El barrio es de quien lo trabaja

El barrio es de quien lo trabaja

Arturo Contreras, Lucía Vergara | Pie de Página

Cuando Sergio González se enteró que tenía que dejar su edificio, entendió que esa era la oportunidad para saberse un individuo capaz de pensarse en colectivo; una posibilidad de decir ‘no me gusta la realidad que estoy viviendo’ y decidió emprender una cruzada por la defensa de su territorio y por su derecho a la ciudad.

Una decisión que tomó desde lo más íntimo, y desde ese espacio que por deseo decidió habitar. “Desde este bello edificio Art Decó, funcionalista tardío, de los 40, con una calidad de espacio brutal, resistente a los sismos, acústicamente bien diseñado, con una iluminación que te cagas, ventanas al norte, al sur, al oriente y al poniente, descuidado por el tiempo, pero bello”.

El edificio se levanta en la esquina de Liverpool y Bruselas, gris y maltrecho, como diciendo que ha visto mejores días. Según Sergio, ese es el epicentro de la resistencia antigentrificación y el arraigo vecinal.

Desde ahí se ha proyectado un batallón de vecinos organizados que ha logrado parar desarrollos urbanísticos enormes y que luchan contra el creciente costo económico que busca expulsarlos de la colonia supercéntrica en la que viven: la Juárez.

Sergio, un tipo de cuerpo, nariz y cabello largos que camina por la Juárez saludando a vecinos, locatarios y ambulantes con un modo gentil y amigable no sabía que de esa lucha nacería 0-66-00, un observatorio y plataforma vecinal que busca que la voluntad de los habitantes se tome en cuenta en las decisiones que hacen el gobierno y las empresas sobre esa colonia, y que afectan a los “juaricuas”, gentilicio que ellos mismos se adjudican.

La amenaza que empezó todo

Un mal día de 2014, el dueño del edificio, el licenciado Francisco Enrique Xavier Philip y Bárcena, llegó y le pidió a Alicia, una señora pequeñita de cabeza blanca y casi 75 años, que ha hecho de administradora e intendente por casi cuatro décadas, que repartiera unas circulares para que los vecinos la firmaran.

El papel era una carta en la que los vecinos decían estar enterados que el Licenciado Bárcena iba a vender el edificio a un tal Luis Rodrigo Rivero Borrell y Wheatley. Además, decía renunciaban a todos sus derechos como inquilinos, entre ellos “el derecho al tanto”.

“La verdad es que yo no tenía ni la más puta idea de lo que era un derecho al tanto”, recuerda Sergio, quien después descubriría que esa sería la piedra angular para su pelea legal.

Alicia tampoco tenía idea. Lo único que sabía es que unos días antes había recibido unas llamadas del licenciado: “Alicia van a ir para allá unos valuadores y van de mi parte”. Y después fueron llegando topógrafos, arquitectos, y hasta gente del INBA (Instituto Nacional de Bellas Artes).

De la noche a la mañana, hombres con cascos y chalecos empezaron a recorrer de arriba a abajo el edificio, a revisar los departamentos por dentro, a medir el grado de inclinación del edificio, a ver sus condiciones estructurales y el nivel de hundimiento.

“Me da mucha tristeza, porque aquí he pasado gran parte de mi vida y nunca pensé que me tendría que ir”, Alicia Córdoba, vecina de Liverpool

Según Sergio, la idea era aumentar niveles y densificar, o sea, dividir cada uno de los seis departamentos de 130 metros cuadrados en tres y venderlos entre 4 y 8 millones de pesos, dependiendo incluso de cuánta luz de sol entrara por sus ventanas.

A pesar de que en las llamadas Alicia le había preguntado al licenciado si iba a vender el edificio, la respuesta era la misma: “No, cómo crees, este es el patrimonio que le voy a dejar a mis hijos”. Hasta que un día, la última vez que el licenciado fue a recoger las rentas, la dejó en ascuas:

“Me dijo ‘Sabes qué Alicia, nos vemos’. Nada más vino a recoger las rentas y me dijo ‘Nos vemos. El arquitecto Rodrigo, que es el nuevo dueño del edificio, va a ser generoso contigo’. Fue entonces cuando decidí buscarme un abogado”.

Después, una mañana de septiembre de ese año, llegó Luis Rodrigo Rivero Borrell para presentarse con los inquilinos. Una vecina que quería extender su contrato por otro año alzó la voz. La respuesta fue contundente: en cuanto terminaran los contratos, el arquitecto iba a remodelar el edificio y, por lo tanto, lo necesitaba vacío. Les daba el dinero para la mudanza y tres meses gratis de renta, pero no más.

Esa tarde, Sergio se quedó pensando “puta madre, yo soy muy feliz aquí, no me quiero ir, me gusta mucho este depa, es una enormidad de espacio, en todos sentidos, y la verdad yo me quiero quedar ¿pues qué voy a hacer?”. En eso, tocaron a la puerta. Era la señora Alicia que lo convocaba a una reunión en su casa para organizar la resistencia. “Vamos a resistir porque aquí estuvo mi abuela, porque aquí estuvo mi mamá, porque aquí estoy yo, porque aquí nacieron mis hijas y porque aquí nacieron mis nietas”, le dijo Alicia.

El blanqueamiento por despojo

El edifico Art Decó, funcionalista tardío de los 40 se había posado en la mira de Reurbano, Una de esas firmas que compra edificios viejos, pero muy bonitos, los demuelen por atrás, pero dejan la fachada lindísima, hasta restaurada, y por dentro reconstruyen todo de acuerdo con las últimas tendencias en arquitectura, intervenciones que les han ganado varios premios a nivel mundial.

Luis Rodrigo Rivero Borrell y Wheatley es la cara visible de Reurbano, que hasta hace unos años era un grupo que hacía desarrollos medianos en la zona centro chic de la ciudad (Juárez y Roma-Condesa), pero que ya colabora en proyectos de torres de verticalidad y compactación a gran escala.

Cuando Sergio lo conoció, supo que él era el rostro del blanqueamiento por despojo en la Juárez: El “gentry” por excelencia (un término usado en los siglos XVIII y XIX para describir a terratenientes de la clase burguesa y oligárquica). Un hombre blanco, de una familia adinerada, que vivió en un barrio en una época de esplendor, que después lo abandonó y, ahora, busca regresar a él.

O como Sergio lo describe, alguien con un modelo de pensamiento más blanco, más occidental, que va siguiendo los lineamientos del desarrollismo inmobiliario y que nada tienen que ver con un derecho a estar en la ciudad, guiado por el incremento en la renta del suelo que lleva a una especulación tremenda.

La Juárez no es nueva para Reurbano, que ha participado en la remodelación de varios de sus inmuebles, como el Mercado Milán en el 44 de esa calle. Antes era una bodega de autopartes y ahora “un espacio libre de pretensiones, un espacio de vecinos para vecinos”, según su página de internet. Ahí se puede comprar un jugo por 70 pesos y un sándwich por otros 120.

Esto es a lo que los juaricuas denominan “blanqueamiento por despojo”, que va más allá de la gentrificación porque no solo engloba el encarecimiento de las rentas y el desplazamiento de la población pobre de una zona ante la llegada de una con más dinero. Es un término que se construyó en la colonia Juárez, “vecinobarrialmente” como dice Sergio, y describe cómo actúan estos consorcios que despojan a las personas de una identidad barrial construida por generaciones, que destruyen su pertenencia al lugar.

“Es un término que funciona muy bien al nivel suelo, porque busca la forma de violar la ley y los reglamentos que dicen cómo debe ser explotado, para aumentar su densidad, compactarlo y encarecerlo”.

Las estrategias de pelea

Desde esa junta en casa de la señora Alicia, los vecinos se dieron cuenta que si querían ganar la lucha que venía, no bastaba hacerle frente al nuevo dueño del edifico con una demanda legal; tendrían que recurrir a estrategias que los hicieran más grandes y fuertes. Como cuando hace muchos años, en los campos de batalla unos cuantos jinetes cabalgaban en círculos para formar una nube de polvo para hacer creer al ejército contrario que se enfrentarían a un millar de hombres.

La lucha legal estaba fuertemente constituida a partir de una arista legal que el abogado de la señora Alicia encontró. Un pequeño detalle que los dueños del edificio, tanto el viejo como el nuevo, pasaron por alto: “el derecho al tanto”.

Contemplado en el Código Civil de la capital, “el tanto” estipula que si un inquilino lleva más de cinco años viviendo en un lugar y el dueño quiere vender el inmueble, debe ofrecerlo primero a los inquilinos.

Gracias a ese resquicio legal, los vecinos de Liverpool 9 lograron obtener una prórroga de un año para quedarse en el edificio y cuando se terminó esa prórroga, sacaron otra y después, una tercera más. El flanco legal estaba cubierto.

Mientras compraban tiempo con prórrogas, había otras líneas de acción en desarrollo. De lo primero que se dieron cuenta es que necesitaban un eje de comunicación que fuera radial, que pasara de las esferas del barrio a las de la colonia, a las de la ciudad, a las del país, y a las del mundo mundial, como dice Sergio.

En su primera etapa, la abanderada no podía ser otra más que Alicia, que por ser asidua a la parroquia de la colonia y por haber vivido tanto tiempo en el barrio tenía el entramado social más profundo.

Su misión era sencilla, tenía que contar la historia del desalojo al más puro estilo de tragicomedia televisiva y así echar a volar la alarma de los chismes vecinales.

La respuesta no se hizo esperar. En la primera semana de estar comunicando su tragedia vecinal, salieron a flote otros cinco casos de desalojo en la Juárez, en tres de ellos, estaba involucrado Reurbano.

Entonces, como si se hubiera descubierto un brote contagioso, los vecinos se empezaron a organizar y crearon una red de apoyo e información vecinal. Esta devino en la creación de la 0-66-00, un observatorio de vecinos, todos, víctimas del blanqueo por despojo.

“Yo creo que es muy potente cuando uno reacciona a partir de la afectación propia. Yo creo que la potencia y la fuerza de la resistencia juaricua, es que la mayoría de quienes encabezamos esta batalla, somos afectados directos”, cuenta Sergio, quien contempla la seguridad que provee una casa como una de las esferas más íntimas que puede tener alguien.

En la Juárez hay un laboratorio ciudadano, pero también uno de desarrollo inmobiliario al que hacer frente.

“Cuanto entro a Liverpool 9 y subo a mi casa digo ¡ya estoy seguro! Puede estar la fiera más culera afuera o haber una hecatombe mundial, pero yo estoy aquí guardadito. ¿Qué pasa cuando eso lo atacan? Cuando el ataque va a tu espacio vital, a donde tú vives, a donde está el sustento de tu seguridad. ¿Qué pasa cuando te atacan en el espacio de mayor vulnerabilidad? Pues te parten la madre”.

Tal vez esa preocupación tan viva les dejó transmitir muy bien el mensaje. No tardaron en hacer conexiones con una plétora de actores, desde otras organizaciones vecinales, a asociaciones civiles y ciudadanas, y así completaron su tercera línea de acción, la de la incidencia política.

Desde esas conexiones, la 0-66-00 pudo entablar luchas compartidas que mezclaban la defensa del territorio, la visibilidad ciudadana y la acción directa en la toma de decisiones.

Entre ellas, la lucha por la consulta ante el proyecto del Corredor Chapultepec en 2015; después, la rueda de la fortuna que se quería instalar en el bosque de Chapultepec, y la pelea en contra de la remodelación al Centro de Transferencia Modal Chapultepec.

Todos estos, habían sido planeadas por el gobierno junto con empresas de desarrollo sin tomar en cuenta a los vecinos en el proceso de planeación, y si los vecinos de la Juárez ya sufrían porque los desalojaban contra su voluntad, no iban a tolerar tales obras sin su consentimiento.

Así, de unos vecinos desvalidos y amenazados por el blanqueo por despojo, se transformaron en una fuerza política y de representación vecinal formidable. La estrategia de la nube de polvo no solo los había hecho parecer más grandes; en realidad los había hecho más fuertes.

“Yo entro a la cancha vecinal, porque mi edificio en Liverpool 9, se posó en la mira de un grupo inmobiliario que nos quería correr”.

“Yo entro a la cancha vecinal, porque mi edificio en Liverpool 9, se posó en la mira de un grupo inmobiliario que nos quería correr”.

De la casa a la calle

Cuando la 0-66-00 inició a actuar en el barrio, recibió muchas críticas. Que si se creían los únicos representantes de la colonia; que si tomaban mucho protagonismo, que si organizaban a los vecinos para su propio beneficio.

Sergio dice que esa nunca ha sido la intención, más bien cree que han sido los únicos que se han logrado organizar de manera constante. Incluso lo llegaron a llamar el líder de la Colonia Juárez, algo que, dice, no ha buscado nunca.

“La cosa es que no nos están representando en la ciudad. Nosotros no ostentamos la representatividad de la Juárez. Somos un grupo que actúa en el barrio, que tiene su propio nivel de representatividad y que ha buscado ocupar todos los espacios de participación ciudadana que existen en la ley de participación.”

Su pelea ha sido tan sostenible que hasta el momento les ha ganado dos hitos que jamás imaginaron lograr.

El primero fue ganar el presupuesto participativo de la colonia (que se vota año con año en las colonias de la ciudad). Ese dinero va a servir como fondo semilla para desarrollar un programa parcial de desarrollo: un mecanismo en la ley urbana que permite a los vecinos decidir cómo quieren que se construya y se distribuyan los usos de suelo en la colonia.

Este es el único mecanismo donde hay una incidencia real del habitante del territorio, no importa si se incide en él a nivel de hábitat, como comerciante o como trabajador que día con día llega a la colonia, explican los juaricuas.

El segundo, que se nutrió de las conexiones que lograron hacer con sus líneas de acción en comunicación y de incidencia política, es desarrollar un Atlas de información vecinobarrial.

Para este van a usar unos fondos que les donó la asociación civil Ruta Cívica. La idea es tener un mapa con diferentes capas de información sobrepuestas a diferentes niveles: antropológico, geológico, urbanístico, histórico, de movilidad, de servicios y todas las que se le puedan sumar.

El sueño de los juaricuas es que llegue un momento en el que tengan mejor información que el gobierno sobre su territorio, y a partir de eso, tener un gran empoderamiento.

Una herencia a futuro

Si el proceso que llevan logra concretarse, los juaricuas esperan fundar un “banco de metros cuadrados” por el arraigo vecinal. Un mecanismo parecido a un banco de tierra al que aún le resta tiempo de planeación y caminos de viabilidad.

La idea es construir un fideicomiso para depositar esos metros cuadrados de territorio, algo que sería una especie de propiedad colectiva que quede para los colonos de la Juárez. Algo como el reparto agrario, pero en la ciudad. Un reparto urbano.

Los primeros pasos ya los dieron: Lograron sentarse a negociar con un feroz grupo de desarrollo urbano y asegurar así la permanencia territorial de unos cuantos vecinos después de una larga historia de choques y confrontaciones. También han puesto los primeros cimientos para un empoderamiento vecinal.

De mientras, la idea de cuidar su barrio queda resumida en una frase que el propio Sergio considera atrevida (porque compararse con Zapata siempre lo es): “La tierra es de quien la trabaja. El barrio es de quien lo trabaja, pero esta ha sido nuestra estrategia”.

Este reportaje fue realizado con el apoyo de Fundación Ford y elaborado por el equipo de Pie de Página

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