The Killing of a Sacred Deer: Una tragedia de Yorgos Lanthimos

The Killing of a Sacred Deer: Una tragedia de Yorgos Lanthimos

Héctor Jesús Cristino Lucas

Al director Yorgos Lanthimos lo conocimos allá por 2009, luego de que su extraña Kynodontas ganara el premio a Mejor Película en el Festival de Sitges, sorprendiera al jurado en el Festival de Cannes y fuera nominada a Mejor Película Extranjera por la Academy Awards 2010.

Kynodontas cuenta la historia de un peculiar matrimonio que confina a sus hijos dentro de la claustrofóbica seguridad de su casa, cambiando el significado de la realidad con nuevos conceptos en una especie de referencia al Mito de la Caverna de Platón. Este film no dejó indiferente a nadie y la crítica especializada habló del director como una joven promesa.

Lanthimos se ha convertido para muchos en un indiscutible heredero del cine de Kubrick, pero también en un inquietante ícono inclasificable aun para los más expertos, pues es un peculiar cineasta que tiene la capacidad de crear nuevos mundos, que aunque parecidos al nuestro, poseen sus propias reglas, como lo comprobamos en 2015 cuando estrenó The Lobster, una comedia dramática que nos mostró una realidad paralela en donde ser soltero es ilegal. Una satírica distopía de prohibición -muy al estilo 1984 de George Orwell- tan divertida como francamente inquietante.

Y si todos creímos que después de The Lobster nada podía ser más extraño, ahora nos llega su nueva película: The Killing of a Sacred Deer, un polémico film que ha estado en boca de todos por su inusual trama.

Protagonizada por un interesante Colin Farrell -ya uno de sus actores de cabecera preferidos- y una curiosa Nicole Kidman, estamos frente a otro universo Lanthimos que consagra a su director como uno de los cineastas más profundos e interesantes del siglo XXI.

The Killing of a Sacred Deer, lejos de ser un thriller psicológico o una simple película de terror (como ha sido manejada en muchos sitios especializados), resulta ser una tragedia griega transportada a la modernidad.

Lanthimos se basa en el mito del héroe Agamenón cuyas aventuras se narran en la Ilíada de Homero. En aquella epopeya griega, el héroe, tras cazar un ciervo sagrado, es obligado a sacrificar a su hija Ifigenia sólo para continuar con su navegación hacia Troya. En la película, temas como el sacrificio y la cacería son tomados de manera tan explícita como simbólica, pero al mismo tiempo tan abstracta como surrealista.

Parecido al experimento de Lanthimos, Buñuel ya lo había hecho antes con excelentes resultados en El Ángel Exterminador, donde un grupo de burgueses quedan atrapados en el interior de un comedor sin poder salir. El por qué de lo que ocurre jamás queda muy claro, sin embargo, es por ese desconocimiento que la película aterra bastante: El no saber cómo funcionan otros mundos, el no saber cómo asimilarlos, nos llevan a un nivel inexplorable de horror.

The Killing of a Sacred Deer de Yorgos Lanthimos es un imponente viaje repleto de belleza y caos por igual.

Lo que el film logra con grandes méritos, además de un guión impredecible y aterrador, es una atmósfera espectacular con esos repetitivos más no cansinos planos de los fríos pasillos del hospital. De hecho, éste último es un personaje más, que de momentos se transforma en un desagradable Hotel Overlook cuyo propósito es consumir la cordura de cada uno de sus personajes mientras suena, a manera de soundtrack, el himno gregoriano Stabat Mater: Jesus Christus schwebt am Kreuzel.

Lanthimos es un experto en remover el interior de su audiencia. Con sus películas nos demuestra que no importa qué clase de argumento muestre, si es compresible o no, jamás dejará indiferente a nadie. Siempre, aunque sea en lo más mínimo, provocará.

Con Kynodontas la claustrofobia y la pérdida de libertad de cada uno de sus personajes resultó chocante y molesta. En The Lobster el humor negro y la sátira fueron abrumadores, fue tan divertida y aterradora como un episodio de Black Mirror.

Con The Killing of a Sacred Deer, en cambio, nos hace sentir vulnerables. Y así como sus personajes, el misterio nos envuelve en una pesadilla interminable.

A todo esto, añadamos un ingrediente que es indispensable en el cine de Yorgos Lanthimos: la interpretación de sus actores. Si algo distingue una película de este griego, pese a tener a actores de talla como Colin Farrell y Nicole Kidman, es la simpleza de estos.

Pareciera que todas sus películas ocurren en un universo donde todos son, de hecho, seres robóticos sin sentimiento alguno. Esto, pese a que suene contradictorio, te hace sentir que puedes vivir en carne propia las desgracias de sus personajes, te hace sucumbir ante la indiferencia, preguntándote por qué nadie reacciona como debería, hasta que la bomba estalla.

Sin embargo, de entre todos sus actores el joven Barry Keoghan se roba la película sin esfuerzo alguno. Aquí, la apatía e indiferencia de sus líneas, de sus facciones, lo hacen un auténtico psicópata. Él es la maldad encarnada y vaya que logra transmitirlo.  

Esta película es una experiencia entre lo aterrador y lo bello, entre lo escabroso y lo sublime. Vale la pena vivirla más de una vez sin cuestionar ni un poco las reglas de Lanthimos, ya que su atemporal surrealismo, de momentos parecido al cine de Luis Buñuel, te llevará directo a otro lugar.

El film es una cita obligada para todo aquel que gusta de propuestas arriesgadas, como lo vimos con La Región Salvaje de Amat Escalante o Mother! de Darren Aronofsky. Se trata de una espeluznante historia de horror e intriga que no te hará parpadear ni un solo momento.

Sinopsis:

“Steven es un eminente cirujano casado con Anna, una respetada oftalmóloga. Viven felices junto a sus dos hijos, Kim y Bob. Cuando Steven entabla amistad con Martin, un chico de dieciséis años huérfano de padre, a quien decide proteger, los acontecimientos dan un giro siniestro. Steven tendrá que escoger entre cometer un impactante sacrificio o arriesgarse a perderlo todo.”

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