Traer los problemas a la escuela, llevar escuela donde están los problemas

Traer los problemas a la escuela, llevar escuela donde están los problemas

LPE. Tamara Paola Caballero Guichard

Recién me llegó un correo con una invitación a seguir trabajando en acciones a largo plazo en las comunidades más afectadas por el Sismo del 19 de septiembre en Puebla y encontré con este mensaje el tema que quería abordar en estas líneas. Hablaré de la importancia que tiene la educación en medio de los problemas que vivimos cuando las luces se apagan y dejan de ser tema en las redes sociales. ¿Qué pasa después del calor de momento? ¿A dónde nos vamos todos? ¿Qué se hace en las escuelas?

Ha pasado poco más de un mes de aquel temblor que nos sacudió todo, en gran medida el alma. Así, que voy a empezar contando un poco de lo que viví después de esta catástrofe. El mismo día en la noche, una vez con mi familia, y siguiendo las noticias y comentarios de varias páginas de Facebook, me puse de acuerdo con algunos amigos, como hicieron muchos en Puebla- a decir verdad, muchísimos- para repartir víveres directamente en las comunidades. Fuimos tres días a comunidades diferentes, recolectamos víveres y anduvimos de un lado a otro en un actuar más emocional que reflexivo y organizado para ser honestos, pero al final estábamos moviéndonos, estábamos haciendo algo. Fueron días intensos en los que muchas personas de diferentes edades y niveles socioeconómicos, especialmente alumnos de bachillerato y universidad, salieron a ayudar. Fueron días intensos en los que se demostró el poder de convocatoria de las redes sociales, pues todo lo que sucedía y también lo que no sucedía se comunicaba ahí, llovían post y shares por todos lados.  Fueron días intensos, sí, pero de los que hoy, después de más de un mes, queda poco en relación con lo que se vivió.

En los últimos años las redes sociales nos han brindado un acceso a la información con una inmediatez que no conocíamos. Ahora cuando se lanza la pregunta ¿te enteraste de lo que pasó? con mucha frecuencia se obtiene la respuesta “claro, lo vi en Facebook, hasta compartí unos videos sobre eso”. Inclusive ante sucesos tan alarmantes como el sismo del 19 de septiembre del que hablaba al principio o la ola de asesinatos de mujeres en Puebla, no solo los comentarios y videos llenan las redes sociales, también somos testigos, a través de estas, de los movimientos de ayuda, de marchas y protestas.

Sin embargo, estos comentarios y movimientos muchas veces se han vuelto parte de una emoción fuerte pero pasajera, que, aunque nos está moviendo cada vez más a pasar del post and Share a acciones concretas fuera del ciberespacio, no deja de ser una reacción efímera que termina con el calor del momento. Somos activistas por horas, por días, que cambian de hashtag con facilidad, yendo al siguiente trending topic, somos participes de todo y nada.

Parece que tan pronto llega la noticia y las reacciones que desata, tan pronto se van. Para algunos estudiantes que fueron los protagonistas principales de las acciones posteriores al sismo, estas terminaron al regresar a clases y “normalizarse los días”, se convirtieron en una instastory que desapareció. Pocos son los colectivos que se han mantenido con la misma fuerza que el día uno y con la misma cantidad de personas.  Lo mismo ha pasado con muchas otras iniciativas y movimientos, que no se olvidan, pero permanecen como un recuerdo estático en el timeline de nuestras vidas.

Las escuelas son un punto clave de convergencia entre los problemas de afuera y las motivaciones intrínsecas y aspiraciones de los alumnos, que son el presente y el futuro. Un punto de convergencia entre el mundo que existe y el mundo que podemos construir si tomamos esa sensibilidad momentánea y la convertimos en una verdadera conciencia de lo que está pasando.

Ante la magnitud de los problemas a los que nos enfrentamos y ante este efímero activismo en respuesta, el papel que juega la educación es innegable. Más allá de programas específicos y acciones aisladas, las escuelas tienen una verdadera oportunidad de convertir esa emoción, ese activismo reactivo en acciones estratégicas consientes y reflexionadas, acciones interdisciplinares y a largo plazo que abonen en la construcción de una mirada compleja de la realidad y en la tan necesaria reconstrucción del tejido social que solo puede hacerse a partir de esta mirada.

Las escuelas son un punto clave de convergencia entre los problemas de afuera y las motivaciones intrínsecas y aspiraciones de los alumnos, que son el presente y el futuro. Un punto de convergencia entre el mundo que existe y el mundo que podemos construir si tomamos esa sensibilidad momentánea y la convertimos en una verdadera conciencia de lo que está pasando.

La realidad que vivimos tan efímera y llena de incertidumbre obliga más que nunca a las escuelas de los diferentes niveles educativos a traer los problemas de la sociedad a los salones de clases y por qué no, llevar los salones de clases a dónde están los problemas.

Como bien dijo Martín López Calva en un artículo anterior para LADO B, “no podemos seguir creyendo que ante una situación tan difícil como la vivimos podemos presentarnos con soluciones simples, unidisciplinares, individuales, monotemáticas, autocráticas”.

No podemos seguir pretendiendo ver y actuar por segundos y hacernos ciegos el resto del tiempo. La educación debe de estar ahí para mantener la venda fuera de nuestros ojos y ayudarnos a construir unos lentes claros desde donde ver los problemas para  entonces actuar de una forma crítica, reflexiva y constante.

Al poner la realidad que vivimos al centro del currículo, en su concepción más ampliar, cada sesión de clases se convierte en una oportunidad para hacer un análisis profundo de lo que vivimos y aportar alternativas distintas, nuevas formas de hacer las cosas, nuevas formas de vida, nuevas formas de enfrentarnos a esta a la vida.

La autora es profesora de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

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