Ciegos que viendo, no vemos. La educación ante el fin del sexenio

Ciegos que viendo, no vemos. La educación ante el fin del sexenio

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

 

 “Por qué nos hemos quedado ciegos, no lo sé, quizá un día lleguemos a saber la razón,
Quieres que te diga lo que estoy pensando, Dime, Creo que no nos quedamos ciegos,
creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que,viendo, no ven…”

Saramago. (Ensayo sobre la ceguera).

Se acerca por fin, el final de un trágico sexenio. Como quizá nunca antes, vivimos en un país donde se respira la atmósfera del desaliento, del pesimismo, del sinsentido, de la ceguera. Desde las falsas profecías del fin del mundo que inundan nuestra vida cotidiana y nuestros medios de comunicación masiva, tan proclives al escándalo que vende, hasta los análisis científicos, ecológicos, sociológicos, filosóficos más serios y reconocidos en el medio académico, todo parece estar envuelto en la crisis, la confusión, la falta de respuestas. Ciegos que ven, ciegos que viendo, no vemos, tratamos de entender esta crisis y de construir y construirnos y de mantener la esperanza pero caemos juntos, inevitablemente, en la experiencia de esta cultura de la ceguera.

Todo pareciera indicar que realmente el final ha llegado y que no hay más que hacer sino ampararse, pedir amparo, prepararse para lo peor. Ante este panorama, las respuestas dominantes parecen ser tres:

  • A- “Ellos saben cómo hacerlo” (aunque lo disimulen muy bien).-La de los que creen que la realidad es la que está equivocada y que no hay más que un modelo y que lo estamos aplicando correctamente y que vamos bien, vamos bien y no escucharemos a nadie que diga lo contrario.
  • B- “¿Quién dice que no se puede?” (si antes bien que se podía).- La de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor, que en el pasado, en la firmeza, en la certidumbre de otros tiempos está la respuesta a la incertidumbre de estos.
  • C- “Yo estoy bien, tú…¿Quién eres?”.- La de los que evaden la crisis, el dolor, la responsabilidad y se refugian en su propio mundo tratando de pasarla lo mejor que se puede. La de los que buscan el confort, la tranquilidad y la ausencia de problemas y decretan una vida falsa de felicidad. La de los indiferentes humanos, sociales, religiosos, que disfrazan la indiferencia de respeto.

Tres puertas falsas y un solo Apocalipsis verdadero. ¿Por dónde está el papel de la educación?

La educación tiene sin duda una tarea fundamental en este laberinto sin salida que se ha planteado.  Porque ni el canto de alabanza al “éxito” ilimitado de unos cuantos y el anzuelo de tratar de llegar a ser uno de ellos, ni el regreso al pasado con su dogmatismo y su falta de tolerancia, ni mucho menos la cómoda evasión y el relativismo que aísla, son la salida a esta crisis aunque desgraciadamente muchas familias, escuelas y universidades estén educando hoy, bajo alguno de estos modelos o en la mezcla inconsciente de los tres.

Así como la sociedad, la educación de este fin de sexenio está marcada por el signo de la complejidad. Son tiempos difíciles como los que les han tocado a todos los humanos pero tiempos especialmente complejos para nuestra educación.

Como señala Lesourne, la educación de nuestros tiempos difíciles tiene que sortear diversos tipos de complejidad:

Como quizá nunca antes, vivimos en un país donde se respira la atmósfera del desaliento, del pesimismo, del sinsentido, de la ceguera. Desde las falsas profecías del fin del mundo que inundan nuestra vida cotidiana y nuestros medios de comunicación masiva, tan proclives al escándalo que vende, hasta los análisis científicos, ecológicos, sociológicos, filosóficos más serios y reconocidos en el medio académico, todo parece estar envuelto en la crisis, la confusión, la falta de respuestas.

En primer lugar la complejidad que se deriva de su objeto mismo, porque no hay nada más complejo y mucho más en nuestra época, que transformar a los seres humanos con la pretensión de ir transformando a la humanidad. Además de esto, la complejidad de la dimensión que tienen actualmente nuestras instituciones educativas y nuestros sistemas educativos, la complejidad derivada de las muy diversas formas que existen en la vida educativa cotidiana: grados, reglamentos, certificados, acreditaciones, diplomas y la complejidad informal derivada de la tensión entre la centralización necesaria para algunos procesos de certificación de lo educativo (programas de estudio, tramitación de papeles, reconocimientos, revalidaciones) y la libertad que debe ser característica de toda educación sobre todo en este tiempo de pluralidad, heterogeneidad, tolerancia, diversidad.

Otras fuentes de complejidad provienen de la paradójica condición de toda institución educativa que es al mismo tiempo un núcleo cerrado en sí mismo (“torre de marfil” dicen los críticos) y una comunidad necesariamente abierta a la sociedad en la que se desenvuelve y de que sus efectos se extienden por muy largos períodos y son además muy difícilmente mesurables o evaluables por más seguimiento de egresados o investigación que se haga.

Si a todo esto agregamos la coacción del sistema económico actual sobre el sistema y las instituciones educativas y la multiplicidad e imprecisión de sus objetivos globales y el hecho de ser, como afirma también Latapí una “zona de conflictos” donde confluyen intereses de muchos sectores de la sociedad –algunos legítimos , otros no tanto- , nos podremos dar cuenta de que la complejidad es uno de los signos, quizá el más importante, que marcan a la educación actual y que, si queremos responder desde lo educativo al cambio de cultura que parece imprescindible para enfrentar nuestros tiempos difíciles, tendremos que empezar por aceptar, estudiar, investigar y vivir inteligente y críticamente esta complejidad múltiple.

De manera que el principal error en que seguimos instalados, la primera ceguera que nos invade, es la de no darnos cuenta de que los retos de nuestros tiempos difíciles no pueden enfrentarse con soluciones simples, unidisciplinares, individuales, monotemáticas,  autocráticas…Ciegos que viendo, no vemos la complejidad en la que estamos inmersos.

“No seré el poeta de un mundo caduco.
Tampoco cantaré el mundo futuro.
Estoy atado a la vida y miro a mis compañeros.
Están taciturnos pero alimentan grandes esperanzas…
El tiempo es mi materia, el presente tiempo, los hombres presentes,
La vida presente.”
Carlos Drummond de Andrade.

Bienaventurados los que siguen buscando, desde la complejidad, la interacción y la incertidumbre, una alternativa de hombre y de sociedad. Bienaventurados los que no ven el modelo presente como la norma de vida humana, ni el regreso al pasado como el edén perdido en el “pecado original” de la modernidad, ni la indiferencia como el refugio seguro frente al otro y lo otro que no nos gustan. Bienaventurados los que buscan su propia y continua transformación intelectual, ética y pedagógica y creen en la transformación profunda de la educación contemporánea desde el cambio  en su manera de autoconcebirse y actuar.

Bienaventurados los que dicen con su búsqueda: “no seré el educador de un mundo caduco, ni tampoco cantaré al mundo futuro” porque se dan cuenta de que la materia de la educación es el presente, el hombre presente, la vida presente. Bienaventurados los que tratan de renovar los planes, los programas, las formas de hacer docencia, los modos de entender y comprometerse con su tarea cotidiana porque están “atados a la vida” y miran “a sus compañeros” y los ven, taciturnos y  desorientados, ciegos que viendo no ven, pero alimentando grandes esperanzas. Porque la educación es el espacio de la esperanza inteligente, crítica, encarnada.

Bienaventurados pues, todos los que tratan de hacer operante la probabilidad de que cada uno de sus estudiantes llegue a ser, cada vez más plena e integralmente posible el ser humano que quiere en lo profundo llegar a ser y de que la comunidad escolar o universitaria sea un ejemplo de diálogo y de búsqueda colectiva de significados y valores comunes para el desarrollo de todos.


La Educación personalizante de hoy es una adaptación de mi ensayo: «Ciegos que viendo, no ven. La educación ante el fin del milenio», publicado en la revista Acequias. http://itzel.lag.uia.mx/publico/publicaciones/acequias/acequias11.pdf

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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