Formación valoral  y moralina
Nuestros tiempos son tiempos de crisis ética
Por Martín López Calva @m_lopezcalva
07 de febrero, 2017
Comparte
Alberto Montt | Tomada de dosisdiarias.com/

Alberto Montt | Tomada de dosisdiarias.com/

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“La paradoja consiste en que en la época actual de falta de fundamento ético, hay un exceso de juicios morales, de verdaderos juicios de moralina: indignación, culpabilización, reprobación, denuncias virtuosas…”

Edgar Morin. Método VI. Ética, p. 99.

Nuestros tiempos son tiempos de crisis ética. Según la perspectiva de la ética planetaria desarrollada por el pensador francés Edgar Morin, la ética nace de un deber de religación –de unión, articulación, interacción- que experimenta todo ser humano por su propia naturaleza, de manera que la crisis ética actual es una crisis de religación.

La experiencia de este deber de religación se desdobla básicamente en cuatro dimensiones: religación con uno mismo, religación con los nuestros –familia, raza, cultura-, religación con la sociedad en la que vivimos y religación con la especie humana como ese todo al que pertenecemos. La ética surge entonces del deber egocéntrico, el deber genocéntrico, el deber sociocéntrico y el deber antropocéntrico.

Nuestra época se caracteriza porque estos cuatro deberes se encuentran de alguna manera rotos. El ruido exterior, el ritmo frenético de la vida actual al que tenemos que responder casi mecánicamente, las exigencias e incentivos del mundo centrado en el mercado y el consumo en el que ser significa poseer y consumir, nos han conducido a una falta casi total de religación con nosotros mismos a partir de la ausencia y el temor a la introspección y la autoconsciencia.

La ruptura de todas las fronteras, la asimilación de costumbres y modos de vida de los países hegemónicos, la tendencia a homogeneizar nuestras formas de vestir, comer, divertirnos, educarnos, consumir desde criterios globalizados de la moda y la necesidad casi obsesiva de novedad y supuesta originalidad de la cultura de la obsolescencia planificada se convierten en un obstáculo para la religación con los nuestros: con nuestra historia, con nuestra cultura, con nuestra raza y nuestra familia.

La necesidad de competir que se opone y destruye la tendencia a compartir, el individualismo exacerbado del mundo de la economía global y las estructuras de organización de la coexistencia a partir de la valoración de los intereses particulares y de grupo por encima del bienestar común nos llevan a romper la religación social, la vivencia de la solidaridad y el compromiso altruista.

Finalmente, la cultura homogeneizante que presenta ciertos modelos físicos, económicos y culturales como ideales de vida que excluyen a todos los que no se amoldan a los estereotipos de lo que se considera exitoso y deseable hacen que el mundo en el que se han roto las fronteras y se ha llegado como nunca a la realidad de la aldea global por el desarrollo de las comunicaciones y las tecnologías de información y comunicación sea al mismo tiempo, paradójicamente, el mundo del desprecio y el rechazo a los diferentes, el mundo en el que no se vive el deber antropocéntrico que parte del principio ético fundamental de no excluir a nadie de la humanidad.

Paradójicamente, en contraposición a esta crisis ética y tal vez como espontánea reacción a esta carencia que implica la ruptura de la religación nos encontramos en una época en la que abundan los juicios morales en los que individuos o grupos se autoerigen como el criterio de lo bueno, verdaderos juicios de moralina en los que se descalifica, agrede y menosprecia a todos los que no asuman una postura determinada frente a algunos hechos o tendencias consideradas políticamente correctas o dignas de una visión progresista.

No se trata de juicios de valor sustentados en un análisis inteligente y crítico y en una deliberación cuidadosa y desinteresada sino de afirmaciones que surgen de manera espontánea y visceral a partir de posiciones ideológicas seguidas sin mayor reflexión, afirmaciones que dejan en claro lo que afirma el mismo Morin respecto a que los seres humanos somos poseídos por nuestras ideas.  De modo que no estamos frente al ejercicio de una deliberación moral seria sino de la dispersión viral de simple moralina.

Un recorrido por las redes sociales puede comprobar fácilmente esta tendencia en la que se manifiesta la moralina en forma de culpabilización, reclamo, descalificación, reprobación y denuncias virtuosas de quienes se ostentan como moralmente superiores.

[quote_box_right]De la misma manera podemos ver juicios de moralina producto de la simplificación, de la visión que reduce todo a esta contraposición de héroes contra villanos que convierte la vida social y la dinámica política en una fantasía literaria o cinematográfica y nos conduce a evadirnos de la realidad con la consiguiente renuncia al análisis de la complejidad de nuestros problemas y a la creación de respuestas que respondan a esta complejidad.[/quote_box_right]

Es así que se rechaza y reprueba a veces de modo claramente agresivo a todas las personas que no se sumen a las campañas de protección a los animales, de “adopción” de perros abandonados y de condena violenta a las corridas de toros o que simplemente se atrevan a decir que sería deseable una preocupación y activismo de la misma o de mayor intensidad para proteger a los niños en situación de calle, a los migrantes indocumentados y a los millones de mexicanos en situación de pobreza extrema que viven en nuestro país y en nuestro mundo.

De la misma forma se presentan como moralmente superiores los estilos de vida vegetarianos o veganos, las posturas que se identifican con determinados partidos políticos o líderes sociales –que se presentan como absolutamente puros y sin posibilidad de cometer errores o tener posiciones cuestionables-, las manifestaciones antigubernamentales por más que carezcan de fundamento o se basen en información cuestionable o claramente falsa y últimamente las posiciones ultranacionalistas o pseudo patrióticas que se ostentan como la única manera de combatir las posturas agresivas de Donald Trump. Estos son solamente algunos ejemplos de los juicios de moralina que se difunden viralmente en las redes sociales.

En su libro sobre la Ética, el padre del pensamiento complejo plantea que: “La moralina…es la simplificación y la rigidización éticas que conducen al maniqueísmo y que ignoran la comprensión, magnanimidad y perdón. Podemos reconocer dos tipos de moralina: la moralina de la indignación y la moralina de la reducción. Una alimenta a la otra…” (Edgar Morin, Método VI. Ética, p. 55).

El peligro de las posturas que nacen de la moralina es que al simplificar y rigidizar lo ético van conduciendo a posturas maniqueístas en las que se mira el mundo en blanco y negro y se reduce lo humano a una especie de película de acción en la que luchan los “buenos” contra los “malos”, perdiendo toda posibilidad de analizar con matices y detalles las ideas y acciones de los individuos y grupos humanos en los que es claro que no existe ni la pureza total ni la maldad absoluta.

Se pueden según Morin reconocer la moralina de la indignación y la moralina de la reducción, dos formas de falsa moral que se retroalimentan entre sí. En México podemos ver hoy mucha moralina de la indignación puesto que ante el enojo generalizado contra el gobierno y la clase política nacionales y recientemente contra el nuevo presidente de Estados Unidos se están desatando olas de condena absoluta y juicios sumarios basados en rumores, emociones y prejuicios que manifiestan esta rigidización ética.

De la misma manera podemos ver juicios de moralina producto de la simplificación, de la visión que reduce todo a esta contraposición de héroes contra villanos que convierte la vida social y la dinámica política en una fantasía literaria o cinematográfica y nos conduce a evadirnos de la realidad con la consiguiente renuncia al análisis de la complejidad de nuestros problemas y a la creación de respuestas que respondan a esta complejidad.

Hoy se está volviendo a hablar con cada vez mayor fuerza de la necesidad de poner atención a la formación valoral dentro de las familias y las escuelas. Este reclamo es no solamente válido sino urgente ante la crisis de religación que vivimos. Sin embargo quienes nos dedicamos a la educación tenemos que estar muy atentos y ser muy críticos de las concreciones y propuestas de formación valoral que se nos presentan, para evitar que la escuela se convierta en un espacio de regeneración y proliferación de la moralina.

La formación valoral o ética dice Morin, requiere como un elemento fundamental del pensar bien para analizar la realidad con toda su riqueza y complejidad y responder a ella desde juicios morales bien sustentados que conduzcan a decisiones y cursos de acción responsablemente asumidos que miren tanto las intenciones como las posibles consecuencias de lo que se dice y se hace individual y colectivamente.

La formación valoral que necesitamos es aquella que contribuya a la reconstrucción de la religación humana que conduzca a una ética de la comprensión, la magnanimidad, el perdón y la inclusión de todos en esta aventura de salvar a la humanidad, realizándola.

Comparte
Martín López Calva
Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Realizó dos estancias postdoctorales en el Lonergan Institute de Boston College. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores, del Consejo Mexicano de Investigación Educativa, de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores y de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación. Trabaja en las líneas de Educación humanista, Educación y valores y Ética profesional. Actualmente es Decano de Artes y Humanidades de la UPAEP, donde coordina el Cuerpo Académico de Ética y Procesos Educativos y participa en el de Profesionalización docente..