Refugios para mujeres en Ciudad Juárez: un espacio para respirar en medio...

Refugios para mujeres en Ciudad Juárez: un espacio para respirar en medio de la violencia

Favia Lucero | YoCiudadano

@yociudadanojrz

Las manos de “Jimena” ahora son diferentes. Tienen cicatrices que antes no existían. Cuando se toma las manos y muestra el resultado de las profundas heridas que le hizo su esposo con un cuchillo, dice que es afortunada de estar viva.

Jimena, originaria del sur del país, llegó a finales del año pasado a Ciudad Juárez para buscar un mejor futuro junto a su esposo e hijos. Como la mayoría de migrantes que arriban a esta frontera, ella y su esposo consiguieron trabajo en la industria maquiladora. Trabajaban en la misma empresa, aunque en diferentes plantas.

Para obtener más ingresos, que les permitieran cubrir las necesidades de sus hijos, Jimena hacía tiempo extra cada vez que su esposo se lo permitía.

“A veces no me dejaba quedarme al tiempo extra, aunque yo le dijera que ya lo había acordado con mi jefe. Me decía que no le importaba y que me tenía que regresar a la casa”, recuerda.

Este tipo de restricciones y actitudes violentas, cuenta Jimena, eran muy recurrentes en su matrimonio. Ella trataba, sin embargo, de hacer todo lo posible para no molestar a su pareja.

“No le importaba donde estuviéramos, ni con quién, si se enojaba conmigo me humillaba y me golpeaba. Pero yo me aguantaba porque me preocupaba qué iba a hacer con mis niños. Yo sola con mi dinero no iba a poder mantenernos”, explica.

Sentada en una silla plástica, Jimena cuenta su historia de vida sin pausas ni titubeos. Quiere narrar su experiencia, dice, para que mujeres que están pasando por lo mismo que ella vivió, sepan que aún hay esperanza y que hay personas dispuestas a ayudarlas.

“Ya no estábamos viviendo juntos. Él se quedó con los niños en la casa que rentábamos y yo me fui con una familiar de él que vivía cerca… El acuerdo era que él cuidaba a los niños mientras yo trabajaba. Así, no le pagábamos a alguien para que los cuidara”, relata.

Ambos estaban de acuerdo en acudir ese día a pedir información para divorciarse, por lo que Jimena llegó a su antigua casa y en un descuido su marido tomó su celular y comenzó a revisarlo.

“Encontró mensajes que mis amigas y amigos del trabajo me mandaban y reaccionó muy mal. Me dijo que ya no nos íbamos a divorciar, que nos regresaríamos todos juntos al sur y que nunca me iba a dejar”, dice.

El esposo de Jimena la obligó a pedirle dinero a uno de sus compañeros de trabajo, vía mensaje de texto. Con lo que le prestaran, huirían de regreso a su ciudad de origen. Ella obedeció en todo lo que él, a gritos, le exigía.

Al día siguiente, Jimena no quería ir a trabajar y cuando ya estaba adentro de la empresa, no quería salir y regresar al lado del hombre que tanto la dañaba.

Ambos estaban de acuerdo en acudir ese día a pedir información para divorciarse, por lo que Jimena llegó a su antigua casa y en un descuido su marido tomó su celular y comenzó a revisarlo.

“A la salida me di cuenta que me estaba esperando afuera. Había podido pasar los guardias de seguridad porque traía el mandil y gafete de la maquila. Me acuerdo que traía el brazo metido adentro de la chamarra, como escondiendo algo”, dice Jimena, mientras parpadea lentamente.

Jimena cuenta que le pidió a su amiga que no la dejara sola con él, que la ayudara porque presentía que la mataría. Su compañera trató de calmarla pero, al ver su desesperación, comenzó a ponerse nerviosa.

El marido de Jimena notó que su esposa estaba actuando de una manera extraña y le pidió amablemente que se calmara, algo que nunca había hecho antes. Fue sólo una actuación. En cuanto pudo, la amenazó sin que su amiga lo notara.

“A mi amiga lo que se le ocurrió fue decirnos que nos daba un ‘ride’ a la casa. Yo pensé que era una buena idea. Pensé muchas cosas: lanzarme del carro en movimiento, esperar que se bajara mi esposo y decirle a mi amiga que arrancara rápido… pero no pude hacer nada. Él me tenía agarrada del brazo”, explica.

Cuando estaban por llegar, Jimena le pidió a su amiga que los dejará ahí. Otro de sus planes era correr y gritar para que algún vecino la ayudara. Nuevamente, sus planes no pudieron ser ejecutados.

Su esposo, quien aún mantenía la mano adentro de la chamarra, se bajó del automóvil junto con Jimena. Fue ahí cuando ella le pidió a su amiga que no la dejara y que buscara ayuda.

Al primer grito, su esposo sacó la mano de la chamarra. Todo ese tiempo había sostenido firmemente el cuchillo que luego colocó en la garganta de Jimena. Sin saber cómo reaccionar, su amiga aceleró y el ruido del motor del auto se perdió a lo lejos.

***

Wendy Figueroa, directora de la asociación civil Red Nacional de Refugios (RNR), explica que los refugios en el país son insuficientes comparados con las cifras de violencia contra la mujer.

Tan solo en Ciudad Juárez, el año pasado se realizaron 2 mil 77 detenciones por violencia familiar, de acuerdo con los datos proporcionados por el departamento de estadísticas de la Secretaría de Seguridad Pública Municipal.

Datos de la RNR indican que, durante el año pasado, en los refugios y centros de atención se atendieron a 14 mil 500 mujeres, niñas y niños víctimas de violencia.

En toda la república hay 43 refugios y el 70 por ciento de ellos pertenece a la RNR. Lo anterior quiere decir que trabajan bajo el modelo creado por el Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) —Modelo de atención en refugios para mujeres víctimas de violencia y sus hijas e hijos—, en el que se especifican detalladamente las características que debe tener un refugio y los servicios que debe ofrecer.

Ley General de Acceso define la palabra refugio como “un espacio confidencial, seguro, temporal y gratuito, donde se prestan servicios especializados y atención integral a las víctimas de violencia (mujeres, sus hijas e hijos), quienes pueden permanecer por tres meses, o menos o más tiempo, según las necesidades del caso. Su estadía tiene el propósito de que se recuperen y equilibren su estado emocional para que tomen decisiones”.

Con una definición muy similar, la ‘Norma Oficial Mexicana Violencia Familiar, Sexual y Contra las Mujeres. Criterios para la prevención y atención NOM-046-SSA2-2005’, los describe como un “espacio temporal multidisciplinario y seguro para mujeres, sus hijas e hijos en situación de violencia familiar o sexual, que facilita a las personas usuarias la recuperación de su autonomía y definir su plan de vida libre de violencia que ofrece servicios de protección y atención con un enfoque sistémico integral y con perspectiva de género”.

Al primer grito, su esposo sacó la mano de la chamarra. Todo ese tiempo había sostenido firmemente el cuchillo que luego colocó en la garganta de Jimena.

Elia Orrantia, directora de la asociación civil Sin Violencia, indica que además de brindar esos apoyos, los refugios deben otorgarle todo lo necesario a las familias que ingresan, como alimentos, ropa, artículos de higiene personal, útiles escolares, medicinas y todo lo que una persona requiere para tener una vida digna.

“(El trabajo) es cubrir el refugio 24 horas, 365 días al año. Por ello el presupuesto que requerimos es tan alto. Para que un refugio opere con todas las necesidades y equipamiento adecuado, se necesitan de ocho a nueve millones anuales. Y este no es el presupuesto con el que nosotras operamos, pero sabemos que eso sería suficiente”, comenta.

Además de recibir todos esos apoyos, las familias que habitan en los refugios están bajo estrictas medidas de seguridad; por ejemplo, las usuarias no pueden salir de las instalaciones sin acompañamiento y, en algunos refugios, comenta Orrantia, para mantener en secreto su ubicación, se cubren los ojos a las mujeres durante el camino. Es decir que solamente los trabajadores conocen la dirección donde se encuentra el refugio.

La directora de Sin Violencia opina que se deberían utilizar medidas más drásticas para castigar a los agresores, en lugar de que sean las víctimas quienes tengan que recluirse en un espacio cerrado con rejas, abandonar sus pertenencias, y en algunos casos, tener que mudarse de ciudad.

Son estas medidas de seguridad, sin embargo, las que permiten que las mujeres refugiadas salgan del peligro constante en el que se encontraban.

Durante su estancia en ese lugar, las mujeres pasan por cambios emocionales y físicos evidentes. La evidencia de esto se encuentra plasmada dentro de una carpeta que contiene los 567 casos que se han atendido en el refugio de Ciudad Juárez desde que abrió sus puertas.

El álbum familiar, como allí lo llaman, tiene en sus páginas las fotos de ingreso y egreso de las mujeres y sus hijos.

Mujeres en pijama, bebés en pañales y sin zapatos, mujeres golpeadas, menores de edad con miradas tristes, son las imágenes que muestran cómo se ven las familias cuando ingresan al refugio. Cuando llegan a las instalaciones, la mayoría indica que no le dio tiempo de tomar ropa o pertenencias por salir huyendo de sus hogares.

Contrario a las fotografías de ingreso, los retratos de egreso muestran a familias felices, mujeres con sonrisas en su rostro, con notables cambios de imagen. Sus cabellos son de otro color, sus labios están maquillados. Los hijos ya no están escondidos detrás de las piernas de sus madres. Se ven más alegres.

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Los movimientos rápidos que hacía su marido con el cuchillo, hirieron las manos, brazos y parte del rostro de Jimena.

El único objeto que ella tenía para defenderse era una chamarra gruesa que decidió ponerse ese día, a pesar de que nunca lo hacía. Con ella, trataba de bloquear el afilado cuchillo que perforaba la prenda de vestir en lugar de su cuello.

“Ningún vecino salió a ayudarme”, menciona y abre los ojos más de lo normal. “La señora con la que me estaba quedando fue la única que vino a ayudarme. Ella logró calmarlo y yo tuve oportunidad de correr a una casa que tenía la puerta entreabierta”.

Jimena ha cambiado su tono de voz. Ya no es el mismo con el que empezó a contar su caso. Suena un tanto cansada. Por eso, prefiere relatar rápidamente lo que pasó después.

“Mi amiga que se había ido, regresó con una patrulla de policía. Me dijo que intentó llamar a emergencias pero que no contestaban, por eso fue a buscar a una patrulla que anduviera por ahí. Lloró mucho al verme toda llena de sangre”, comenta.

La ambulancia, que también llegó al lugar, atendió a Jimena y los policías le pidieron que identificara la casa en la que se encontraba su esposo. Ella tenía miedo de que su pareja fuera a lastimar a sus hijos al ver llegar a las autoridades.

Finalmente, señaló la dirección en que se ubicaba la casa y vio cómo los policías corrían por el techo de las viviendas para capturar a su agresor.

De lo posterior, sólo tiene recuerdos borrosos: el viaje a las oficinas de la Fiscalía General del Estado (FGE), interponer la denuncia, las curaciones que le hicieron.

“Me dijeron que había un lugar donde me podían ayudar a mí y a mis hijos. Yo nada más pensaba en que iba a perder mi trabajo, pero me contaron que en ese lugar me iban a apoyar en todo. Yo no lo creí, tampoco estaba tan segura de querer ir. Pero al final me animé y ahora estoy aquí. Me siento muy bien. Segura”, afirma Jimena.

Ahora Jimena y otras cinco mujeres viven con sus hijos en uno de los tres refugios que hay en Ciudad Juárez. Al igual que ella, las mujeres que allí se encuentran son víctimas de violencia.

El refugio en el que se encuentra Jimena es uno de los más grandes a nivel nacional y puede albergar a 11 familias.

Durante su estadía en el refugio, ella y sus compañeras han recibido talleres de diversos oficios, charlas de empoderamiento, acompañamiento jurídico y psicológico, atención médica y han tenido la oportunidad de terminar sus estudios. Sus hijos también han recibido los mismos servicios y continúan con su educación.

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