Atrás de la raya: hombres trabajando su violencia

Atrás de la raya: hombres trabajando su violencia

En Puebla existe un grupo de varones que desde la reflexión de las experiencias propias intenta reconocer y disminuir la violencia que ejercen

Ilustración: Abril Márquez
Ilustración: Abril Márquez
Martina Žoldoš

“¿Quien quiere ayudar a apuntar la historia de nuestro compañero?”, pregunta el facilitador del grupo Hombres Trabajando(se) Puebla mientras alguien empieza a disecar los pensamientos, sentimientos y acciones que terminaron en un evento de violencia familiar.  Con voz baja Miguel afirma su voluntad y se acerca al pizarrón para anotar los momentos claves de la historia. Sus letras de miniatura y sus gestos tímidos dan la impresión de que es un joven tranquilo y reservado, hasta frágil.

¿De verdad este joven ejerce violencia?

“Si regresaba a la casa hambriento y la comida no estaba lista, me molestaba con mi mamá. Entonces le contestaba cortante o si me pedía algo, me tardaba en hacerlo. Cuando estaba enojado con alguna persona aventaba cosas o zafaba la puerta, todo con el fin de hacerla ver o reconocer que ella estaba mal. Mi intención era despreciar o imponer lo que yo quería,” cuenta Miguel mientras trata de darle un sorbo al chocolate caliente.

Miguel no se consideraba una persona muy violenta o manipuladora hasta que un día se dio cuenta que entre la violencia psicológica y física hay un paso muy pequeño.

“Le di una cachetada a una persona e inmediatamente lo lamenté”. Apenado guardó la experiencia en un cofre imaginario queriendo que nunca saliera a la luz, que nadie se enterara. “Juré que no lo volvería repetir y no lo he hecho.”

Pero “las cosas no cambian sólo por conjurar”, así que decidió enfrentarse con las conductas que herían a sus queridos y entró al grupo de autoayuda para la erradicación de violencia masculina.

“El modelo trabaja a partir de las experiencias de violencia particulares, analizando cómo se decide violentar paso a paso”, donde la reflexión de otros compañeros es crucial ya que ayuda al hombre a detectar las acciones violentas, explica el psicólogo José Gabriel Licea Muñoz, uno de los facilitadores del grupo, y agrega que a veces somos tan automatizados en nuestras conductas que no las reconocemos como violentas, sobre todo cuando se trata de violencia emocional.

“La cultura ejerce mucha presión porque me condiciona y si no me adapto al modelo, se me va a señalar o incluso se me va a violentar. Para evitar tal forma de violencia tengo que responder como la cultura me lo exige, al punto de naturalizarla. Se asume que los hombres somos más violentos, más enojones que las mujeres y al final terminamos comportándonos así”, dice Licea Muñoz tratando de explicar la raíz de tanta violencia en México.

El mismo Miguel reconoce que después de medio año y más de treinta sesiones con el grupo probablemente nunca dejará de ser violento totalmente, ya que a veces sigue considerando algunos actos violentos como algo normal.

¿Como cuáles actos?

“Es justamente esto, no los puedo resaltar porque para mí son algo normal”, aclara Miguel.

Otro papel importante del grupo es ayudar a derrumbar el sistema de justificación de la violencia como una reacción al comportamiento de la pareja o respuesta natural ante el evento que, según el hombre, le hace daño o no está acorde con sus expectativas.

A mí principalmente me ha ayudado a dejar de poner pretextos, de que ay, estaba estresado, cansado o enojado, me ayudó a ser más responsable de mis acciones. En el curso aprendemos sobre las técnicas de respiración para tranquilizarnos y reflexionar sobre lo que estamos pensando, porque al final cabo el pensamiento siempre nos lleva a un acto

“Suena increíble pero hasta las violencias más crudas son justificadas por los compañeros. Cuando cuentan sobre su experiencia, intentan coludirse con otros para validarla diciendo: ¿a poco ustedes no lo harían? o es obvio que tenía que responder así”. Para el psicólogo la gran ventaja del trabajo en grupo es que previene estas colusiones. “Como ya no le seguimos la corriente se empieza a caer toda esta estructura justificadora de su violencia”.

El grupo trabaja con todos tipos de violencia aunque Muñoz reconoce que en 8 años de su existencia no han tenido asistencia de hombres que hayan cometido feminicidio o abuso sexual. “Siempre invitamos a los compañeros que primero se desahoguen compartiendo experiencias de violencia física que también es la primera que empieza a desvanecerse, dejando más espacio a la psicológica.”

Esta parece ser menos impactante ya que la mayoría de los hombres busca ayuda hasta después de que “ya me pasé de la raya”, o mejor dicho después de que ya ha golpeado a su pareja aunque, según el psicólogo, en realidad antes pudo haber un historial de violencia psicológica muy fuerte que pudo ser mucho más dañina que la violencia física.

Otra cosa que muchos de estos hombres tienen en común es la entrada al grupo por algún impulso externo: tal vez la pareja quiere separarse o el empleador lo amenaza con la renuncia. El facilitador reconoce que son muy pocos los que llegan con la convicción de cambiar porque están conscientes del daño que les causan a las personas cercanas o porque se lastiman a ellos mismos.

Y estos hombres acuden en promedio sólo a cuatro sesiones. “A veces desertan porque lo que descubren rebasa sus expectativas, ya que en el grupo tienen que reconocer que eran todavía más violentos de lo que pensaban, de lo que se habían imaginado y a algunos les asusta esto. Es muy triste reconocer cuan violentos pueden ser y algunos no aguantan”, explica Licea Muñoz. Otras veces desertan porque su pareja, su impulso externo, ya los dejó, entonces no le ven sentido a seguir yendo. Y a veces piensan que la crítica de su conducta violenta es un ataque a su autoridad, su personalidad, entonces se sienten solos, sin apoyo.

Aunque estas cuatro sesiones sí ayudan a identificar el proceso de cómo una persona decide violentar, es sólo un primer paso hacia el cambio de evitar una conducta violenta, por eso el psicólogo destaca la necesidad de seguir con el proceso, ya que sin el soporte de compañeros es muy fácil regresar al viejo camino.

“A mí principalmente me ha ayudado a dejar de poner pretextos, de que ay, estaba estresado, cansado o enojado, me ayudó a ser más responsable de mis acciones. En el curso aprendemos sobre las técnicas de respiración para tranquilizarnos y reflexionar sobre lo que estamos pensando, porque al final cabo el pensamiento siempre nos lleva a un acto”, dice Miguel.

¿Alguna vez has querido abandonar el grupo?

Con toda certeza Miguel niega tener este tipo de pensamientos, ya que el resultado ha sido muy benéfico. Vio que era necesario y que se podía cambiar las cosas.

“Si tratáramos de pensar ambiciosamente en cambiar una cultura, nos deprimiríamos”, responde Licea Muñoz a la pregunta de cómo acabar con la violencia en México. “Es más sensato trabajar con lo más cercano, que es mi casa, pero sí con la esperanza de que este núcleo familiar pueda reproducir una cultura distinta”.

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