La gaviota y su último suspiro

La gaviota y su último suspiro

José Luis Prado

@pepepradog

Me gustaría pensar que uno se reconoce cuando se encuentra reflejado en una mirada de complicidad, una mirada que traduce el lenguaje del amor; éste podría ser el argumento de La gaviota (Ediciones Era, 2007) obra de extensión muy breve del narrador y ensayista Juan García Ponce.

El escritor, nacido en la península de Yucatán, formó parte de una estupenda generación de narradores tan importantes que no opacaron el talento de éste, entre ellos cabe destacar a Sergio Pitol y Salvador Elizondo.

Con un lenguaje sumamente cuidado, que permite al lector ir desplazándose por las páginas de esta corta narración, el autor nos plantea la historia como una especie de bildungsroman o novela de aprendizaje.

La nouvelle inicia en las vacaciones de verano que son el marco temporal de la brevedad, colmada de instantes por parte Luis y Katina, personajes jóvenes que comienzan a reconocer su deseo en el otro. Los padres de Katina son invitados a pasar algunas semanas en la playa con los padres de Luis (Dwig); en los primeros días se dan  algunos reconocimientos necesarios, paseos solitarios que comienzan a mostrarlos como uno solo: “los dos, juntos, al mismo tiempo, tenían la sensación de que se habían alejado de todo inesperadamente, sin pensarlo y esa acción los acercaba hasta convertirlo en una sola persona, de tal modo que uno dependía del otro para sentirse a sí mismo.” Con el paso de los días, llegan más familiares y amigos, lo que crea cierta incomodidad en Dwig. Así pasan los días que siguen siendo lección de reconocimiento para la joven pareja hasta que, casi al finalizar el verano, vuelven a tener la soledad que los compone.

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El también ensayista, en esta historia de amor que, para hacer un símil, que recuerda la idea de unos versos de Bolaño en el que el amor tiene la cualidad de la brevedad: “Invicta a través de los amores/ Inolvidables./ Eso dijo, sí./ Un amor inolvidable/ Y breve,/ ¿Como un huracán?,/ No, un amor breve como el suspiro de una cabeza guillotinada”, trabaja todo el tiempo con la idea del instante como si se tratara del leitmotiv de la historia, pero que, además, la soporta con la imagen simbólica de la luz que es la representación de Katina: “…era parte de la luz, era la luz misma, sin ningún límite, encarnada en su persona más allá de todo espacio, aparte de toda contingencia”; la luz que tiene la cualidad de moverse mucho más rápido incluso que el sonido.

La metáfora luminosa empleada por García Ponce en esta obra, y que es otorgada al personaje de Katina, permite mantener en Dwig ese brillo que, aunque sea por un instante breve, resplandece con cierta continuidad como aquellos primeros golpes de pecho de la adolescencia.

José Luis Prado ha sido becario del Fondo estatal para la cultura y las artes de Puebla en las emisiones 2011 y 2013 en la disciplina de cuento; publica en revistas nacionales e internacionales. Actualmente imparte talleres de cuento en la Escuela de Escritura y en los talleres artísticos de la BUAP.

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