Teoría de la evolución: Fragmentar la identidad para adaptarse
La artista letona Agnija Anca expone en Liliput los frutos artísticos de la ruptura y readaptación culturales a las que se enfrentó desde que llegó a México
Por Ámbar Barrera @astrobruja_
22 de febrero, 2017
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Ámbar Barrera

@Dra_caos

Agnija Anca viajaba de noche en autobús desde el DF hacia Puebla, para estudiar la maestría en Estética y Arte en la BUAP. Cansada, con un español no tan bueno. Ya en su destino, observó a la gente haciendo fila para subir a las combis, y se preguntó arrepentida qué hacía en ese lugar tan lejano si en Letonia tenía todo resuelto. Era cuestión de tiempo, pensó: terminar la maestría y volver.

Tres meses después, en mayo de 2005, la sorprendió una coincidencia: otra letona en Puebla. Una señora de 50 años que decía tener dones de adivinación y curación otorgados después de sobrevivir al impacto de un relámpago, y que se le acercó para decirle: “Tú no regresas a Letonia”.

El choque cultural la siguió durante mucho tiempo, no sólo en este país extraño a ella sino también en Letonia, cuando fue de visita. Tras doce años de vivir en Puebla, el pasado 17 de febrero presentó una exposición multidisciplinaria en Liliput (Diagonal 18 sur 4563, San Manuel, Puebla) que marca el cierre a su conflicto personal.

[pull_quote_right]Asumir una propia teoría es reorganizar desde la mirada actual aquel personaje que se ha dejado de ser para mirarse en una nueva conformación, una nueva invención narrativa[/pull_quote_right]

Teoría de la evolución es el título de la exposición en la que propone un recorrido al proceso de la artista, a través de una lectura alternativa de la más famosa teoría de Charles Darwin, quien habla de la capacidad de las especies para adaptarse a su entorno para poder sobrevivir.

“Asumir una propia teoría es reorganizar desde la mirada actual aquel personaje que se ha dejado de ser para mirarse en una nueva conformación, una nueva invención narrativa”, como se lee en el texto curatorial, realizado por Claudia Castelán, a.k.a. Chispillatronik.

Los orígenes

La primera parte de la exposición consiste en unas telas semitransparentes que muestran sombras y siluetas humanas vagamente definidas, que recuerdan a las antiguas pinturas rupestres e invitan a imaginarlas como el inicio de la herencia cultural de cualquier persona, como un reflejo de las raíces compartidas de los seres humanos.

Las telas generan una entrada envolvente. En los extremos inferiores de las telas cuelgan unos pequeños cascabeles cuyo sonido significa, en varias culturas, que los ancestros están de visita.

Conforme se avanza pueden verse retratos completos de los bisabuelos de Agnija, parte de la exploración que tuvo que hacer hacia sus orígenes, desde los antepasados que se pierden en la historia hasta sus antepasados conocidos más cercanos.

Agnija creció en una Letonia que hasta 1991 perteneció a la Unión Soviética. En cuanto la tierra se descongelaba al inicio de la primavera, su familia se dedicaba al campo, a sembrar y cosechar.  Con tres hermanos y sus padres divorciados, ella nunca se atrevió a plantear que le gustaba hacer arte, pues consideraba que criar tres hijos ya era bastante difícil y querer seguir ese camino resultaría costoso. Ante los cambios en su país en los años 90, decidió estudiar Relaciones Interculturales entre Letonia y España, con la idea de ser una embajadora cultural.

El viaje

Mientras estudiaba, Agnija se encontró con un cartel que hablaba de una maestría en México, y pensó que era una buena oportunidad para salir, conocer y obtener un grado más de estudios. A España podía ir en otro momento, después de todo, estaba más cerca.

Ninguno de esos planes se cumplió, y aunque también fue decisión de la propia Agnija, con Teoría de de la evolución reconoce que hasta este momento se perdona a sí misma por no volver a establecerse en Letonia.

Después de aquella entrada a la exposición donde se habla del ADN y de una herencia genética, la siguiente pieza es una instalación de arte postal que habla de la familia. Esa pieza representa el viaje de Agnija y la ruptura que sufrió respecto a su cultura siendo extranjera en México.

No todo fue confusión o experiencias negativas. Cuando estudiaba la maestría, Agnija tuvo la oportunidad de realizar proyectos artísticos que desde hacía mucho le interesaban pero no pudo desarrollar en su país.

— Aquí entré a estudiar fotografía y de un proyecto artístico surgió otro y otro más. Desde niña había querido ir a la escuela de artes, así que tenía ese pendiente sobre desarrollarme en ese sentido. Empecé con la foto pero fui conociendo músicos, personas que hacían grabado… y fui tentando distintos terrenos para ver qué me interesaba. Eso es lo que me ha ayudado a quedarme y a encontrar esta paz.  

Choque cultural a la inversa

La instalación de un pequeño comedor flotante reflexiona sobre lo que significa el árbol familiar y la esencia de la familia. Agnija cree que el momento en que todos los miembros de una familia se sientan a comer juntos es el momento más importante y lo que puede resumir visualmente el concepto de familia. Para ella esa escena nunca tuvo lugar, porque sus padres estaban separados y por lo tanto no compartían la mesa. Sin embargo, estos siempre la han apoyado. Ella piensa que como todos los padres, estarían más felices si estuviera más cerca, pero nunca la han presionado para elegir algo o llevar cierto tipo de vida.

Las sillas tienen en grabado los rostros de cada miembro de la familia de Agnija y aunque nunca se integran en una escena de convivencia, no dejan de pertenecer al árbol genealógico que representan. 

En 2007 Agnija terminó la maestría y tuvo que regresar por un brevísimo tiempo a Letonia, pues por complicaciones de su visa no logró titularse antes de volver a su país. Volver a Letonia no resultó como había imaginado. Ella recuerda que en 2010 ocurrió el regreso más doloroso, cuando en Letonia se dio cuenta de que ya no pertenecía allá, no lo podía reconocer ni reconocerse a sí misma en él. Su familia y sus amigos habían cambiado y ella también. 

— Para ese momento ya se había aparecido una persona en mi vida y pues por eso no me quedé, me quedaron –Agnija se echa a reír antes de continuar hablando –. Esa fue la principal razón para quedarme, pero cuando tienes que encontrar tu lugar en otro país, cómo encajas y cómo perteneces, es doloroso. Conforme uno se va soltando y aceptando experiencias, ya es más sencillo.

Identidad de viajero

Con cámara en mano, Agnija buscó respuestas a través de la fotografía y continuó su preparación autodidacta como artista, tomando diferentes talleres y Teoría de evolución condensa su formación y la búsqueda de sí misma, cómo rompió con sus raíces y se fragmentó para, apenas, comenzar a construirse de nuevo.  

Agnija recuerda que alguien la cuestionó recientemente sobre por qué hacer una exposición sólo sobre sí misma, pero ella revira: en la exposición hay muchas otras personas retratadas, no sólo su familia, sino amigos e incluso desconocidos. 

Con cada obra donde aparece la familia de Agnija, el espectador tiene la posibilidad de sentirse extranjero él mismo, y recordar que las imágenes de la familia que se añora son la memoria más viva de lo que definimos como hogar. Los grabados con los rostros, por ejemplo, son casi una cronología de seres amados que terminan con el retrato de un gato y un perro, parte de su nueva familia en Puebla.

Otras de las piezas en la exposición son un video experimental con imágenes y música de Letonia, una pieza sonora en la que se escucha la voz de varias personas en distintos idiomas (español, esloveno, francés, catalán y letón) definiendo a Agnija con tres o cinco palabras, un álbum con fotografías que funciona al mismo tiempo como collage o un videopmapping proyectado hacía unas máscaras de yeso de distintos miembros de su familia. En cada pieza hay una reflexión dual que habla tanto de memoria como de ruptura.

En la última instalación, cubos de hielo unidos por hilo rojo sobre unos mapas difuminados, la idea se cierra: el choque cultural es justo así, confuso y convulso. Aunque en el caso de Agnija se cierra un largo ciclo, no hay conclusiones, porque ella sabe que el proceso de identidad continúa.

— Al final yo deduje que la patria para mí es lo que cabe en mi maleta. Lo que cabe en una mochila cuando yo me levanto. Y si tengo que desaparecer, ahí viene mi patria. Son recuerdos, algo de cartas, fotos de mis personas y lugares. Son sentimientos.

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Ámbar Barrera
Periodista, comunicóloga, fotógrafa, feminista y amante del arte.