desde niño decidí usar. Los aman, porque como dijo Eduardo Galeano: “En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”

Si bien en México cada seis meses se juega una final, la pasión de un aficionado por su equipo pocas veces tiene comparación. Y para los mexiquenses se hizo costumbre celebrar un título: 1998, 1999, 2002, 2005, 2008 y 2010. Aunque el último fuera hace ocho años y el resultado del partido previo fuera en contra, cada aficionado al Toluca no podía más que gritar: “sí se pueeeede, Toluca sí se puede”.

Porras, tamborazos y una hinchada dispuesta a aguantar el granizo. Dos horas antes del pitazo inicial el Nemesio Díez ya estaba a más de la mitad de su capacidad, todo de rojo, como siempre que es campeón, como con aquellos goles celebrados por el máximo anotador, Cardozo, quien festejaba con la lengua de fuera y la tribuna rendida ante él, ante su “Diablo Mayor”.

Un “tifo”, una lona con la figura de un demonio de unos 25 metros de alto, emerge entre bengalas rojas. Trompetas del apocalípsis. Sus ojos blancos fijan al rival que se mueve entre la niebla con olor a pólvora. La gente grita, y el demonio los guía desde la cabecera de la porra. Mientras miles de banderas rojas se sacuden en todo el estadio.

Foto: Emilio Coca

Da inicio la ceremonia. La playera de ambos equipos, el logo de la Liga, la Copa y la bandera de México acompañadas por la orquesta de La Marina. Silencio. Una última trompeta suena antes de que inicie el himno nacional. Por única vez en el partido todos corean las mismas estrofas. El estadio se cimbra para terminar entre aplausos y cohetes.

El partido comienza.

Todos sentados en la orilla del asiento. En vez de pedir chelas, la afición le pide al vendedor que no estorbe. Manos a la cara y suspiros. Gritan intentando aplacar el nervio. Retumban sus cuerdas bucales pidiendo una jugada, un gol.

Pues al final, eso es lo que importa, como dice Galeano: “Yo no soy más que un mendigo de buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por amor de Dios”.

Sin embargo sólo bastaron ocho minutos, un defensa que se lanzó al ataque, un pase y una media vuelta para que la afición callara. Julio Furch, el delantero de Santos, sacudió la red y el estadio. El silencio reinó por grandes lapsos del partido, aun cuando La Perra Brava, porra del Toluca, seguía cantando y apoyando, pero los oídos del resto de los asistentes parecían bloqueados.

Un poste en contra se llevó el alma y dos atajadas del portero rival arrancaron unos cuantos aplausos. Carreras, suspiros, reclamos y mentadas de madre.

Ochenta minutos de sufrimiento y desesperación, ofensas acompañadas por pirotecnia. Esperanza que moría en los últimos minutos. Pero un centro al área encendió el infierno.

Sambueza se frena y lanza un pase. La gente suspira. Antonio Ríos la golpea con la cabeza y descoloca a la defensa. La tribuna se pone de pie. Hauche golpea el balón ante la mirada del portero rival. ¡Goooool! La afición explota y los minutos restantes intentan mantener su apoyo. Pero no es suficiente.

Lágrimas y rostros partidos. La derrota, sea merecida o inmerecida, siempre pesa.

Tanto aliento fue demasiado para un equipo desesperado, que no supo responder a una afición que se marchó con la mirada al piso, refunfuñando, ignorando los fuegos artificiales y la ceremonia de premiación.

El 20 de mayo el infierno y sus diablos cedieron ante unos Santos que no sólo lo congelaron, sino dominaron. Y yo me quedo con las pasión de las porras, la explosión de emociones que cada ocho, quince o tres días llega al aficionado, normal, de a pie, sin fanatismos, ni arrepentimientos.

Guardando en mi memoria todos aquellos cantos, gritos, miradas y sensaciones de las que aún no encuentro las palabras para describir, pero que terminaron con un nudo en mi garganta y una sonrisa en mi vida.

Porque el futbol es, como dicen muchos, “una pasión inexplicable”.

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