Educación y esperanza en tiempos de incertidumbre

Educación y esperanza en tiempos de incertidumbre

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

Para las alumnas del CER de Procesos Educativos UIAP.

“La incertidumbre solicita la esperanza”.

Edgar Morin.

Los seres humanos enfrentamos hoy tiempos de incertidumbre. No cabe duda que a pesar de que todas las épocas han sido críticas para quien las vive, este cambio de era representa un tiempo especialmente complicado y tiene como característica fundamental la ausencia de certezas en todos los campos de la vida individual y social y la dificultad para tener algunas pistas sobre lo que puede depararnos el futuro, que como afirma bien el poeta Valéry, ya no es como era antes.

El futuro se llama incertidumbre dice Morin con razón, porque estamos en un momento en el que no se puede prácticamente planear ningún aspecto de la vida hacia el mañana con algún grado de solidez ni descartar cualquier elemento inesperado que cambie radicalmente los escenarios que se puedan prever por más científica o probabilísticamente que hayan sido diseñados.

Pero no solamente el futuro es incierto. Siguiendo a Morin podríamos también afirmar que el presente se llama incertidumbre porque nos movemos en un mundo líquido como lo ha denominado Bauman y en el día a día caminamos en la inseguridad que llega incluso al extremo de no saber si regresaremos sanos y salvos a casa después de nuestra jornada laboral.

En el terreno de la educación esta incertidumbre está cimbrando los fundamentos más esenciales de la escuela y la universidad, puesto que ya nada en el campo de las concepciones antropológicas, epistemológicas, éticas o sociales parece ser lo que era antes.

Veamos algunos elementos.

En el terreno del conocimiento, la escuela del pasado estaba fundada en saberes sólidos que se enseñaban para permanecer. Se enviaba a los hijos a la escuela o la universidad que se consideraba mejor en el sentido de que les iba a brindar conocimientos que les iban a durar toda la vida. Conocimientos que se almacenaban en la memoria porque siendo permanentes o escasamente cambiantes eran muy útiles para resolver los problemas cotidianos en el largo plazo.

Sin embargo hoy el conocimiento es cambiante, frágil, volátil y ligero. Lo que sabemos hoy puede ser superado mañana y lo que se aprende en la escuela o la universidad es totalmente obsoleto para el momento en el que se recibe el diploma de graduación. Se trata además de un conocimiento disponible en el espacio virtual, siempre al alcance en “la nube” de la realidad virtual, por lo que ya no es necesario memorizarlo sino saber buscarlo, utilizarlo y desecharlo. El conocimiento en el mundo del mercado se ha vuelto una mercancía más de consumo efímero.

En la avalancha de información de la internet, es muy fácil caer en el riesgo de no saber distinguir “el trigo de la paja” como afirma Bauman. De manera que lo que la educación está llamada a hacer es a desarrollar habilidades para esta distinción, para la construcción de conocimiento pertinente a partir de un procesamiento adecuado de la información disponible que deseche la paja y aproveche al máximo el trigo.

Estamos entonces en un escenario de incertidumbre generalizada que muchas veces genera desesperanza al constatar múltiples signos de injusticia, desigualdad, violencia, corrupción, impunidad y muchas otras características que son claros signos de deshumanización que parecen incontenibles.

En el mundo ético, la escuela del pasado educaba en valores más estables y “universalmente” aceptados. Se enviaba a los hijos a la escuela para aprender como “deberían vivir” de acuerdo a estos valores para construir un proyecto de vida humanamente aceptable desde los contenidos morales de la sociedad. Sin embargo hoy existe una alta diferenciación en términos de valores y valoraciones para vivir, un mundo relativo y relativista, subjetivo y subjetivista en el terreno moral que hace no pertinente la educación moral como se concebía en el pasado.

El mundo actual presenta dilemas éticos muy complicados más que situaciones en las que se deba elegir entre valores y anti-valores y ahí está el reto de la escuela y la universidad del cambio de época. Educar a los niños y jóvenes, formar a los profesionales del presente para saber caminar en la incertidumbre, en la multiplicidad de ofertas valorales y en la vivencia de dilemas éticos que obligan a tomar decisiones en contextos inestables y no controlables.

La visión acerca de la formación del ser humano era más o menos homogénea porque se aceptaba en lo general una idea de ser humano menos compleja; la idea de un animal racional y un animal social al que había por tanto que introducir en los conocimientos que desarrollaran su razonamiento y al que se tenía que socializar. Se enviaba a los hijos a la escuela para formarse desde ese modelo de ser humano.

Hoy tenemos una visión mucho más compleja y multidimensional del ser humano. Se empieza a reconocer como indispensable en la educación la incorporación del mundo de las emociones y los afectos. La vida actual exige además un proceso de autoconstrucción en libertad, en medio de la tensión dialéctica entre la visión imperante en el mundo del mercado global del ser humano como homo economicus frente a la exigencia sentida de autenticidad y realización humana que incorpora mucho más elementos y dimensiones.

El ser humano, hoy lo sabemos, es un ser individual, social, histórico, planetario y futuro y hay que educarlo desde esa multi-identidad como homo complexus. El ser humano es individuo-sociedad-especie y hay que entender la formación integral como el desarrollo de esta triunidad y de las triunidades cerebro-mente-cultura y razón-emoción-pulsión.

En el ámbito social, también había un horizonte más estable y se educaba para sociedades más cohesionadas y con identidades nacionales bien delimitadas. Se enviaba a los hijos a la escuela para aprender ciertos valores cívicos y una historia nacional que los formara en una identidad común. Hoy las sociedades son líquidas, dinámicas, están atomizadas y son plurales. No existe una cohesión suficiente y en general los sistemas democráticos se encuentran en crisis al igual que las identidades nacionales que se desdibujan en un mundo global.

La educación se juega hoy en un escenario cruzado por la tensión entre una solidaridad declarativa presente en los grandes discursos y tratados diplomáticos multinacionales y un individualismo exacerbado por el sistema económico en el que nos encontramos inmersos. Un escenario en el que se cruza también la tensión entre las exigencias de la globalización que atenta contra las identidades nacionales y el resurgimiento de los nacionalismos defensivos ante la amenaza sentida de este mundo homogeneizante.

Estamos entonces en un escenario de incertidumbre generalizada que muchas veces genera desesperanza al constatar múltiples signos de injusticia, desigualdad, violencia, corrupción, impunidad y muchas otras características que son claros signos de deshumanización que parecen incontenibles.

“¿Podremos inhibir la megalomanía humana y regenerar el humanismo?…¿Podrá proseguir la hominización como humanización? ¿Será posible salvar a la humanidad realizándola?” se pregunta Morin en La humanidad de la humanidad.

El mundo actual presenta dilemas éticos muy complicados más que situaciones en las que se deba elegir entre valores y anti-valores y ahí está el reto de la escuela y la universidad del cambio de época.

La respuesta proviene de una convicción. La apuesta que sostiene que la incertidumbre convoca la esperanza, que la esperanza es necesaria más que nunca en un escenario incierto como el actual. La incertidumbre convoca la esperanza que se fundamenta en lo improbable, según las mismas palabras de Morin.

Porque la esperanza no es simple optimismo. El optimismo es fundamentalmente una actitud positiva no necesariamente sustentada que parte de la idea de que las cosas están y estarán bien. No conlleva un compromiso ni un llamado a la acción. La esperanza en cambio es un asunto de convicciones fundadas que asumiendo los elementos negativos de la realidad y sabiendo que el cambio es complicado y lento, apuesta por el compromiso y por la acción transformadora confiando en que las cosas pueden ser mejores si todos vamos poniendo nuestra parte.

Es desde esta visión que Morin plantea sus principios de esperanza en la desesperanza. El principio vital que confía en la lucha de la vida por persistir, los principios de lo inconcebible y lo impredecible que demuestra históricamente que lo que no se esperaba ni era lógico, lo que nadie pudo predecir, sucedió muchas veces produciendo un giro en el devenir de la humanidad en el mundo. El principio del topo que sostiene que muchos fenómenos de cambio positivo están ocurriendo por debajo de la superficie de lo visible y emergen en el momento menos esperado. El principio del salvataje que plantea que donde abundaron elementos de destrucción sobreabundaron elementos de salvación de la vida y el principio antropológico que apuesta por la capacidad humana para sortear las crisis y poder construir otro mundo posible donde sea viable la humanización.

No se trata de optimismo sino de esperanza porque el mismo Morin asegura que estos principios no aportan seguridad ni está garantizado que operen siempre. No podemos sustraernos a la esperanza ni a la desesperanza, pero sí podemos afirmar que en términos de la supervivencia de la humanidad: “Nada está seguro: tampoco lo peor”.

Morin plantea que “La odisea de la humanidad sigue siendo desconocida, pero la misión de la educación planetaria no es parte de la lucha final, sino de la lucha inicial por la defensa y el devenir de nuestras finalidades terrestres: la salvaguarda de la  humanidad y la prosecución de la hominización”. De ahí la visión de la educación como la profesión de la esperanza, que ojalá asumamos todos los que andamos día a día en las aulas. Se trata de un llamado urgente, de un compromiso que no puede esperar.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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