Sí, la respuesta a un experimento

, la respuesta a un experimento

José Luis Prado

@pepepradog

Me gustaría pensar que Thomas Bernhard es un autor que poco a poco va perdiendo su cualidad de desconocido; es, por lo demás, un escritor que me recuerda que la densidad en la prosa no está en la extensión sino en la sintaxis que comulga perfectamente con el fondo.

Para Bernhard la búsqueda de la verdad se equipara con la búsqueda del fracaso, de la muerte, de nuestro propio fracaso, de nuestra propia muerte. En una entrevista realizada por André Müller, el autor de (Anagrama, 2015) confiesa haber tenido dos acercamientos al suicidio:

Cuando era niño quise ahorcarme, pero la cuerda cedió…Tenía siete, ocho años. Y después un día, habíamos ido a pasear con mi abuelo, habitábamos entonces en Traunstein, y mientras caminaba tragaba continuamente somníferos, y de pronto, tuve náuseas, dije que quería volver, estábamos más o menos a treinta kilómetros de la casa y partí, y efectivamente regresé, no sé cómo, y estuve acostado cuatro días, vomitando sin parar, porque mi estómago no tenía nada. Debía tener cerca de diez años.

En el relato cuenta la historia de una crisis sufrida por el narrador, tiene tintes de autobiográfico ya que también vive en el campo por una enfermedad pulmonar; la crisis que casi lo lleva a suicidarse se produce por la delgada línea que traza la producción del trabajo intelectual o, para ser más precisos, la creación de una obra, tema que indagó en su novela El malogrado. En el relato aparecen tres personajes más, Moritz que es el único que tiene nombre y los Suizos. Justamente con la aparición de esta pareja es que surge, de cierto modo, la salvación, digamos moral del narrador; la persa, como se le llamará en toda la narración porque como afirma el personaje no es suiza, es una especie de cómplice que ha encontrado aquella tarde en el despacho inmobiliario de Moritz, una caminante que comparte y descifra con él parte de aquello que los compone:

…en ese tiempo pasé con ella más a menudo y más tiempo que con cualquier otra persona, y con ninguna otra he hablado nunca sobre todo lo imaginable con mayor intensidad y, por tanto, he podido pensar con mayor intensidad y disposición para entender sobre todo lo imaginable, y nadie me ha dejado nunca mirar dentro de sí más profundamente y a nadie he dejado mirar nunca dentro de mí más profunda y desconsideradamente y cada vez más desconsiderada y profundamente.

Por otra parte, el relato adquiere una profundidad que no sólo se refiere al particular modo de sentir que tiene el narrador sino que universaliza este malestar, esta voluntad de destrucción con las circunstancias políticas en toda Europa, lo político para el narrador se ha convertido en todo lo contrario de lo justo. El relato adquiere un paralelismo que se contrae por la prosa ajustada y repetitiva del autor en el que el soliloquio desesperado se vuelve una huella que nos lleva por los primeros cimientos de una empresa casi perdida de un lugar para la vejez de los suizos.

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El personaje femenino es de vital importancia, ya que permite mostrar la analogía que ha logrado plasmar Bernhard en este relato; se convierte en un eslabón que cierra de manera brutal el experimento de la vida.

El autor de Transtorno trata el fracaso como un avance: “Todo fracasa. Al menos, si tenemos voluntad de fracasar, avanzamos, y debemos tener siempre, en todo y en todas y cada una de las cosas, al menos la voluntad de fracasar”. De tal manera que se convierte en el columna vertebral de su obra, el fracaso como marca fundamental de la muerte.

Parece que en Bernhard el pensamiento, la curiosidad del pensamiento, es lo que lo mantuvo con vida o, quizá, un miedo infernal como también afirmó en Helada. De cualquier forma, sirva esta pequeña nota introductoria para un libro de una calidad precisa en su sentido y economía en su lenguaje.

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