El canto cardenche: la melancolía del desierto

El canto cardenche: la melancolía del desierto

Tomada de ambulante.org/
Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

Los habitantes de la Comarca Lagunera, entre los estados de Coahuila y Durango, en el Siglo XIX se dedicaban a la dura labor de cortar algodón en terrenos propiedad de hacendados. Para aliviar las penas y olvidar las eternas jornadas con poca o nula paga, se resguardaban en el canto cardenche, una tradicional música a capela con varios tipos de voces masculinas que hablaba de la vida en el desierto y el amor, nacida justo en esos tiempos de desesperanza.

La música cardenche todavía vive y ha sobrevivido gracias a sus últimos cantantes, pero también al interés de los jóvenes y las nuevas generaciones por conservar la tradición lagunera.

El documental “A Morir a los desiertos”, de Marta Ferrer forma parte de la gira Ambulante 2018 y retrata de una manera sutil y poética la vida en los ejidos de Sapioriz, Durango, y La Flor de Jimulco, Coahuila, los lugares que vieron nacer el canto tradicional.

La historia de estas canciones, según explican los protagonistas a lo largo de varias conversaciones y entrevistas que tienen con jóvenes del pueblo, va de la mano con las largas jornadas de trabajo en el campo que concluían con reuniones para tomar el aguardiente regional, llamado sotol. Las canciones cardenches surgieron como una forma colectiva de desahogar las penas y alegrar los días.

La música cardenche toma su nombre del cactus cardenche, una variedad particular cuyas espinas entran fácil pero se enclavan y causan dolor al salir. Así, dice uno de los protagonistas, es el amor, que uno no se da ni cuenta cuando llega pero después desgarra y destruye cuando se termina.

A lo largo de una hora y media de recorrido, la cinta lleva al espectador a conocer y reconocer la vida diaria en medio del desierto, donde la gente se dedica a pocas cosas: al algodón, a la maquila, o a picar piedra en las canteras. El documental se centra en la vida de algunos señores mayores de grupos de cardenche, que todavía se saben las canciones, las cantan y las enseñan.

“A morir a los desiertos” acompaña el día a día de los cantantes entre el calor, los recuerdos y el tren de carga que constantemente pasa e interrumpe las pláticas y la música.

Con escenas sin diálogo, meramente contemplativas, la cineasta nos acerca también a la otra realidad en la que los jóvenes viajan largas distancias para llegar a la maquila y hacer pantalones de mezclilla, en donde por las noches van a bailes de música de banda y en la que los adolescentes se la pasan sumidos en sus teléfonos celulares escuchando hip hop, una realidad completamente distinta a la parsimonia y calma suspendida de los cantos cardenches.

Aunque esta tradición no es muy conocida, lo que “A morir a los desiertos” hace es difundir y recuperar la memoria de estos cantos, que son muy parecidos a los corridos, y también dar su lugar a un fenómeno que se niega a desaparecer.

El documental toma su nombre de la canción “Yo ya me voy a morir a los desiertos”, que habla sobre abandonar el hogar y la migración, otras de las dificultades que tienen que enfrentar los habitantes de la región. Uno de los protagonistas, viudo, dice que sus hijas le preguntan que qué van a hacer cuando se enferme, o algo le pase, si está solo y nadie se va a enterar. Él, riendo, dice que nada, que cuando eso suceda se va a ir con calma a morir al desierto.

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