Aquí podría pasar algo (2): La esperanza

Aquí podría pasar algo (2): La esperanza

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“Por otro lado, sin poder siquiera negar la desesperanza como algo concreto y sin desconocer las razones históricas, económicas y sociales que la explican, no entiendo la existencia humana y la necesaria lucha por mejorarla sin la esperanza y sin el sueño. La esperanza es una necesidad ontológica; la desesperanza es esperanza que, perdiendo su dirección, se convierte en distorsión de la necesidad ontológica”.

Paulo Freire. Pedagogía de la esperanza, p. 24.

Aquí no ha pasado nada o parece no haber pasado nada parecen decir los hechos violentos que se ríen en nuestra cara de miedo pasivo como sociedad aletargada para no darse cuenta del horror que implica aceptar que en los últimos años nuestra sociedad ha perdido a cientos de miles de personas, muchos de ellos jóvenes, como resultado de la espiral de violencia que nadie ha podido parar y que aparentemente nuestros candidatos presidenciales y sus equipos de expertos no saben cómo se podría revertir.

Pero aquí podría pasar algo si los educadores nos comprometiéramos y trabajáramos eficientemente en la construcción de una convivencia social que eduque en la paz a través de una cultura del perdón que implica “…Abordar y reconocer el daño, señalar la responsabilidad de todos en el daño y sus causas; restaurar o instaurar estándares morales que sean compartidos y gocen de autoridad; restaurar o crear la confianza que los individuos tienen en los estándares morales compartiros y su capacidad para responder y cuidar de esos acuerdos normativos; restaurar o instaurar la esperanza en las expectativas morales y en que sus responsables son dignos de confianza y finalmente, restablecer o instaurar las relaciones entre las víctimas y los agresores, entre las víctimas, los agresores y las comunidades…”

Esta es una apretada síntesis de la Educación personalizante en las dos semanas recientes en las que he estado abordando el tema de la violencia en el país. Celebramos ayer el día del maestro en México y por ello creo que vale la pena continuar con esta serie de reflexiones sobre el tema, centrándome en la figura y el compromiso de los educadores como profesionales de la esperanza, tal como los llamaba Xabier Gorostiaga.

Porque aquí, en este país podría pasar algo relevante y fructífero para revertir la espiral de violencia desde la educación, si los docentes asumiéramos con toda la convicción necesaria este papel fundamental de profesionales que promueven, organizan, sustentan críticamente y practican significativamente la esperanza.

Porque como afirma Freire, el gran pedagogo latinoamericano, si bien la desesperanza es perfectamente explicable por razones históricas, económicas y sociales que en nuestro país parece que todos tenemos bastante claras, resulta inconcebible la existencia humana y el muy necesario trabajo por mejorarla paulatinamente sin la esperanza y sin el sueño, especialmente resulta inconcebible que alguien se dedique a la actividad educativa si no experimenta en carne viva la necesidad ontológica de la esperanza y si no tiene como motor el sueño de construir una humanidad mejor.

El México de hoy padece de muchas enfermedades estructurales y culturales como la pobreza, la desigualdad, la corrupción, la impunidad y la violencia desenfrenada. Sin embargo dentro de todos estos males o debajo de ellos, como efecto generado por todos estos males pero a la vez como causa que los regenera se encuentra la desesperanza que, como afirma Freire, convertida en programa nos inmoviliza y nos lleva a “…sucumbir al fatalismo en que no es posible reunir las fuerzas indispensables para el embate recreador del mundo…” (p. 24).

Así encontramos hoy a nuestra sociedad doblegada ante el fatalismo y presa de esta inmovilidad que le impide tener fuerzas para emprender las batallas indispensables y urgentes para restaurar el tejido social, para refundar su pacto democrático, para recrear sus instituciones y recrearse como proyecto de nación moderna que mira desde la riqueza de su pasado y el aprendizaje doloroso de su presente hacia un futuro mejor en el que se dan las condiciones para que quepamos todos y para que todos tengamos las oportunidades y las capacidades necesarias para construir un proyecto de vida digno y humano.

Es por ello que hoy más que nunca nuestra patria necesita de personas esperanzadas, como afirma el pedagogo brasileño, no por mera terquedad sino por la vivencia profunda de un imperativo existencial e histórico.

Si como afirmaba Heidegger, los profesores tienen que estar a la vanguardia frente a los peligros del mundo, entonces los primeros testigos de la esperanza deben ser los propios educadores. Por la propia naturaleza de su trabajo, que tiene su razón de ser en formar a los ciudadanos del futuro con las mejores enseñanzas de la herencia y las herramientas más pertinentes para el descubrimiento y la innovación, los educadores deben ser personas-ciudadanos-profesionales esperanzados.

“Mi esperanza es necesaria pero no es suficiente. Ella sola no gana la lucha, pero sin ella la lucha flaquea y titubea. Necesitamos la esperanza crítica como el pez necesita el agua incontaminada.

Paulo Freire. Pedagogía de la esperanza, p. 24.

Como profesionales de la esperanza los docentes deben saber que se trata de una cualidad necesaria pero no suficiente, que la esperanza por sí sola no basta para ganar la batalla contra todos los males que padece nuestra sociedad, pero que sin ella, la lucha está condenada a fracasar porque pierde el horizonte de sentido. Se requiere por tanto una esperanza crítica que se sustente en un análisis razonable de la realidad y sus muy complicadas redes de decadencia. Ser profesional de la esperanza implica en primera instancia construir esta esperanza crítica para dejar atrás el optimismo ingenuo.

Una vez asumido este punto de partida e iniciado el trabajo de construcción de la esperanza crítica indispensable para emprender la lucha, la esperanza tiene que traducirse en prácticas concretas y bien planeadas. Porque como afirma Freire, “la esperanza necesita de la práctica para volverse historia concreta…” y es por esto que “no hay esperanza en la pura espera, ni tampoco se alcanza lo que se espera en la espera pura, que así se vuelve espera vana…” (p. 24).

Como profesionales de la esperanza, los profesores no podemos quedarnos en la espera, tenemos que trabajar fuertemente y de manera cooperativa para generar las prácticas que hagan operativa la esperanza crítica en la que sustentamos nuestra vocación de formación de los seres humanos para la transformación del mundo.

Para lograr esta traducción a la práctica se requiere de un análisis económico, político, social y cultural muy serio y bien fundamentado para ir descubriendo las posibilidades –y detectando los obstáculos- para la esperanza.

Aquí podría pasar algo que desmonte la violencia en que vivimos de muerte en nuestro país si todos nosotros los educadores nos enfocáramos de manera seria, responsable, inteligente, crítica y comprometida a realizar esta tarea, si todos los docentes lucháramos de manera esperanzada porque sin la esperanza, dice el gran pensador latinoamericano de la educación, “…poco podemos hacer porque difícilmente luchamos, y cuando luchamos como desesperanzados o desesperados es la nuestra una lucha suicida, un cuerpo a cuerpo puramente vengativo” (p. 25).

Aquí podría pasar algo para generar un mejor país, una sociedad pacífica y fraterna si tomáramos en serio esta misión del educador como profesional de la esperanza.

Con este deseo y con esta convicción esperanzada de que aquí podría pasar algo, deseo que todos los educadores hayan pasado un feliz día del maestro.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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