Nunca es tarde II: el modelo educativo

Nunca es tarde II: el modelo educativo

Martín López Calva

@M_Lopezcalva 

“A casi un siglo de su diseño original, el modelo educativo ya no es compatible con una sociedad más educada, plural, democrática e incluyente. Dentro de la unidad esencial del país existe una variedad de identidades, de perspectivas, de culturas que preservan identidades diferentes, reflejo de la diversidad que nos caracteriza como nación. No obstante, el modelo no ha permitido a las localidades, regiones y entidades reflejar su identidad y perspectiva de futuro en la organización y en los contenidos educativos con los que la escuela trabaja”.

SEP. El modelo educativo 2016, p. 12.

 

Dedicamos esta Educación personalizante la semana anterior a analizar brevemente la propuesta de Modelo Educativo (ME) difundida por la SEP y sometida a consulta hasta finales del mes de septiembre, plazo muy breve en el cual sin embargo resulta fundamental que toda la sociedad participe y exija que se tome en cuenta su opinión. En esa primera entrega se plantearon algunas consideraciones generales y se revisó centralmente el primer documento de los tres que componen esta propuesta del ME: Los fines de la Educación en el silgo XXI.

Vamos a dedicar esta semana nuestro espacio al planteamiento de algunos elementos del segundo documento: El modelo educativo 2016, dejando para una tercera entrega el análisis de la Propuesta curricular y probablemente para una cuarta y última, una conclusión general de este análisis.

El documento del modelo educativo 2016 parte desde mi punto de vista de un supuesto acertado sobre la necesidad de un cambio de fondo en nuestra educación. Este punto de partida puede sintetizarse en dos elementos: en primer lugar, la idea de que el sistema educativo en el período pos-revolucionario mexicano se construyó de una manera vertical y centralizada, asumiendo la necesidad de homogeneidad para la construcción de una identidad nacional común, después de un período de guerra y en un contexto de enormes carencias por el alto índice de analfabetismo, la bajísima cobertura educativa y el muy reducido número de docentes formados en las normales respecto de las necesidades de formación del momento.

Por otra parte, la constatación de que el México de hoy está en proceso –al menos al nivel de aspiraciones y exigencias sociales- de construcción de una sociedad más educada, democrática, plural e incluyente para la cual resulta incompatible el diseño original del sistema educativo centralizado, homogeneizante y vertical. El documento parte de la afirmación de un país diverso y plural que necesita una educación que respete y estimule la diversidad de cada región y cultura en el amplio mosaico que compone lo que somos como nación.

Desde mi punto de vista, este diagnóstico es adecuado y como estudioso de la propuesta de pensamiento complejo de Edgar Morin, el planteamiento de la necesidad de construir un sistema educativo de más alta complejidad que sustituya al actual modelo de muy baja complejidad es una meta no solamente pertinente sino muy necesaria, urgente diría yo en este momento del país y del mundo globalizado en el que vivimos.

Para Morin, un sistema u organización de baja complejidad es precisamente algo como nuestro sistema educativo, es decir, una organización vertical, piramidal, centrada en el control, con poca flexibilidad, con casi nula posibilidad de disenso y de participación y expresión de las ideas distintas, con énfasis en el programa y no en la estrategia.

El mundo para el que hay que formar a los mexicanos del presente y del futuro y las mismas características de los niños y adolescentes de las generaciones actuales reclama una educación diferente y esta educación solamente puede surgir de un sistema u organización que estructuralmente sea policéntrica, más horizontal, más democrática, flexible, con espacios para la expresión de las ideas distintas y de los disensos y con un enfoque en la estrategia –metas claras, caminos abiertos- más que en el programa –metas, objetivos y caminos rígidamente preestablecidos-.

Este diagnóstico sirve de base para la propuesta de un nuevo modelo de organización del sistema educativo en el que se plantean dos puntos consistentes con esta aspiración a la alta complejidad: la escuela al centro y la gobernanza del sistema educativo con la articulación –policentrismo- de instancias estructurales distintas y autónomas.

Desde hace ya un buen tiempo, los especialistas han planteado que la calidad educativa tiene que centrarse en la escuela. El documento de Modelo educativo 2016 tiene como un elemento fundamental el de La escuela al centro, Este elemento sostiene que el nuevo modelo se basa en la concepción de la escuela como la unidad básica para la construcción de la calidad educativa. La escuela tiene que tener mayor autonomía de gestión desde una concepción flexible y más pedagógica que administrativa en la que el Consejo Técnico Escolar (CTE) junto con los estudiantes y los padres de familia sea la instancia que determine las estrategias de mejora continua de la calidad.

Según el documento, “…esta nueva gestión pedagógica busca fortalecer las prácticas docentes flexibles, la participación social responsable y la rendición de cuentas…” (p. 22) cuestión en la que difícilmente habrá alguien que no esté de acuerdo.

El otro elemento central para la complejización del sistema es el de la gobernanza que pasa de ser monocéntrica y piramidal en la que la SEP (en asociación o complicidad política con el SNTE y la CNTE) era el organismo único de decisión hacia una organización policéntrica en la que se plantea la corresponsabilidad de la SEP con el INEE (Instituto nacional para la evaluación de la Educación) y el CONAPASE (Consejo nacional de participación social) y se habla de la relación entre la SEP y el SNTE como organización sindical que agrupa a los profesores.

Este paso hacia una organización policéntrica y participativa es positivo en lo general, aunque hay que señalar que falta desarrollar más cada uno de los elementos y que el modelo mismo plantee visiones de cambo en todos ellos. Me llama la atención por ejemplo que en la sección relativa a la relación con el sindicato, se mencione el cambio de rol del SNTE para enfocarse en la defensa de los derechos laborales de los profesores –que es su tarea fundamental- pero no plantea prácticamente ningún elemento en el que se intuya la voluntad de contribuir a la modernización de la organización sindical y a una mayor pluralidad y democracia en este rubro.

En este mismo aspecto, el planteamiento de la participación de los padres de familia y del CONAPASE implica desafíos muy importantes para poder llevar a la operación esta corresponsabilidad de las familias en la educación de los niños.

El espacio es insuficiente para un análisis detallado de todos los elementos del documento. Sin embargo resulta importante referirse a algunos de ellos y hacer al menos alguna consideración general.

Por mi propia formación y línea de investigación educativa me parece importante que el documento mencione la vigencia del humanismo y sus valores. Sin embargo resulta un apartado muy pobre tanto en su extensión y profundidad como en el sustento teórico que plantea. Asumir el humanismo haciendo referencia únicamente al artículo 3º. Constitucional y afirmar que se trata de un modelo humanista basándose exclusivamente en el planteamiento de este artículo acerca del “desarrollo armónico de los seres humanos” (p. 37) resulta muy ambiguo e insuficiente. En este apartado se añaden algunos elementos que parecen tomados del informe Delors de la UNESCO aunque no se cita ninguna referencia y se dejan también solamente descritos de manera muy escueta.

En esta misma línea se plantean los desafíos de la sociedad del conocimiento en un apartado que si bien está en la línea de las tendencias pedagógicas actuales, adolece de la falta de distinción entre el aprender a aprender y el aprender a conocer que ha planteado Roberto Rodríguez en un artículo publicado hace algunas semanas y de la confusión entre información y conocimiento que parecen manejarse de manera indistinta siendo conceptos radicalmente distintos.

Esta misma ambigüedad y falta de definiciones claras aparece en los apartados que se refieren a la educación inclusiva y en la relativa a los contenidos educativos donde se toman los cuatro pilares de la educación en el siglo XXI de la comisión Delors pero se cae en la confusión entre el aprender a conocer y el aprender a aprender que señaló el Dr. Rodríguez.

Se plantea en general en estas partes que hablan de los principios que deberán regir la propuesta curricular, de evitar la sobrecarga de contenidos, el énfasis en la memorización y el aprendizaje por mera repetición sin encontrar el sentido de lo que se aprende y ejercitarse en su aplicación. Se percibe aquí un planteamiento adecuado de una educación centrada en el aprendizaje y no en la enseñanza, aunque con errores de conceptualización como los que se han señalado. Estos lineamientos son adecuados, pero no se ven reflejados en el tercer documento de la Propuesta curricular, del que hablaremos la semana siguiente.

Otro apartado importante es el de la formación y desarrollo de los docentes que contienen también lo relativo a la evaluación. Este apartado se centra sobre todo en el planteamiento del Servicio profesional docente y toca de manera muy somera la formación inicial de los docentes, señalando la necesidad de transformar las normales para convertirlas en auténticas instituciones de educación superior, que trabajarán de manera articulada con las universidades. No se abunda en las propuestas de cambio en esta formación de los docentes que el país necesita.

Para concluir diría que me parece muy importante y acertado el planteamiento de un cambio hacia un sistema educativo de mayor complejidad. Este sería el punto fundamental que destacaría en un documento que deja la impresión de “abarcar mucho y apretar poco”, pero que sin duda puede ser mejorado con la participación de todos los interesados y la voluntad política de la autoridad educativa.

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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