La humanidad como destino planetario

La humanidad como destino planetario

Tomada de elnuevodia.com/
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Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“La Humanidad ha dejado de ser una noción solamente ideal, se ha vuelto una comunidad de destino y sólo la conciencia de esta comunidad la puede conducir a una comunidad de vida; la Humanidad, de ahora en adelante, es una noción ética: ella es lo que debe ser realizado por todos y en cada uno. Mientras que la especie humana continúa su aventura bajo la amenaza de la autodestrucción, el imperativo es: salvar a la Humanidad realizándola”

Edgar Morin. Los siete saberes necesarios para la Educación del futuro, p. 64

El personaje de esta semana en el mundo y especialmente en México fue sin duda Donald Trump. Su discurso de investidura como presidente de la nación (aún) más poderosa de la tierra en el que mantuvo –contra quienes pronosticaban que iba a suavizar sus posturas de candidato- su xenofobia, su actitud discriminatoria y excluyente y su visión pseudo patriótica -que se sustenta en la convicción de que su país es superior a todos los demás y que todo el mundo debe girar en torno a él- y sus primeras acciones como responsable del poder ejecutivo añadieron más temor e incertidumbre sobre lo que puede pasar en el planeta y lo que nos puede suceder como país durante el tiempo que dure su mandato.

Tal vez la cuestión central en torno a la que gira todo su discurso y su plan de acción está sintetizada en su lema de campaña: Make America great again, hacer a los Estados Unidos nuevamente grandes –como si alguna vez hubiera perdido su carácter hegemónico- lo cual implica cerrarse en sí mismos –“de ahora en adelante la prioridad será Estados Unidos primero”- y “defenderse” de los supuestos riesgos y males de los que tienen la culpa todos los demás países.

El punto de partida es que ellos están bien y que todo lo negativo viene de fuera. Se trata de una reacción en contra de la globalización que ha llegado para bien y para mal al mundo en este siglo veintiuno.

La salida de Gran Bretaña de la Unión Europea, conocida como Brexit y el avance de la popularidad de Le Pen en Francia que tiene también una propuesta de salida de Europa son dos ejemplos de esta corriente de reacción pendular en contra de la globalización.

“La única gran profecía de Karl Marx fue la idea que la mercancía va a reemplazar todas las relaciones humanas. Hoy día no son únicamente las relaciones humanas, las relaciones biológicas también, porque los genes –la vida misma–se han convertido en mercancías, en algo que se puede vender; se puede hacer de los genes una propiedad privada”. (Edgar Morin. Estamos en un Titanic).

Las reacciones contra la globalización responden a razones válidas porque como afirma Morin, lo que el mundo ha vivido hasta ahora es la dominación de una sola hélice globalizadora que es la del cuatrimotor técnico, científico, económico y de beneficios desbordado y sin ningún control de carácter ético o político. Esta hélice globalizadora ha generado desempleo, pobreza, mayor injusticia y precariedad en el terreno laboral y una mercantilización de toda la vida humana, puesto que como afirma el pensador francés, aún los genes y la vida misma se han convertido en mercancías que se pueden vender y comprar. Si esto pasa con la vida, por supuesto lo estamos también viviendo en el campo educativo en el que el conocimiento y la formación también se han mercadizado según el término acuñado por Bruner.

De manera que los discursos pseudonacionalistas antiglobalización que llegan al chauvinismo y a la exclusión, al planteamiento de encerrarse otra vez y supuestamente producir y consumir todo de manera interna sin depender de ninguna otra nación tienen éxito porque la gente está llena de miedo y justamente indignada por el avance incontenible y en gran medida deshumanizante de esta primera hélice de la globalización.

Necesitamos volvernos agentes activos del dinamismo –más complicado, más incierto, menos atractivo- que impulse la segunda hélice de la globalización que es la de la responsabilidad, la solidaridad y la consciencia de una comunidad de destino planetario.

En este contexto me parece explicable, aunque no deja de asombrarme, la reacción que ha empezado a volverse viral en México en la que con buenas intenciones pero con una especie de contagio de Trumpatía se propone que respondamos a la cerrazón con cerrazón, a la exclusión con exclusión, a la negación del otro con negación del otro y al (pseudo) nacionalismo con (pseudo) nacionalismo.

A partir de que Trump asumió el poder  y empezó a cumplir sus violentas y discriminatorias propuestas de campaña, facilitadas por la reacción temerosa y lenta de un Presidente mexicano que ha perdido todo el apoyo social y de un Canciller que llegó a aprender y aún no aprende –a pesar de los cursos intensivos que recibió a golpes la semana pasada- no han dejado de circular en las redes sociales las propuestas de boicotear a todas las empresas estadounidenses que operan en México.

Desde el punto de vista económico –y lo digo sin ser economista pero habiendo leído lo que opinan de esta reacción simplista varios especialistas- esta reacción es tan ingenua como las medidas de Trump puesto que ambas ignoran los flujos globales y las cadenas de valor en las que se basa el funcionamiento de la economía en nuestro mundo actual. En el caso del boicot a las empresas estadounidenses en México, se deja de lado que muchas de ellas son franquicias propiedad al cien por ciento de mexicanos y emplean a muchos mexicanos además de utilizar insumos producidos en nuestro país, de manera que si esta campaña resultara exitosa afectaría en primerísimo lugar a la economía nacional y a muchos de nuestros compatriotas.

Si miramos estas reacciones desde el ángulo de la cultura que la sustenta, podemos darnos cuenta de que se trata también de una reacción antiglobalización muy parecida a la que Trump representa aunque ubicada en un contexto diferente. Se trata de una reacción que asume como supuesto que la solución a los problemas de nuestra sociedad están en cerrarnos al mundo y volver a una especie de pasado idílico marcado por un nacionalismo entendido como negación de cualquier tipo de interdependencia con otros países.

Pero si somos sensatos y buscamos una solución realista al problema podemos darnos cuenta de que el camino no está en cerrarnos en nosotros mismos en nombre de una noción decimonónica de soberanía nacional en la que vemos a todos los diferentes, los extranjeros, los que hablan otro idioma o tienen otras costumbres como amenazas potenciales contra nuestra identidad y obstáculos para la construcción de nuestro futuro como país.

Si queremos realmente buscar el antídoto a esta situación que se ha convertido como dice el mismo Morin, en un verdadero Titanic planetario que se dirige en línea recta hacia la autodestrucción de los seres humanos, no podemos apoyar esta reacción de vuelta al pasado excluyente y de competencia violenta contra los diferentes. Necesitamos volvernos agentes activos del dinamismo –más complicado, más incierto, menos atractivo- que impulse la segunda hélice de la globalización que es la de la responsabilidad, la solidaridad y la consciencia de una comunidad de destino planetario.

Porque si estamos todos en este Titanic, la respuesta para evitar la catástrofe no puede ser -como apuntan coincidentemente Trump y las reacciones antiTrump- encerrarnos en nuestros respectivos camarotes de primera, segunda o tercera clase, poner cerrojos para que nadie entre y armarnos hasta los dientes para defendernos de los posibles intrusos. La respuesta auténtica para evitar la tragedia está en ponernos a dialogar en nuestros distintos idiomas, haciendo consciencia de que estamos en el mismo barco y pensar creativamente para proponer y ejecutar cooperativamente estrategias que nos lleven a cambiar el rumbo del planeta asumiendo juntos el control del timón.

Porque la Humanidad ya no es un concepto abstracto sino un universal concreto que como propone el padre del pensamiento complejo se ha convertido en una noción ética: “la Humanidad es lo que debe ser realizado por todos (juntos) y en cada uno”.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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