Uno por seis

Uno por seis

Pepe Flores

@padaguan

Mis pies pisan la loseta fría mientras me pongo el short. Las paredes blanquísimas rebotan la luz de los focos fluorescentes que titilan en el techo. En el cubículo, encerrado, me coloco las calcetas, los tacos, la playera negra. Guardo la ropa del diario en una bolsa que pasará semanas antes de irse a la lavandería, olvidada en la cajuela del coche. Oigo las voces de quienes orinan afuera. ¿Amigos o enemigos? No lo distingo. Ríen y mean, escandalosos, emocionados. Espero a que su delirio se ahuyente y sí, paso a liberar el último de los miedos antes de ir a la cancha.

Arranco el partido en la banca, el único puesto titular que nadie me arrebata. Mi calentamiento es, más que un ejercicio, un simulacro: apenas estiro los músculos –los olvidados músculos–, disimulando un trote, un sprint, un pase. Entre la calistenia improvisada (y francamente ociosa), el partido sigue cero a cero. La porra está llena de estudiantes que, por un compromiso que oscila entre la lastimera solidaridad y la curiosidad mórbida, han ido a vernos. No han perdido tiempo en mofarse de mis patas flacas, que con las calcetas anaranjadas asimilan a dos conos de tráfico, lánguidos, epítome de mi talento futbolístico.

Pasan los primeros veinte minutos y el juego sigue sin conceder goles. Entra Eric de cambio, espigado, con la mano en los bolsillos de la chamarra porque el frío es más inclemente que los tiros del rival. Corre como esas aves prehistóricas, a largas zancadas. Corre porque es lo que mejor sabe hacer, acaso lo único. Corre con ímpetu, porque podrán reprocharnos ser el sotanero de la liga pero, no señor, no que bajamos los brazos ante la derrota. Se habrá henchido nuestra portería de balones (un diez a cero por aquí, un siete a cero por acá) pero no correr atrás de la redonda no es algo que nos aqueje.

Me toca entrar. Mierda.

Me pongo de delantero como dictan las leyes del llano, que ubican al menos ágil en cualquiera de las puntas del campo. Como los guantes tienen dueño (y uno que nos ha mantenido impolutos por casi treinta minutos, ¡oh, sorpresa!) pues toca remar del otro lado. Pelotazo y a correr. Pelotazo y a regresar. El vaivén me desgasta en cosa de diez minutos y en esa cancha interminable, me punza el muslo. Suena a debut y despedida, a la ineludible consecuencia del treintañero que se mete a un partido repleto de párvulos de veinte. El ocaso ante el apogeo.

Pero me salva el medio tiempo. Ya concedimos un par de goles, pero el escenario es inédito. No estamos jugando mal (al menos, no tan mal) y esa embriagante sensación de la esperanza nos hace soñar que sí, sí lo empatamos, pásasela a Ray, no mejor a Jaiba, que la filtre Amado, jugamos con dos-tres-uno, que el punta la agarre, pégale de donde la tengas, vamos cabrones, que sí se puede. Pita el silbato y caen los goles, pero en nuestras redes. Los que eran dos de pronto son cuatro y el portero vuela, se barre, se revuelca –fútil– intentando maquillar otra historia que apunta a más de lo mismo.

Vuelvo a entrar a la cancha, ya sin el piquete en la pierna. Me quedo arriba, colgado, esperando que por azar caiga una bola que pueda patear. A Eric le llega el balón por la banda pero le queda detrás y sus infructuosos pasos lo hacen caminar como si hubiera retrocedido seis mil años en la escala evolutiva. El asedio sigue pero el dique no se rompe. De a poco, se abren los espacios; será la hora, será el descuido, pero hay por dónde. La pelota se salta las líneas y entonces pasa una vez, pasa otra. En el frenesí, arranco hacia la izquierda y me meto al área. No es el instinto, es la experiencia de esos años que pesan en la panza pero afilan los colmillos. La bola sí cae de ese lado, sí está a la altura, sí, sí, sí.

Freeze. Congelen la escena.

¡Patéala a la puerta!, me gritan las entrañas. ¡Pégale ya!, me exclaman las piernas cansadas, los jadeos, la ciática. Pero entre el soliloquio mental y el contacto, veo una sombra. En mi monólogo de fracciones de segundo, mi pie toma la decisión y manda un pase al costado del arquero. Y justo cuando veo la gloria irse por un lado de la portería (¡qué imbécil, tira al arco!), otro pie choca la bola, cerrando el diálogo. Pase a la red y el balón está en el fondo.

Metimos uno, un gol, qué digo gol, ¡un golazo! ¡Paren las prensas! ¡Detengan el planeta! Corremos, nos abrazamos, y aún aturdidos ante lo inesperado de nuestra inverosímil proeza, trotamos de vuelta al centro del campo para reanudar la masacre. A mí el costado ya me punza con cada respiro y pido el cambio, acuchillado por mi propia caducidad.

Terminamos en un McDonalds, cenando para curar las heridas de la batalla. Somos los últimos comensales, los únicos, lo que nos deja ser escandalosos; al menos, más que lo habitual. En el trajín, la espinilla se me acalambra, la pantorrilla me da espasmos, y si pudieran, mis callos tendrían un infarto. No importa. Hemos metido el primero. Sí, acabamos llevándonos seis en contra y al fondo de la tabla, pero es (¡qué lindo lugar común!) lo bello del fútbol. Ya vendrá otro partido para creer que sí se puede, que ya viene el bueno, que este sí no nos paran; uno más para correr hasta donde nos dé el orgullo, el alma, las piernas.

O en mi caso, hasta cuando ya no den.

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