Viajes por el Scriptorium, una visita guiada al espacio de la escritura

Viajes por el Scriptorium, una visita guiada al espacio de la escritura

José Luis Prado

@pepepradog

Al pensar en la literatura del norteamericano Paul Auster, irremediablemente tengo la imagen de un escritor que pone sobre la mesa, o el escritorio si así se quiere, sus propias emociones; creador de una búsqueda personal, no solo formal sino emocional, nos permite leer en sus libros una literatura muy cercana a la verdad, aunque, paradójicamente de lo que se trate es de la creación de la ficción.

El manuscrito

El término Scriptorium designa el lugar para escribir, parece que se refería al espacio en los monasterios medievales en el que habitualmente se elaboraban las copias de los manuscritos. De entrada, tener la referencia al espacio nos coloca en una especie de copia: la idea de que alguien construye la historia que leemos. En Viajes por el Scriptorium (Booket, 2014.) el viejo Mr. Blank quien presenta aparentemente una enfermedad, despierta un día en un cuarto que le es difícil reconocer. El lector, desde un principio, sabe que le será arduo dejar la habitación y que tampoco podrá descubrir cómo ocurrió que fue encerrado. Desde esta perspectiva, la novela puede leerse como si se tratara de una novela kafkiana, una reflexión acerca del absurdo del hombre contemporáneo y su relación con la escritura. La memoria le falla y, por tanto, es incapaz de clasificar sus recuerdos. Lo que vemos en el cuarto blanco, que parece un reflejo de su mente, es un texto mecanografiado, unas fotos, su escritorio. Algunas veces, recibe visitas que lo único que hacen es acrecentar en su interior la incertidumbre de su estancia en ese lugar. Cada personaje que aparece funciona como una falsa pista.

El narrador

Tenemos en el libro dos historias que se yuxtaponen, una narración en primera persona que nos muestra de forma fragmentaria el espacio geográfico del pueblo Ultima y parte de la vida de Sigmund Graf; la otra en la que se va contando la historia de Mr. Blank, se trata de un narrador omnisciente indigno de confianza lo cual parece una contradicción; sin embargo, lo que refuerza esta idea es que una novela es una obra de ficción:

En cualquier caso, ahora se abre la puerta y entra una mujer menuda de edad indeterminada; entre los cuarenta y cinco y los sesenta años, piensa Mr. Blank, aunque es difícil saberlo con seguridad.

​En este ejemplo el narrador no tiene seguridad, pero páginas más adelante y en la misma escena con Anna, puede afirmar algunas sensaciones que no debería saber:

Anna sonríe, se inclina de nuevo y le da un beso en los labios. Como la presión dura sus buenos tres segundos, puede considerarse que es algo más que un simple ósculo, y aunque no ha habido lengua de por medio, ese íntimo contacto hace que Mr. Blank sienta que un hormigueo de excitación le corre por todo el cuerpo.

Sabemos que toda novela debe tener un narrador, por más impersonal que éste sea, pero no un narratario; es decir, aquel que hace alusión al lector de la novela dentro del mismo texto. Parte de esta tradición se la debemos a Laurence Sterne y, más recientemente, a Italo Calvino. En la novela de Auster se puede leer:

Se pregunta cómo no la ha visto antes, ya que sólo está a unos pasos de la cama, pero, como bien sabe el lector, Mr. Blank se pasa la mayor parte, perdido en un nebuloso territorio de seres fantasmales y recuerdos fragmentarios mientras busca una respuesta a la pregunta que lo atormenta.

Lo que produce este recurso retórico es un modo de controlar y, a su vez, complicar las reacciones del lector real, aquel que permanece fuera del texto.

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Viajes por el Scriptorium trata, sobre todo, de un dilema existencial cuyos engranajes están apuntalados en el lenguaje, la memoria y la identidad. Una escritura que se descubre en el tratamiento de una trama que parece ocultarse, pero al final, llega como un golpe certero al pecho.

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