Cultivar la intolerancia

Cultivar la intolerancia

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“Lo opuesto de una formulación correcta es una formulación falsa. Lo opuesto de una verdad profunda puede ser muy bien otra verdad profunda”.

Niels Bohr.

 

  1. ¿Qué tanto es tantito?

Vivo en un país donde la corrupción se ha normalizado hasta volverse parte del modo de ser cotidiano de la gran mayoría de los ciudadanos. “La corrupción somos todos” dice una expresión que parafrasea el lema de campaña de un ex presidente de la república que se convirtió en emblema de este mal estructural y cultural que padecemos y se volvió uno de los más corruptos en la galería de los corruptos.

Este dicho popular parece ser hoy una guía del comportamiento general de manera que todos corrompemos o nos corrompemos en distinta medida y siempre podemos justificarlo diciendo que los demás son peores, que lo nuestro no es comparable con lo que hacen los políticos, que a fin de cuentas: “¿qué tanto es tantito?”.  Como el tristemente célebre Layín, ex alcalde de San Blas en Nayarit, que en una segunda campaña para un puesto de elección popular daba como una razón para votar por él que había robado al erario público, “pero poquito”.

Vivo en un país en el que no se respetan las leyes, porque no existe un estado de derecho y la justicia no es el producto de instituciones sólidas y democráticas sino un instrumento que se aplica con criterios partidistas, electorales, de venganza política o de discriminación social.

“Yo no respeto las normas, porque nadie las respeta” escuchamos decir con frecuencia a gente que tiene un nivel educativo y una supuesta cultura general. De modo que circulamos en sentido contrario en cierta calle o en algunas colonias porque todos lo hacen así, evadimos impuestos porque todos evaden al fisco, nos estacionemos en los lugares para personas con discapacidad o nos paramos en la calle en doble fila porque así funcionan las cosas aquí y porque vamos a tardar muy poquito. Total: ¿Qué tanto es tantito?

Vivo en un país en el que la violencia campea por todas partes y se ha ido apoderando de nuestras formas de convivir. Poco a poco, de manera casi imperceptible hemos ido perdiendo la capacidad de empatía, comprensión y solidaridad con los demás para convertir la existencia diaria en una lucha en la que sólo sobreviven los más fuertes, el mundo en una selva en la que matas o mueres, las relaciones humanas en descarnadas luchas de poder.

Por eso hoy los violentos no son solamente los grandes delincuentes ni los grupos organizados para matar o extorsionar. Porque la violencia se usa para dirimir los conflictos en las familias, hacer a un lado a un competidor en los negocios, usar y desechar a las mujeres, relacionarse con los compañeros de clase, abordar como padres de familia un problema escolar de los hijos amenazando a los maestros o responder con agresiones y descalificaciones a un comentario que nos desagrada en las redes sociales.

El insulto en lugar del argumento, la amenaza en lugar de la persuasión, la extorsión en vez del convencimiento, la imposición en lugar del consenso. Estas son las formas de relación que predominan en un contexto en el que la comunicación, la negociación, el debate inteligente y la comprensión intersubjetiva son vistas como signos de debilidad o ignoradas por ineficientes.

Y si todo se mueve a través de la violencia física o simbólica, ¿por qué no entrar en esa dinámica que parece funcionarle a todos? Si lo vemos bien: ¿Qué tanto es tantito?

Porque la situación de mal estructural que vive el país no va a poder cambiar mientras sigamos tolerando la corrupción en todos los niveles porque de manera activa o pasiva somos parte de este sistema en el que todo se arregla con dinero o influencias.

Vivo en un país que fabrica millonarios cada seis años a costa del hambre y la miseria de la gran mayoría de la población. Se ha construido en él una maquinaria que reproduce la desigualdad, la injusticia y la pobreza de las que se benefician unos cuantos que no tienen que rendir cuentas jamás, a nadie.

Los que están dentro de este juego perverso se encuentran felices y tratan de impedir a toda costa que las cosas cambien mientras los que vivimos fuera de los beneficios de esta estructura inequitativa del “capitalismo de cuates” –que no neoliberalismo real- que se ha venido construyendo por décadas, nos quejamos y criticamos el estado de la cuestión…hasta que se cumple la sagrada petición que reza: “Dios, no te pido que me des nada, solamente ponme donde haya”.

  1. Cultivar la intolerancia.

Estamos en una época en la que se habla continua y insistentemente de combatir la intolerancia. Lo políticamente correcto hoy es hacer planteamientos en contra de todos los comportamientos que tengan que ver con la falta de tolerancia a las diferencias.

Es un hecho que la educación debe sumarse a este combate. Necesitamos desde las aulas y las instituciones escolares trabajar fuertemente para que las nuevas generaciones crezcan en un ambiente de apertura, aceptación e inclusión de todos los seres humanos independientemente de su condición social, preferencia sexual, creencia religiosa, situación económica o posicionamiento ideológico.

Sin embargo, el país necesita al mismo tiempo del cultivo de la intolerancia hacia todos los comportamientos, estructuras y culturas que promuevan o justifiquen la corrupción, la impunidad, la violencia, la injusticia, la discriminación o la exclusión.

Porque la situación de mal estructural que vive el país no va a poder cambiar mientras sigamos tolerando la corrupción en todos los niveles porque de manera activa o pasiva somos parte de este sistema en el que todo se arregla con dinero o influencias.

Porque la distorsión de la cultura que está hoy determinando el modo en que vivimos nuestro día a día no podrá revertirse sin cultivar una firme intolerancia contra todo lo que signifique comportamientos violentos, acciones injustas, violaciones de la ley y discursos o prácticas que discriminan o excluyen a los demás.

Como afirmaba Bohr, lo opuesto a una verdad profunda puede muy bien ser otra verdad profunda y en el caso de la intolerancia resulta igualmente cierto que debemos combatirla para poder construir una sociedad democrática, respetuosa e incluyente y que tenemos que cultivarla si queremos realmente acabar con todas las acciones y estructuras que obstaculizan este proceso de transformación social y siguen destruyendo el tejido social.

Decía Scott Fitzgerald que “La verdadera prueba de una inteligencia superior es poder conservar simultáneamente en la cabeza dos ideas opuestas, y seguir funcionando. Admitir por ejemplo que las cosas no tienen remedio y mantenerse sin embargo decidido a cambiarlas” y los educadores de este tiempo necesitan pasar esta prueba y poder conservar en la cabeza dos ideas opuestas respecto de la intolerancia. Por una parte la idea necesaria y pertinente de que debemos formar a las nuevas generaciones en el combate a toda forma de intolerancia respecto de las diferencias personales, familiares, culturales, religiosas, ideológicas, etc. entre personas y grupos humanos. Por otro lado, la idea igualmente necesaria y hasta urgente de cultivar una intolerancia clara y efectiva contra todos los comportamientos que dañan a las personas y al tejido social.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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