Los afectados del sismo en estas localidades siguen a la espera de que evalúen sus viviendas y saber cuándo podrán recuperar su hogar

Ámbar Barrera

@Dra_caos

Calmeca (Tepexco, Puebla)

22 de septiembre. Hace calor. Un calor de esos secos que dicen los abuelos es calor de lluvia. De hecho, apenas ayer llovió en Calmeca. Hasta granizó muy fuerte, como cuenta Angélica.

Angélica Rosas Flores vive en Calmeca, junta auxiliar del municipio poblano de Tepexco, a poco más de una hora de la capital poblana. Ella quedó viuda hace 5 meses y tiene 7 hijos, la mayor de 18 y el menor de un un año y cuatro meses.Tres días después del temblor ningún experto o autoridad ha ido a evaluar los daños de su casa.

En el centro de Calmeca todo está tranquilo. La iglesia sufrió algunos daños aunque no son visibles desde el exterior y ahora se encuentra cerrada. Las mayores afectaciones se registraron en las pequeñas casas sobre las lomas, a unos diez minutos del centro

Foto: Ámbar Barrera

La casa de Angélica es en realidad un cuarto donde apenas caben un par de camas y una mesa. Ahora mismo hay todavía algunas cosas dentro, incluida una cama bien tendida y un retrato de graduación todavía inclinado por el movimiento del sismo.

Angélica pasa las noches en en casa de su mamá y el resto del día sigue aquí acompañada de sus hijos, pues espera que alguien vaya a registrar el daño y le ayuden a solucionarlo. Ellos pasan ahí los días a pesar del miedo de que la casa se derrumbe en cualquier momento o de que vuelva a temblar.

Su casa está cerca de una barranca y después del sismo, parte del suelo detrás de su casa se hundió, como si alguien hubiera cavado un agujero. Ella buscó llenarlo con lo que fuera, entre piedras, tierra y objetos, para evitar que la tierra se continúe ablandando. No son ni tres metros los que separan la casa de Angélica del filo de la loma. El suelo sigue blando y la estructura de su vivienda se ve curvada de la pared.

–Si te recargas se menea todo. Ya no podemos estar aquí –expresa Angélica con voz temblorosa.

Foto: Ámbar Barrera

Don Hermilo y doña Inocencia viven sobre otra loma, a unos cuantos metros de la casa de Angélica. Ellos son abuelos de dos pequeños gemelos que ahora se encuentran sentados en el suelo bajo la sombra de un árbol.

Su casa constaba de tres cuartos. Cada uno en diferentes construcciones. El sismo derrumbó el techo y ellos tuvieron que derrumbar las paredes para evitar que cayeras por sí solas y lastimaran a sus nietos.

Los otros cuartos muestran algunas grietas pero la familia dice que un ingeniero vino a decirles al otro día que no había problema si se quedaban ahí, sin embargo, no están seguros si realmente era ingeniero, si venía de parte del gobierno o de la sociedad civil.

Esta familia vive del campo. Inocencia por ejemplo vende especias en  el mercado, aunque en la última semana no ha podido trabajar y dice que tener víveres no estaría de más, pero la urgencia es levantar esos escombros en medio de su patio y reconstruir el cuarto. Sin embargo no lo hacen porque esperan que alguna persona del gobierno haga constancia de su pérdida y les ayuden a reponerla.

Foto: Ámbar Barrera
Tilapa (Puebla)

Un grupo de 9 jóvenes con cascos naranja estallan en gritos eufóricos cuando ven la cámara frente a ellos y posan mientras se ríen a carcajadas. Se hacen llamar «las ardillas» y van subidos en un motocarro, listos para irse. Están ayudando a retirar escombros.

–¿Cómo cuantas casas quedaron destruidas –les preguntamos

–¡Uy, mejor pregúntenos cuántas quedaron en pie! –responde el señor que los acompaña y a quien se refieren como “el inge”, antes de arrancar el vehículo y marcharse. A su espalda dejan ver una casa totalmente destruida.

Esta es la 16 de septiembre, calle principal de la cabecera municipal de Tilapa, a 20 minutos de Izúcar de Matamoros y unos 15 minutos de Calmeca, en auto. Cada casa que le sigue a ese montón de piedras tiene grietas o se ha reducido a un montón de escombros.

Foto: Ámbar Barrera

María de Jesús Romero Méndez tenía una casa grande que ya había pasado por tres dueños y que como dice, tenía más 100 años de antigüedad. Todo eso se cayó. Ahora cualquier transeúnte puede ver otros dos cuartos que aunque con grietas e inhabitables, siguen en pie.

Su entrada ahora son más de 10 metros de escombro, trozos de pared y una puerta, lo único que sigue íntegramente en pie. Al fondo hay otra estructura con algunas grietas y más al fondo, un pequeño cuarto con el techo colapsado.

–La vida sigue –dice resignada doña María– Yo me dedico a vender ropa de segunda y nada más que arreglemos poquito voy a sacar una mesita y a colgar aquí mi ropa –señala hacia la entrada de su terreno, a un lado de la banqueta.

Los voluntarios han pasado por ahí y les han dejado víveres pero lo que urge es sacar con maquinaria esas enormes piedras de escombro y material de construcción. 

Foto: Ámbar Barrera

Una lona descolorida con la foto y el nombre de Eliseo Morales, el actual presidente de Tilapa colgada en el zaguán de enfrente, es la única presencia que han tenido de él desde que asumió el cargo y tampoco creen que ahora se aparezca.

Justo a un lado de ese zaguán vivía Doña Inocente, quien también perdió su casa. En uno de los cuartos el techo colapsó y dejó todo en ruinas. El resto de la casa ya no es seguro para habitarse. Ella se queda en casa de su hija y denuncia que aunque anunciaron que las instalaciones del Auditorio Municipal serían albergue, es mentira pues el lugar está cerrado.

Mientras tanto, en lo que solía ser la casa de doña María, una araña ya tendió su hilo entre las piedras y un trozo de metal. La vida sigue.

Cuilotepec (Tochimilco, Puebla)

–Esto era una ex hacienda chingona, pero ahora miren –dice Don Blas y se echa una risa breve– esto era nuestro patrimonio. El de muchos.

Foto: Ámbar Barrera

Cuilotepec es una comunidad a las faldas del volcán Popocatepetl a hora y media de la Ciudad de Puebla. Una localidad del municipio de Tochimilco.

Estas ruinas son de la ex hacienda de Cuilotepec, donde vivían unas 12 familias, incluida la de Don Blas Rodríguez Muñoz, quien se dedica al ganado. Ahora sus chivos están acostados o caminando sobre los escombros de lo que solía ser esa gran ex hacienda, hoy hecha pedazos.

Aquí ya no necesitan agua. Hace unos días les restablecieron el servicio y la luz. Los víveres siguen llegando. Incluso las brigadas de voluntarios ya los ayudaron a recoger los escombros, pero ahora el esfuerzo humano ya no es suficiente. Lo que necesitan son grandes máquinas.

–Si aunque sea nos traen triplay o tablarroca, lonas, herramienta… pues ya con eso nos hacemos algo. Aunque sea así una lonota para que no se mojen los animales. Ya como sea iremos sacando todo esto y nos las arreglaremos, pero ahorita urge hacernos aunque sea un jacalito, así provisional.

A Cuilotepec continúan llegando voluntarios, esta vez con algunas lonas, plástico y herramienta para ayudarle a la gente a hacerse refugios temporales, pero del gobierno municipal o estatal, don Blas no sabe nada.

Foto: Ámbar Barrera
Pilcaya (Chiautla, Puebla)

Pilcaya es una localidad con apenas 930 habitantes. El lugar se encuentra a casi tres horas de la capital poblana y a media hora de Chiautla, su cabecera municipal, tras recorrer un camino lleno de curvas y baches de todos los tamaños.

La casa del señor Francisco Miranda está destruida. Sobre uno de los cuartos cayó el techo y se llenó de escombros, el resto del lugar está lleno de profundas grietas, se volvió inhabitable. Aún así, él y su esposa se consideran afortunados por toda la ayuda que ha llegado con víveres, aunque lo que más necesitan es apoyo para la limpieza y reconstrucción.

Por Pilcaya pasó el presidente Enrique Peña Nieto, el gobernador Antonio Gali y ya hay presencia del ejército mexicano. Aún así, don Francisco no sabe para cuándo van a llegar a reconstruir su casa. Dice que le dijeron que van a empezar desde el centro y de ahí hacia afuera, es decir, primero la iglesia.

–Y esta es la primera casa a la que entran o la que ven, pero conforme avancen al centro verán que está mucho peor –dice don Francisco antes de despedirse.

Foto: Ámbar Barrera

Tiene razón. A cada paso que se avanza hacia el centro, las casas lucen peor. Pilcaya es ahora una ciudad de frágiles cascarones.

Hay dos cosas que llaman más la atención de la escena en el parque que conforma el corazón de Pilcaya. La primera es el paisaje, donde destaca la imagen de la parroquia, que luce como si un gigante hubiera rasgado con su dedo a través del vano del campanario hacia casi la mitad de la torre más alta.

La segunda escena es la de la explanada del parque, donde sobre todas las bancas y sillas hay ropa por montones y personas con bolsas llenas de víveres. Alrededor hay camionetas de voluntarios que los han traído y largas filas de personas esperando recibir algo.

Es un desorden. Una señora denuncia que no sabe por qué a algunos les tocan cobijas y a otros, como ella, no. El albergue está lleno de víveres pero nadie del pueblo se queda ahí. Su estructura es igual de frágil que la de muchos otros lugares y la gente prefiere quedarse en los patios de sus casas por temor a los robos.  

Eso es ahora Pilcaya, un lugar donde da miedo acercarse a las paredes, a la que sea. Están llenas de grietas, desde pequeñas estrías hasta tenebrosas líneas oscuras que simulan la forma de ramas. Hay polvo y escombros en todos lados. Y las casas parecen habitadas sólo por fantasmas y piedras.  

Esta comunidad es una de las pocas donde se echó a andar el Plan DNIII y se instaló una cocina de Sedesol. Sin embargo se trata sólo de acciones simuladas. La verdadera ayuda ha sido brindada por la sociedad civil organizada, que ha llevado de todo, hasta la comida que se prepara en la cocina que llevó el gobierno federal.

Y lo mismo ha sucedido en el resto de los municipios afectados, la ayuda ciudadana ha sido tal que en muchos lugares ya ni siquiera son necesarios agua o víveres. Pero lo que no llega a ningún lado, ni se sabe cuándo llegará es lo que realmente urge: la reconstrucción. 

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