Martina Žoldoš

Decenas de globos se liberan del abrazo plástico y abrigan las mesas, el piso, los cuerpos humanos. El pulso se exalta, las pupilas se expanden y las narices persiguen el olor de los fósforos prendiendo las velas en pastel de chocolate. Soltando las notas de “Las Mañanitas” los abuelos anuncian el primer acto de esta tarde especial. No sólo uno, hoy se celebran tres cumpleaños.

En realidad esta fecha no está necesariamente inscrita en las actas de los cumpleañeros como la verdadera fecha de nacimiento. Pero cuando el día de tu primer contacto con el mundo exterior es un misterio -por falta de documentos y por el engañoso carácter de la memoria- cualquier fecha es bienvenida para celebrarla con tus amigos.

Los tres abuelos, las estrellas del día, son habitantes del Asilo Vivir de Amor, un albergue para adultos mayores indigentes en San Pedro Cholula, que desde hace 15 años gratuitamente ofrece alojamiento, aseo personal, alimentos, ropa, terapia ocupacional y actividades recreativas a la gente mayor que ha sido abandonada y condenada vivir en la calle. Igual que otros 15 compañeros que actualmente viven en el asilo, los tres festejados llegaron al albergue a través de reportes de los transeúntes. Después de confimar que no tenían familiares a los se podía contactar, ni alguna propiedad o pensión, se incorporaron a la vida cotidiana del asilo.

Algunos de los abuelos –así les llaman cariñosamente los empleados y voluntarios– llevan más de diez años viviendo en el asilo, otros apenas se están acostumbrando a tener cama, cinco comidas y ducha caliente diarias. La vejez, pero sobre todo la difícil situación de vida anterior, les legaron severos problemas de salud, como la demencia y la diabetes. El asilo que vive de aportaciones de patronato, donaciones de donantes particulares y algunas empresas, además de la venta de rosas y de manualidades entre otros artículos, les ofrece atención médica y medicamentes necesarios, pero a los más de 60 años el cuerpo tiene mayores límites.

En silla de ruedas o con bastón, fieles acompañantes de la vejez, recuerdos de aquellos tiempos de escasez y soledad, sin hogar propio y abrazo familiar, la vida no es perfecta, pero con las necesidades básicas cubiertas y la compañía de nuevos amigos, empleados y visitantes que rompen la monotonía entre juegos, ejercicio, plática, chistes y alguna que otra fiesta, no hay tiempo para las quejas.

Y cuando las notas de salsa llenan la sala del asilo no hay fuerza que pueda detener el baile, el canto y la risa.

Foto: Martina Žoldoš
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