El feminicidio que pude evitar

El feminicidio que pude evitar

Marcha contra feminicidios Foto: Ámbar Barrera
Marcha contra feminicidios
Foto: Ámbar Barrera
Sofía*

A todas.

-¡Antes quemo tu casa y mato a toda tu familia!

Es una de varias amenazas que recibí del hombre que decía que me amaba.

Hace dos años un guapo me mandó una invitación de amistad en Facebook, no me pareció conocido pero vi que teníamos varios amigos en común.  Le mandé un inbox preguntándole si nos conocíamos y que disculpara la desconfianza pero las redes sociales se prestan para muchas cosas.  Se rió y me dijo que él sí se acordaba de mí por el club, la escuela donde estudiamos o por el pueblo en el que vivimos.  Le di aceptar entonces.  Unos meses después me escribió para pedirme información de hospedaje en una ciudad que yo había visitado recientemente.  Nuestra comunicación se limitaba a uno que otro Me gusta en una foto y una o dos intromisiones en conversaciones de muro cuando había amigos en común involucrados.  En ese momento yo vivía con el papá de mi hijo y no estaba interesada en coquetear con nadie, pero un año después la historia cambió.

En abril de este año un coqueteo inocente por un comentario a propósito de una publicación en su muro un lunes, nos puso el jueves de la misma semana en una conversación virtual que terminó en la invitación a visitarlo en la playa donde vive.  Ofreció pagar la mitad del viaje, no quise aceptar en ese momento, tal vez estaría ebrio, quedamos en confirmar al día siguiente.  ¿Qué tengo que perder? Pensé.  Nada, el tipo es un bizcocho, estoy soltera, puedo hacer el viaje, ¡pus voy!  El viernes me buscó, emocionado, me mandó un audio y me derretí con su voz, fijamos la fecha para dos semanas después y compré el boleto de avión.  No quise sentirme comprometida aceptando que pagara la mitad del boleto, quería tener el control de la situación.

Nos pasamos al whatsapp y a partir del día siguiente comenzó la intensidad.  Se mostró no sólo entusiasmado con mi visita sino que se dedicó a estar al pendiente de mí.  Buenos días, buenas noches, ¿dónde estás? ¿qué estás haciendo? ¿con quién vas a ir? Mi reina, mi amor… A mi edad nadie me dora la píldora, le dije que no era necesario que me bajara el sol, la luna y las estrellas, no soy de las que se impresiona con esas cosas.  Las conversaciones nocturnas duraban hasta las cuatro de la mañana cada día, hablaba mucho de él y preguntaba mucho sobre mí.  Yo me sentía como en una historia de película, ¿será que encontré al amor de mi vida?  Me compré las coincidencias: el mismo signo zodiacal, la conexión con la luna, haber estado en los mismos lugares toda la vida y nunca habernos visto, los mismos amigos, los mismos conciertos…

Su inesperada intensidad hicieron que le preguntara sobre sus hábitos de consumo de alcohol y drogas, sus celos.  Me dijo que sí es celoso, que bebe todos los días y que de las drogas ya hablaríamos en persona.  Supuse entonces que tenía un pasado de excesos y también por eso le dije a mis amigas que si alguna sabía algo de él no me dijera nada, quería construirme la versión de él a partir de su presente, no de su pasado.

 Nos pasamos al whatsapp y a partir del día siguiente comenzó la intensidad.  Se mostró no sólo entusiasmado con mi visita sino que se dedicó a estar al pendiente de mí.  Buenos días, buenas noches, ¿dónde estás? ¿qué estás haciendo? ¿con quién vas a ir? Mi reina, mi amor…

– ¿Con quién te conectas todo el tiempo?  Cada vez que entro para escribirte veo que apenas estuviste conectada, ya es muy tarde.

Me sorprendí a mí misma enviándole una captura de pantalla de mi whatsapp para demostrarle que no había escrito sino que más bien había revisado mensajes.  En ese momento me di cuenta de que yo misma estaba aceptando una invasión a mi privacidad, me prometí que no volvería a suceder.  Conforme pasaron los días el tema de mi última hora de conexión era algo que lo perturbaba, le dije que era fácil y que si eso lo tenía mal podía ocultar esa información de mi app.

– Como quieras, me da lo mismo.

Entonces lo hice.  A las pocas horas escribió para decirme que estaba haciendo algo incorrecto, que eso lo ponía peor, que sentía que algo le podía ocultar y que por favor no le mintiera nunca. –Yo nunca miento, le dije, y reactivé en la app la posibilidad de que viera mi hora de conexión.  El amor en los tiempos del whatsapp es algo que no me había tocado vivir.

Los días pasaron y cada día previo a mi viaje a la playa yo sentía, estaba convencida, de que valía la pena ir, vivir la aventura y dejarme llevar por lo que estaba sintiendo, “siente más y piensa menos por una vez en tu vida”.  Su coqueteo escaló al cachondeo y terminamos teniendo sexo virtual con audios, videos y fotos.  La emoción de saber que llegaría el momento en que nos podríamos tocar me excitaba, nos excitaba.  Mis amigas entusiasmadísimas con la historia, sorprendidas con lo guapo que está el galán me animaron a realizar el viaje pidiéndome que les enviara ubicación, avisara si las cosas salían mal y que si necesitaba dinero para irme a un hotel no dudara en pedirlo.  Me sentía segura, abrazada por mis amigas.

Llegó el día y la primera escala fue la cama, me pidió que fuera su novia, lo publicamos en redes, le dijo a sus papás y yo simplemente no podía creer lo perfecto que todo estaba siendo.  Los primeros días en el pacífico mexicano tuvieron mucho sexo, mucho alcohol y mucha plática hasta el amanecer.  Después se iba a trabajar al hotel donde administraba la agencia de viajes, yo me quedaba en su casa trabajando en mi proyecto de investigación o paseaba por el pueblo.  Mientras no estábamos juntos estaba al pendiente de mí, me enviaba mensajes todo el día y calentaba las ganas para la noche.

La tercera tarde en su casa, sábado, salimos caminando de su departamento para ir a comprar comida.  Yo me sentía soñada tomada de la mano por el hombre más guapo del puerto, para cuando cruzamos la calle su estado de ánimo cambió, regresamos a la casa con las burras listas y comí sola mientras él pintaba y guardaba silencio.  Tres horas después, y gracias a que insistí en que me dijera qué había pasado, su rostro se transformó, su mirada me asustó y me dijo que yo había coqueteado con un tipo que saludamos en la esquina.  –No lo puedo creer, estás loco, neta, estás loco. Te estás imaginando algo que está muy lejos de la realidad, te acabas de inventar en tu cabeza enferma algo que no pasó.

Comencé a dar vueltas por el departamento, recogí mis cosas, miré el reloj, eran casi las doce de la noche ¿a dónde voy a ir a esta hora? –voy a salir a caminar un rato.

-Tienes media hora para regresar, si en media hora no has regresado vas a ver.

Estaba asustada, realmente asustada, no sabía qué hacer… pensé que no podía irme a ningún lugar en ese momento y que así como estaba de enojado podía hacerme cualquier cosa.  Luego pensé que estaba exagerando y que mejor debía subir, arreglar las cosas, decirle que todo es producto de su imaginación y que tenía que confiar en mí.

Esa noche volvimos a la cama con una disculpa suya y una promesa de confiar en mí pidiéndome que por favor no hiciera cosas que lo podían alterar.  Los dos días que faltaban para mi regreso a casa estuvieron bien, insistió en que fijáramos fecha para que volara de nuevo porque lo que estaba sintiendo por mí no lo dejaría estar sin verme mucho tiempo.  Me juró que me amaba, me contó historias tristísimas de su infancia, lloró, me pidió estar juntos para toda la vida y ser la madre de su hijo.

Después de habernos tenido cinco días y a pesar de haber estado en su casa sólo tenía algunas conclusiones sobre él: es un tipo sensible, inseguro y necesita mucha ternura y amor.  Los días que siguieron a mi viaje la miel y la pasión se salían por la pantalla y la bocina.  Más sexo virtual, más fotos, más promesas de amor, más planes: compremos una casa, vente a vivir aquí, quiero ser como un papá para tu hijo, empieza a buscar escuela… Me descontroló un poco su intensidad, al mismo tiempo controlaba más mis redes sociales, mis actividades cotidianas, la relación con mis amigos, la relación con mi ex marido.

– ¿Para qué quieres pareja si vas a llevar vida de soltera?  Si vas a salir te quiero en tu casa a las diez de la noche, una mujer decente no sale de su casa todos los días y menos hasta la madrugada. Lo nuestro se termina si llegas tarde, debo ser lo más importante para ti.

– ¿Por qué no me contestas los mensajes? Te pasas todo el día conectada y te escribo yo y te tardas, ¿no ves que me preocupo por ti y por tu hijo?  No te desaparezcas, eso me pone muy mal.

– No tienes por qué hablar con el papá de tu hijo, sólo para lo básico y quiero que me avises cada vez que lo hagas.

– Un hombre y una mujer no pueden ser amigos, al final todos los hombres queremos cogernos a nuestras amigas, no seas inocente.

Todos los días empezaban con un buenos días, mi amor, y terminaban con un súper pleito del que yo quería salir apagando el teléfono o desconectando redes.  No me dejaba tranquila, a veces me subía el tono de la voz.  Pero aún así regresé a la playa dos semanas después cuando me envió el boleto de avión.

Estaba asustada, realmente asustada, no sabía qué hacer… pensé que no podía irme a ningún lugar en ese momento y que así como estaba de enojado podía hacerme cualquier cosa.  Luego pensé que estaba exagerando y que mejor debía subir, arreglar las cosas, decirle que todo es producto de su imaginación y que tenía que confiar en mí.

Mi segundo viaje fue muy distinto al primero.  Por fin tocamos el tema de las drogas -y después de haberte metido tanta cosa en tu vida, ¿qué te metes ahora? Cristal, me respondió.  Yo no sabía qué era el Cristal pero nomás lo dijo sentí que algo recorría mis piernas, se metió al baño y yo al google… ¡uf! Esto no está nada bien, la descripción de un adicto al cristal encajaba perfectamente en sus comportamientos.

-Pero lo quiero dejar, tengo muy poco tiempo metiéndome esta madre y si he podido salir de otras cosas también lo voy a hacer con esto.  Necesito de tu ayuda nomás, entiéndeme que si de pronto me pongo mal es porque estoy erizo.

-¿Puedo ver la mierda que te metes?

Y no sólo me enseñó sino que se metió, tuve la sensación de presenciar el suicidio de alguien.  Terminé de pasar los días ahí lo más tranquila que pude, me pidió que eliminara a algunos amigos del Facebook a lo que accedí para no tener un problema mayor, pero regresé con la certeza de que eso no era lo que quería en mi vida y mucho menos en la de mi hijo.  No me dejó salir de la relación.

-Además, si me ayudas en mi promoción como artista yo voy a estar mejor y más tranquilo dedicándome a lo que me hace feliz, si de verdad me amas no me vas a dejar, no me puedes dejar.

Hablé con él, le expliqué que yo no podía ayudarle ni salvarlo.  Que no sólo se trataba de las drogas sino también de sus celos.  Así empezó una historia de dos meses de estira y afloja, de te bloqueo y te desbloqueo, te dejo pero no me voy… Entré en una relación tóxica en la que la razón me decía que tenía que salir de ahí inmediatamente pero el cuerpo y el sentirme necesitada y amada me hacían quedarme, la distancia me hacía sentir protegida y sabía que no lo volvería a ver.  Tarde o temprano podría simplemente desaparecer y ahí terminaría todo, pero no se terminaba a pesar de todas las evidencias de su desequilibrio.  A nadie le dije una sola palabra, no quería aceptar que mi ilusión de adolescente era en realidad una escena de película de terror.

Un domingo amenazó con suicidarse después de que le dije que era tóxico para mí. –Tienes razón, soy una mierda, lo mejor es que me muera.  Y así empezó toda una tarde en la que me describía cómo se iba a suicidar, me pedía que sus cuadros los repartiera entre su sobrino y mi hijo, estaba entusiasmado con la idea de convertir su suicidio en un performance por lo que me dijo que estaría enviándome fotos de todo el proceso.  Todo su show terminó cuando le dije que estaba bien, que se matara.  Fue patético, entonces por primera vez empecé a hablar con otras mujeres sobre la situación.

Seguí intentando las semanas siguientes que entendiera que está mal, que necesita ayuda, que no hay una sola persona a la que yo le haya hablado de nuestra relación que pensara que era normal.  Tu violencia no se justifica por ninguna razón, le expliqué.  La violencia se justifica cuando alguien hace estupideces, me contestó. Me acusó de hocicona, amenazó con publicar mis fotos íntimas si yo seguí abriendo la boca.

-¡Antes quemo tu casa y mato a toda tu familia!  Tú no me vas a exponer, voy a destruir tu vida, ojalá con tu hijo pagues lo hija de la chingada que resultaste ser.

Lo bloqueé una vez más pero empezó a mandar correos que leí, siempre pedía perdón, siempre justificaba su estar erizo, siempre juraba una vez más que me necesitaba y que juntos podíamos salir de esto.  Ya mi corazón no estaba ahí, su amenaza fue la chispa que necesitaba para desconectarme emocionalmente, empecé a sentir lástima por él y mucha pena por mí.  Carajo, tengo posgrados, ¿cómo es que caí aquí? ¿tan jodida estoy emocionalmente que necesitaba todo esto para sentirme segura?  Lo compartí con más personas y me invadió una profunda tristeza, supe por fin por qué me había quedado ahí: me negaba a aceptar que él no era lo que yo había pensado y que me había equivocado al ilusionarme y creer que podía vivir LA historia de amor.

Regresé por tercera vez en junio para su cumpleaños.

– Me queda perfecto, voy a CDMX a dar un taller viernes y sábado, el sábado es la fiesta de cincuenta años de mi primo y ya no tengo que regresar al pueblo, vuelo directamente para allá el domingo.

– No vas a ir a la fiesta de tu primo, ni madres.  Ahí seguro van a estar sus amigos y tú en la peda con lo inocente que eres vas a terminar embaucada y en la cama con alguien.  ¡No vas! Y si vas ni vengas, todo se termina.  Además te vas a desvelar y no quiero que llegues y estés cruda y durmiéndote, es mi cumpleaños, quiero que la pasemos poca madre, hace dos meses que no nos vemos, es mi semana de vacaciones y quiero que todo esté bien.

– Güey, no mames, ¿qué te pasa? Es una reunión de mi familia, nomás esto me faltaba.

Decidí no ir a la fiesta para que el domingo a mi llegada a la playa no tuviéramos problemas.  Yo sabía que iba porque mi corazón necesitaba verlo y cerrar esa historia, aunque no se lo dijera.  Voy, estamos juntos, mi corazón se despide, regreso y nunca más ni teléfono, ni correo, ni redes.  Desaparezco y punto.  Necesito hacer esto.

La noche previa, la noche que no fui a la fiesta, terminé en un centro comercial acompañando a mi mejor amiga y después en el aeropuerto recogiendo a su hija.

-¡¿Dónde putas estás?!…

Mi amiga escuchó el audio -¿y así vas a ir? Sí, así voy a ir.  ¿Sabes que te estás poniendo en riesgo? Sí, pero necesito hacerlo.  ¿Llevas dinero? Prométeme que te vas a salir de ahí en cuanto sea necesario y que te vas a regresar en el primer vuelo.  Lo prometo.

Me fui sin ilusión, con miedo, me sentía gris.  Sabía que ese viaje era la despedida, me propuse llevar la fiesta en paz, no hacer algo que despertara su furia y dejar las cosas bien aunque no le dijera que terminaríamos la historia.

Todo bien, otra vez el sexo y la pasión.  Viajamos a lugares exóticos cerca del puerto, pero yo no me sentía su mujer ya, supe que efectivamente yo ya no estaba en esa relación.  Cuatro noches antes de mi regreso abrí el mosquitero del balcón y se metió un bicho volador enorme.

– ¡Cierra, puta madre!

– ¡No me grites!

– ¡No hagas pendejadas!

Nos gritamos ambos, me fui a la cama con miedo de que en cualquier momento entrara a seguir gritándome o a golpearme, se había puesto muy mal, peor que en ocasiones anteriores.  Mi cabeza daba vueltas pensando dónde tendría que ir a denunciarlo si me golpeaba, cómo podía salir de eso sin que me pusiera más en riesgo.  A pesar de que estaba de vacaciones al día siguiente tenía que ir al hotel a tomar un taller, me voy, mañana en cuanto salga de la casa voy a hacer mi maleta y me largo.

Mi amiga escuchó el audio -¿y así vas a ir? Sí, así voy a ir.  ¿Sabes que te estás poniendo en riesgo? Sí, pero necesito hacerlo.  ¿Llevas dinero? Prométeme que te vas a salir de ahí en cuanto sea necesario y que te vas a regresar en el primer vuelo.  Lo prometo.

La mañana del día siguiente las cosas no fueron distintas, se levantó mal y de malas acusándome de haber estado conectada desde antes de darle los buenos días.

-Reflexiona sobre lo que haces, regreso en la noche y hablamos.  Decide si quieres seguir conmigo o simplemente vamos a coger los días que te quedan aquí y ya cuando te vayas todo a la verga.

-Las llaves de la casa, ¿dónde están las llaves?

-¿Para qué quieres las llaves?

-Para bajar a la alberca al rato, tengo ganas de nadar.

-Ahí están las putas llaves.

En cuanto salió del departamento me senté unos segundos en la sala para preguntarme si tenía que irme o estaba haciendo un berrinche.  La respuesta fue inmediata: tengo que salir de aquí.  Hice mi maleta, me fui al aeropuerto y tomé un avión de regreso a casa.  Mi único mensaje estando ya en zona segura: “estoy por tomar un avión de regreso a casa, el amor no lo entiendo como violencia, que seas feliz”.  Bloqueado por todas partes, una vez más.

Lloré como no imaginé que podía llorar, pero al mismo tiempo estaba contenta por mí, por haber podido irme.  Asegurándome de que había quedado bloqueado por todas partes y que la comunicación entre nosotros no era posible, encontré en mi celular que tenía más de cinco mensajes de voz suyos.  Perdóname, tienes razón, yo habría reaccionado igual.  Por favor escúchame, necesitamos hablar.  Ojalá no sea cierto que te fuiste y sigas por acá, etcétera.  Mi error fue escucharlo, a los pocos días lo desbloqueé de nuevo… -no puedo negarle el derecho a escucharlo.  Además, pobre, lo corrieron del trabajo porque salió positivo en el antidoping.

Sentía pena de mí misma. Para este momento ya me sentía bastante estúpida, escribo esto y pienso que si estuviera leyendo la historia de otra mujer a estas alturas diría ya, chale con esta vieja, es una idiota.  La historia no termina aquí, vino al pueblo un mes después para mi cumpleaños, lo metí en mi casa una semana entera, conocí a sus papás. y al final todo se resolvió de manera mucho más sencilla:

-Te prohíbo que abraces a tus amigos hombres, eso sí no lo voy a tolerar.

-Tienes razón, no tienes por qué tolerarlo, terminamos y ya.

-Me estás cambiando por los abrazos de tus amigos, eres una mierda, debí suponerlo, nunca me amaste.

Aunque después de eso mantuvimos comunicación esporádicamente, confirmé que la historia había llegado a su fin cuando hace dos semanas estuvo aquí y no lo vi.  No fue fácil resistirme a la tentación de encerrarme con él y volver a tener una noche de pasión, pero era sólo eso, sexo.  Me dominó con el sexo, era mi cuerpo lo que estaba ahí, no mi razón.  Hoy veo una foto suya y me pregunto ¿cómo pude?  Siento lástima por él, está enfermo.

No he dejado de contar mi historia cuando tengo oportunidad, todas las personas que me escuchan me preguntan por qué no salí antes, por qué siendo como soy me quedé en esa relación tan enferma.  Tengo más de cuarenta, soy universitaria, conozco perfectamente bien las historias de feminicidios.  No es fácil salir de una relación así, recientemente un columnista acusaba a Tania de haberse quedado en una relación tóxica en la que la violencia fue bilateral.  No, no es sencillo decir ‘lo voy a dejar’ y ya como si nada una entra a terapia y se cura.  Me enganché en las discusiones, me encabronaba lo que decía y me la pasaba intentando convencerlo de que está mal, de que se imagina cosas, de que podría ser feliz si se diera cuenta de que necesita ayuda.  No tenía ni para comer, según él, y yo le deposité dinero más de una vez, busqué la manera de ayudarlo.  Fue como una adicción, él aseguraba necesitarme para cualquier cosa: me duele el oído, ¿qué me pongo?; necesito resolver tal cosa, ¿puedes verlo tú por mí? No, no, no, lo siento, no puedo ayudarte, no cuentes conmigo.

¿Qué hay que hacer?  No lo sé.  A mí me sirvió hablarlo, compartirlo con quien quisiera escuchar, con quien preguntaba qué había pasado con ese guapo de la playa.  Me sirve escribirlo.  No quiero explicarme, no quiero justificarme.  Me amenazó si llegaba a publicar la historia, no puedo no contarla.  No se trata de ponerlo en evidencia a él, se trata de poner en evidencia lo que le sucede a una mujer normal cuando se encuentra con un enfermo y se engancha.

Claro que hubo señales, claro que las vi, pero pensé que tenía el control de la situación y que no iba a involucrarme de más.  Vale la pena compartir algunas de esas señales:

  • Demanda excesiva en redes: todo el día a todas horas.
  • Asegura que si estás hablando con alguien más es porque estás con otro hombre.
  • De la noche a la mañana quiere pasar el resto de su vida contigo.
  • Quiere saber dónde y con quién estás.
  • Quiere que dejes de ver a tus amigos y amigas porque ese es tiempo que le estás quitando a él.
  • Consume drogas.
  • Bebe todos los días.
  • Habla de proyectos que cambian cada semana y no concreta ninguno.
  • Asegura que además de buena pareja pueden ser buen equipo porque tú puedes sumarte a sus proyectos.
  • Miente a sus padres o amigos sobre su vida.

Nunca me violentó físicamente, pero sin duda una señal más sería el golpe o el jaloneo. Hoy pienso que si los feminicidios dejaran de ser un número más e investigáramos las historias de los hombres y mujeres que son estadística, algo más se podría hacer para protegernos, acuerparnos, acompañarnos y ayudarlos a ellos a reconocerse violentos y evitar una muerte más.  Yo pude ser un número más, una muerta más porque su violencia aumentaba cada día, salí a tiempo.  Hay mujeres que viven esto durante años con sus maridos.  No es fácil decirle a una mujer “salte de ahí”.

*Por seguridad se usó un seudónimo para proteger a la autora que aún vive con miedo.

1 COMMENT

  1. […] universitarios el tema se replica en las charlas. Una cuenta a la otra la historia de una amiga violentada por su pareja. Otros más allá reflexionan sobre el clima de impunidad, violencia y criminalidad que enmarca el […]

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.