Doña Julia, mujer resilente

Doña Julia, mujer resilente

LPE. Tamara Caballero Guichard

Cuando te preguntas acerca de la edad hasta la que te gustaría vivir es muy común pensar que no más de 80 años, si acaso. Porque después de los 80 o 90 años tener una vida aceptable en términos de independencia, trabajo, salud y ánimo es casi inconcebible. Ante esto Doña Julia, una mujer cuetzalteca de más de 93 años responde con una sonrisa y una actitud impecable: “Yo le digo a mi hija, yo quiero ir a vender, pero me dice es que usté qué va hacer. Le digo así, a señas les digo cuánto vale el pan (se ríe). Me gusta ir, me distraigo bien allá abajo, pasan las personas que me conocen”. En este texto plasmo un poco de su historia, de su lucha, de su resiliencia, de lo que me compartió cuando la conocí.

Doña Julia, es una mujer entera, madre de 10 hijos y hoy abuela de casi el triple, que tiene una panadería en la cabecera municipal de Cuetzalan. Cuando entras a su panadería encuentras un rico pan y dulces típicos, pero quizá lo más atractivo de este lugar sea quien te recibe: una señora que a pesar de las vueltas de su vida te irradia paz, alegría y mucha esperanza en medio de los problemas que hoy por hoy nos hacen tanto daño: “Dios es el que sabe, somos sus hijos, Él sabe hasta qué tiempo nos va a dar salud, vida, fuerzas, todo”.

Quien la escuche hablar en medio de sus chistes, anécdotas contadas con ademanes grandes y sus ocurrencias, pensaría que su vida fue un dulce de coco color rosa como los que vende. Sin embargo, se trata de una mujer huérfana y pobre de Tetela de Ocampo, que enfrentó una vida negada de oportunidades.

Cuando quedó huérfana de padre y madre, fue entregada a su madrina y abuela quienes la criaron. Su infancia se debatió entre el quehacer de la casa, el ganado y el arado del campo: “ya ahí me crie yo con ella y también hacía yo el quehacer de la cocina, barrer, moler. Y ya después cuando ya estaba yo ya más grande, cuando me fui con mis abuelitos, mi tía y mis tíos, me llevaban a trabajar al campo”. No había tiempo para distracciones como la escuela. Así fue como se lo hizo ver su tía, cuando ella motivada por lo que aprendían sus compañeros y conocidos quiso ir:

“Cuando estaba con mi madrina le decía yo, mamá ya quiero ir yo a la escuela con las muchachas, mira usté van y me dicen que me vaya yo con ellas. Y ya ella tenía un ganadito de borregos y dice hija si quieres ir a estudiar busca quien cuide los animales y vete a estudiar, mira dice, pero ahí van las flojas solo las flojas que no quieren hacer quehacer en su casa esas son las que se van a la escuela a sentar a echar novio”. No fue a la escuela como hubiera querido y a los 20 años llegó a Cuetzalan al encontrarse con una señora que fue a buscar mujeres para cortar café.

En Cuetzalan fue donde su relación con el pan comenzó. “Ahí donde llegaba veníamos a comprar el pan, era una panadería, estaba una abuelita pues yo creo ya estaría tal vez como yo”.  Y con el paso del tiempo consiguió trabajo sirviendo pan y café. Mientras estuvo en la panadería no le permitieron aprender a hacer el pan, que era lo que más quería.

Después se enamoró de un panadero con el que se juntó y entonces sí, no había pretexto para solo ser la que sirve el pan, ahora sí podría aprender cómo hacerlo: “eso ya lo  aprendí con mi esposo, porque estando ahí lo conocí, pos el muchacho ahí trabajaba, allí ya se, ora sí, ahí ya nos enamoramos y ya llegó el momento que ya nos juntamos y ya deje ahí los abuelitos y ya me fui con los muchachos. Ya con él, él sí sabía hacer lo del pan y ya con él aprendí, ya con él aprendí hacer lo poquito que se hacer”.

Al juntarse con su esposo, pensó que las cosas estarían mejor, pero para ella fue “salir de Guatemala, para entrar en Guatepior”. Su esposo murió y ella quedó a su suerte con 10 hijos: “falleció el señor, y tenía que trabajar como negra para criar los hijos, tenían que comer, les tenía que lavar y tenían que ir a la escuela”.

Se las vio negras para sacar a sus hijos adelante, tenía que lavar ajeno y mantener la panadería. “Pior ya de que mi esposo falleció ahí ya fue otro modo de trabajar, ahí ya era puro lavar, lavar ajeno. Ahí me pagaban lo del jabón, cuánto valdría el jabón, me daban dos jaboncitos para lavar una bolsa así (gesticula con las manos) de ropa”. Si hiciéramos el cálculo de cuántas cargas de ropa a 5 pesos tuvo que lavar para mantener una familia de 10 hijos, sería casi inimaginable el trabajo al que se vio sometida Doña Julia, pero fue posible.

Pero la trágica vida de una mujer huérfana, pobre, sin educación y que queda viuda con 10 hijos, sin escuela, sin familia es solo una parte de lo que es Doña Julia. Ella es una mujer fuerte, es una mujer que ríe a la vida, que mira su pasado con filosofía y ama su presente al máximo porque sabe todo lo que le ha costado estar ahí.

Hoy Doña Julia no es la mujer de 20 años que llegó por primera vez a Cuetzalan es una mujer de 93 años más fuerte, una mujer que sigue luchando, que sigue haciendo pan, que no se cansa de trabajar y no solo eso, sino que ha encontrado en el trabajar más un estilo de vida.

La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

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