Hacer la historia

Hacer la historia

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

1.- Repetir la historia.

(…) Y así nos enseña a repetir la historia en lugar de hacerla.

Eduardo Galeano. El libro de los abrazos.

Vivimos en un país que parece haber cancelado toda posibilidad de futuro. Si tratamos de visualizar el mañana a partir de las (no) propuestas de los precandidatos que son candidatos en las precampañas que son campañas, se nos aparece un túnel negro en el que no logramos ver ninguna luz al final.

Estamos en un momento histórico en el que el presente parece empeñado en mantenerse eternamente y lucha contra el pasado que amenaza con regresar, pero no hay ningún atisbo que nos permita presagiar siquiera una posibilidad de futuro diferente a la violencia histórica y a la violencia actual, a la pobreza histórica y a la pobreza de hoy, a la injusticia centenaria y a la injusticia que perdura.

¿Por qué estamos en este círculo vicioso, atrapados en una realidad que nos destruye pero que no podemos dejar atrás?

Tal vez una explicación sea que los mexicanos nos hemos dedicado –porque así lo aprendimos- a repetir la historia en lugar de construirla. A repetir la historia de los indígenas –e indigenistas- contra los españoles –e hispanistas-, de los liberales contra los conservadores, de los nacionalistas revolucionarios contra los demócratas católicos, de los izquierdistas radicales contra los derechistas reaccionarios.

Y así, instalados en esta guerra de opuestos, en estas visiones simplificadoras de la realidad que niegan siempre la existencia de lo diferente seguimos alimentando la polarización, la incomprensión, la segregación, la exclusión y la violencia.

Puede ser que el origen de esta inacabable repetición de la historia, de esta especie de serpiente que se muerde la cola hasta el infinito, sea la escuela con sus maestros de Historia, sus ceremonias cívicas, sus héroes de cartón, sus villanos de caricatura, sus poesías corales acartonadas y sus efemérides recitadas de memoria.

Es posible, muy posible que la causa de esta situación se encuentre en una escuela que nos enseña a repetir la historia y no a construirla, a repetir la historia literalmente –“¿En qué fecha llegó Colón a América? ¿Quién era el cura de Dolores que dio el grito de independencia?- y a partir de esta repetición, a repetirla con nuestras acciones basadas en la incomprensión de nuestro origen, de nuestras raíces, de nuestra evolución e involuciones, de nuestros conflictos no resueltos y nuestras crisis reiteradas.

Una escuela que no nos enseña la historia de manera que a partir de la comprensión profunda y el análisis crítico del pasado podamos entender nuestro presente y revisándolo cuidadosamente y desde una perspectiva de complejidad que supere los maniqueísmos, podamos emprender un camino hacia el futuro, un proyecto común de futuro.

2.- El lugar del encuentro y el reconocimiento.

Hay un único lugar donde ayer y hoy se encuentran y se reconocen y se abrazan. Ese lugar es mañana.

Eduardo Galeano. El libro de los abrazos.

Porque el lugar donde el ayer y el hoy se encuentran es el mañana. Porque el sitio en el que el ayer y el hoy pueden reconocerse es el mañana. Porque el espacio en el que pueden abrazarse nuestro pasado y nuestro presente es el futuro.

Nuestra escuela hoy, no promueve la comprensión de la herencia con miras al descubrimiento, no nos enseña a ir descubriendo que hacemos con eso, qué podemos hacer con nuestra riquísima herencia histórica y cultural, qué podemos construir a partir del ejemplo de tantos seres humanos que han vivido, que han dado su vida para que estemos hoy aquí y para que seamos capaces de construir un país en el que otros puedan ser y estar mejor que nosotros.

Si los mexicanos logramos entender esta realidad sencilla y emprender el camino hacia ese mañana en el que puedan encontrarse, comprenderse, reconocerse y abrazarse el pasado y el presente, entonces seremos capaces de romper el círculo y empezar a ver la luz al final del túnel.

Si nuestra sociedad y nuestros políticos logran salir del discurso fácil que se encierra en el presente como la mejor realidad posible o se refugia en el pasado como el paraíso perdido al que hay que regresar, entonces y sólo entonces podremos sentar las bases para edificar una sociedad plenamente democrática, más equitativa y más justa, menos violenta y más fraterna como la que aspiramos a ser.

Para lograrlo, es indispensable formar a las nuevas generaciones en un diálogo entre el pasado y el presente como lugares que confluyen y se abrazan en el futuro que vamos construyendo juntos entre todos. Resulta fundamental que a escuela deje de enseñar a repetir la historia y empiece por fin a educar para construirla.

Una escuela que enseñe la Historia de manera creativa y crítica, que vaya más allá de la mera memorización de fechas, nombres y lugares para formar en la comprensión de los procesos humanos que dieron origen a lo que hoy somos.

Una aula que forme para valorar la complejidad del dinamismo humano y social y que no se quede en la visión maniquea de héroes y villanos artificiales, de buenos contra malos, de una especie de camino en el que unos están del lado correcto y otros del lado equivocado sin posibilidad de lazos o puentes entre ellos.

Profesores que promuevan una consciencia histórica viva y operante en la que el pasado adquiere sentido si se convierte en el medio para comprender nuestra herencia y analizar nuestra vida actual con miras a diseñar un proyecto común de futuro que se fundamente en lo que hemos sido, parta de lo que hoy somos y apunte asertiva y cooperativamente hacia lo que queremos ser.

Porque como afirma Carlos Skliar: “Educar tiene que ver con una conversación entre distintas generaciones, niños, jóvenes, adolescentes y adultos, acerca de la herencia, del mundo que ha pasado y de qué hacemos con eso”.

Nuestra escuela hoy es más bien un espacio de confrontación entre las distintas generaciones, un campo de batalla en el que se contraponen visiones de la herencia totalmente polarizantes, un escenario en el que vemos lo que ha pasado como una pintura estática, como una especie de naturaleza muerta.

Nuestra escuela hoy, no promueve la comprensión de la herencia con miras al descubrimiento, no nos enseña a ir descubriendo que hacemos con eso, qué podemos hacer con nuestra riquísima herencia histórica y cultural, qué podemos construir a partir del ejemplo de tantos seres humanos que han vivido, que han dado su vida para que estemos hoy aquí y para que seamos capaces de construir un país en el que otros puedan ser y estar mejor que nosotros.

Hoy más que nunca necesitamos construir una escuela que no enseñe a repetir la historia sino a construirla.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

NO COMMENTS

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.