¿Leerán los periodistas?

¿Leerán los periodistas?

Susana Sánchez Sánchez

@multiplesvoces

Uno de los grandes mitos en el terreno periodístico es que quienes lo practican son asiduos lectores y, a la vez, magníficos escritores. No dudo que haya gente con esas características; pero basta ver la vida cotidiana de un reportero o fotoreportero para cuestionarse el mito, sobre todo si pensamos en una persona con una agenda apretada de trabajo y con una vida personal que atender. Después de un día ajetreado, el reportero se puede topar con los hijos, con la pareja, con la mascota, con los pendientes, con un café o con una chela, ¡ah! y con un libro, ¿a cuáles les prestará atención?

Algunos reporteros en sus redes sociales comparten publicaciones relacionadas a la ortografía antes que a los libros que han leído, están preocupados por ello y qué bueno, es magnífico y necesario, pero no basta. Es más, hay gente que puede saber perfectamente las reglas del español, por ejemplo, y leer dos libros completos en tres años, de tal suerte que se han quedado con la adquisición de una lengua (hablan, leen y escriben correctamente para entablar un diálogo) y hay quienes además de adquirir la lengua, la dominan, es decir son capaces de estar en el nivel narrativo, lo que implica que pueden explicar, contextualizar y persuadir (a través de un hecho real, científico o ficticio). Claro, para llegar a dominar una lengua, se  requiere de inversión de tiempo para cultivar el intelecto, para saber discernir los significados en determinados contextos, para poder investigar o para poder organizar ideas.

El periodista “debería” contar con el dominio de su lengua para poder explicarle un hecho al público, pero resulta que para hacer eso también se necesita tiempo, y ahí es cuando el mito del reportero asiduo a la lectura empieza a ser sospechoso, sobre todo en esta era digital donde la información periodística se ha reducido a la imagen o al aviso –que no a informar– a través de un retuit de una dependencia pública, así sin más, sin mayor contextualización. Por supuesto, la brevedad de la información no siempre se relaciona con la capacidad lectora del periodista sino con una metodología de trabajo que impera en las empresas mediáticas: la inmediatez, es decir, un periodista podría tener un gran dominio de la lengua y leer uno o dos libros cada mes, pero su trabajo periodístico se reduce a 140 caracteres y la explicación de un hecho a media cuartilla, a una foto o a máximo un minuto de video o audio –so pretexto de que así consumen las audiencias: rápido.

Sería interesante llegar con los reporteros y preguntarles: ¿cuáles son los últimos tres libros que leíste, quiénes son sus autores y de qué tratan? Y ¿hace cuánto los leíste?, al estilo invasivo de los periodistas de las televisoras: con cámara y micrófono en mano, sólo para tener registro. Sepa cómo les iría. En una de esas los periodistas son el vivo reflejo de gran parte de la clase política mexicana actual,  quienes titubean cuando les preguntan por los libros leídos o que han marcado sus vidas, vaya uno a saber si la vacilación de sus respuestas es por los nervios de estar ante las cámaras o porque en verdad hace mucho que no leen un librillo. En el caso de los periodistas, si uno es fiel al mito de que son lectores voraces (de libros), la hipótesis podría ser que responderán sin titubeos y muy bien; pero si uno echa un vistazo a su (ajetreada) realidad, quizás se podría pensar que lo último que leyó la mayoría de los reporteros fue una nota de prensa de su competencia –pienso en esto último y deseo que la boca se me haga chicharrón.

 

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