La maldición de la tierra

La maldición de la tierra

Hace 4 décadas se dotó a este pueblo con 2 mil 570 hectáreas, casi 4 veces la superficie de CU de la UNAM; una vasta tierra salitrosa que hizo imposible cualquier cultivo. Con el tiempo y por necesidad, la gente del ejido vendió parcelas o le fueron expropiadas. Hoy se finca ahí el desarrollo industrial atraído por el gasoducto, rodeando a esta comunidad marginada y en rezago social, pero donde 30 familias aún insisten en aprovechar sus predios al convertir el «veneno» en el remedio: la explotación de sal

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Gabriela Soto y Francisco Cuamea | Noroeste

@Noroeste

Cuarta de cinco partes
El Ejido Rosendo G. Castro se fundó rodeado de veneno puro para la siembra productiva.La gente de la comunidad no encontró en esta tierra un modo de vida para sobrevivir, pero por su ubicación al lado del puerto de Topolobampo, hoy es estratégica para los desarrollos energéticos millonarios que comienzan a instalarse en este punto del Pacífico mexicano, a partir de la instalación de las líneas del gasoducto.Fundado por Resolución Presidencial del 7 de noviembre de 1969 del entonces Mandatario Gustavo Díaz Ordaz, este pueblo nació sobre terreno salitroso.

Ningún cultivo pudo sostener la vida ahí a pesar las 2 mil 570 hectáreas que se dotaron a 80 ejidatarios.  Una inmensa superficie muerta. Casi 4 veces el terreno de la Ciudad Universitaria de la Universidad Nacional Autónoma de México.

La concentración de sales de sus parcelas no permitió el desarrollo de cultivos, aunque tampoco intentaron incursionar en la acuacultura, un negocio más propicio para estas tierras.

Don José Manuel Payén Favela fue uno de los pioneros de esta comunidad. Procedente de Ojinaga, Chihuahua, llegó hace un poco más de 40 años, cuando apenas se fincaban las primeras viviendas.

Los muros del exterior de su casa son de madera y atiende en una mesa comedor que está en el terreno del frente. Tiene 76 años y camina con ayuda de un bastón.

De piel morena clara, bigote cano, viste una camisa azul de manga larga, en cuya bolsa atesora el último cigarro de una cajetilla. Se protege del sol con una gorra de Harry Potter.

-¿Es ejidatario?, se le pregunta.

-Tiene tierras salitrosas, responde su esposa, quien sale detrás de él y suelta la risa de burla.

Don Payén toma la palabra con serenidad y adquiere un tono de nostalgia conforme recobra algunos recuerdos.

“Sí se llegó a sembrar las tierras, pues unas se ‘libertaban’ y otras no porque era salitrosa la tierra. Para lavar las tierras tuvimos que sembrar arroz. Nomás para lavarla y tener un pretexto; se consiguió un crédito para eso y se logró un poco de la cosecha y lo que se perdía lo pagaba el gobierno, porque ya no se pudo dar”, recuerda.

“Sembramos una vez (arroz) y ya después sembramos maíz. Alcanzó a llegar a los elotes, porque la misma necesidad de la gente… no puedo decirles rateros, la misma necesidad, ¿verdad?”

También sembraron trigo y caña, pero no se lograron. Por eso, quien también fue comisario del ejido, se dedicó a los oficios después de trabajar en Pemex. Es el de yesero del que se siente con mayor orgullo.

Había que llevar el pan a la mesa de alguna manera. Pero definitivamente, no por medio de sembrar la tierra, porque como lo explica José Armando Infante Fierro, cronista de Los Mochis, la gente de este ejido nació enterrada en la marginación.

“La mayoría de sus hectáreas, que la dotación original era de 2 mil 570 hectáreas, eran tierras salitrosas, cerriles, de tal manera que no eran en su gran mayoría susceptibles al cultivo, así que desde un principio se les dieron tierras que prácticamente los enterraban en un mundo de marginación», comenta.

“No solamente tenemos esa marginación de las condiciones de las tierras que son de cultivo, agrarias o de uso ganadero, sino también los centros de población de lo que se conoce como Rosendo G. Castro o el Campito, ahí en esa parte, pues tenemos precisamente que son tierras muy bajas y que constantemente padecen de inundaciones o son áreas que difícilmente se les puede dotar de servicios”.

De ejidatarios sólo tienen el título. Poco a poco han ido vendiendo sus parcelas y otras les han sido expropiadas desde su fundación. De 80 que iniciaron hace 40 décadas, apenas quedan cerca de 20 con parcelas.

“Por la misma necesidad hemos ido vendiendo, vendiendo por pedacitos”, dice don Payén.

Pueblo de oficios
La gente de este ejido se emplea en oficios, como la albañilería y la herrería, otros en Pemex o CFE, algunos más emigran a EU.

La gente del Rosendo G. Castro
670 habitantes de población
20% está desocupada
16% de 15 años y más tiene incompleta educación básica
8 años promedio de escolaridad
8% es analfabeta o no cuenta con estudios
10% de la población de los 3 a los 24 años no asiste a la escuela
23% de la población carece de derecho a la salud
12 viviendas solamente tienen conexión a internet
63% es mayor de 18 años
8.5% supera los 60 años

En Ojinaga, don Manuel trabajó en la “labor”, en las parcelas agrícolas chihuahuenses, llegó a Topolobampo para trabajar en Pemex y aprendió el oficio de electricista.

Sólo estudió hasta tercero de primaria, pero de acuerdo con el Instituto Nacional de Geografía y Estadística, no es el único en el Rosendo G. Castro con escolaridad trunca.

Con 670 habitantes, el 16 por ciento de la población de 15 años y más tiene incompleta su educación básica; de hecho, el promedio de años de escolaridad es de 8.

Otro 8 por ciento es analfabeta o no cuenta con estudios. Un 10 por ciento más, en un rango amplio de edad, de los 3 a los 24 años, no asiste a la escuela.

Con una tierra salitrosa, improductiva y sin un patrón de estudios completos, los ejidatarios han buscado la superviviencia en oficios como la albañilería, herrería, soldadura, el yeso, o como veladores.

El porcentaje de desocupación de la población es del 20 por ciento.

Otros han migrado a los Estados Unidos o se han empleado en Pemex o la Comisión Federal de Electricidad, las dos paraestatales con plantas industriales a sólo un par de kilómetros del ejido.

Aunque para las mediciones de la Secretaría de Desarrollo Social, el rango de rezago del ejido Rosendo G. Castro es muy bajo y el de marginación es bajo, el 23 por ciento de la población carece de derecho a la salud; sólo 12 viviendas tienen conexión a internet y el 5 por ciento tienen piso de tierra. En el 13 por ciento de las casas no hay ni refrigerador.

También es un pueblo adulto, pues el 63 por ciento de la gente es mayor de 18 años y un 8.5 por ciento supera los 60 años.

Con la llegada del gasoducto, el desarrollo industrial se fincará sobre estas tierras salitrosas. Ya llega la planta de amoniaco que, con una primera inversión de mil millones de dólares, será una de las más grandes de Latinoamérica, además de una planta fotovoltaica para producir energía eléctrica y un parque industrial.

La gente del Ejido Rosendo G. Castro, sin embargo, quedará atrapada en medio del polo de desarrollo, algunos en sus casas de madera, con piso de tierra, otros sin drenaje y todo el pueblo con sus calles sin pavimento que se inundan cada vez que llueve… y vulnerable a los ‘coyotes’ de tierra.

Buscan el remedio en el veneno

A Jesús Ruiz Valdez se le ve ir y venir en su moto por las calles del ejido. Le gusta estar enterado, es participativo y, sobre todo, se advierte en él un carácter proactivo.

Antes era velador, pero hace 2 años, junto con 30 familias, decidió explotar la vocación de sus parcelas. Son de los que se resisten a vender su patrimonio.

Ahora producen sal por medio de la modesta empresa Nueva Salinera Diamante del Ejido Rosendo G. Castro. Ésta se emplea para consumo de ganado, así como para la conservación de hielo y curtiduría de mezclilla.

Nueva Salinera Diamante, no obstante, no es un esfuerzo que esté en el mapa de los proyectos estratégicos de la zona, a pesar de los planes industriales que se desarrollarán en el área del Ejido Rosendo G. Castro. 

Para iniciar, don Jesús se entrenó durante tres meses, a través de tutoriales que encontró en Youtube.

-Antes de producir sal, ¿qué hacía usted?

-Antes de producir sal yo era velador de una empresa.

-¿Cómo aprendió?

-Tuve cursos de capacitación para saber cuál era el proceso de la sal, y aprendí. Los bajé de internet, son programas muy buenos…

-¿Youtube?

-Sí. Ahí aprendí todo el proceso, cómo se hacía, cuántos días, el equivalente de cada marea, cómo hacerle para mejorar la producción según los ciclos de cada movimiento de la luna y todo eso.

Va con el asunto del mar. Con agua y sol producimos la sal. Y tiene su proceso, hay que meterla a calentadores y dejar que el agua llegue a su nivel de salinidad, tengo salinómetro para medir la densidad del agua, todo eso lo tengo y lo aprendí y ahí está la muestra de que estamos produciendo.

Estos ejidatarios tienen una superficie total de 300 mil metros cuadrados, o 30 hectáreas, disponibles para la evaporación salina, la cual representa un potencial de producción de 150 toneladas por semana, o quizá hasta más.

Por sus recursos limitados, sin embargo, apenas pueden trabajar 55 mil metros cuadrados, es decir, el 18 por ciento de su potencial productivo de donde consiguen de 10 a 15 toneladas por semana en tiempo de frío y, en tiempo de calor, de 20 a 25 toneladas semanales.

Para aumentar su capacidad, producir sal de mejor calidad y que llegue a un precio de 800 a 900 pesos la tonelada, estos ejidatarios necesitan invertir más dinero, pero no tienen.

“Somos un grupo de salineros que estamos trabajando con miles de dificultades porque nuestra salina se compone de puras familias. Somos 30 familias que dependen de este trabajo”, expone.

“Hemos pasado por muchas ‘penalidades’ porque somos de escasos recursos y somos de pobreza extrema; nosotros estamos luchando por no vender nuestros terrenos, nos aferramos a nuestras tierras y tratamos de trabajar; lo único que produce es sal de mar.

“Hemos recurrido a diferentes partes, hemos acudido con (el Gobernador) Mario López Valdez en Culiacán, en el Palacio de Gobierno, en sus oficinas. El año pasado quedó en apoyarnos y hasta la fecha no ha habido ningún apoyo”.

-¿Cuánto dinero necesitarían?

Si hay desconfianza del Gobierno, yo digo que nos pueden apoyar no con dinero sino en especie. Por ejemplo, una bomba, material rústico, materiales que ocupamos, palas, carretillas, aparatos para lavar sal, lavadora de sal, cosas así que son implementos que se necesitan para tener sal de mejor calidad y que llegue a un precio de 800 a 900 pesos la tonelada.

Actualmente venden la sal a un solo cliente fijo, en 400 pesos la tonelada. Cuando los llega a buscar algún otro particular han negociado precios de 700 pesos la tonelada.

“Es muy poco lo que vendemos porque es muy poca la gente que nos conoce”, advierte don Jesús.

Su método de producción es ancestral, a base de agua, sol y viento, lo que la naturaleza les provee.

“El trabajo que nosotros hacemos es un trabajo muy pesado y realmente no reditúa en muchas ganancias, porque no hay apoyo; porque podríamos producir más y podríamos vender a otras personas que nos pagaran mejor, pero son muchos los requisitos, son muchos los trámites, es una problemática muy grande”, lamenta don Jesús.

La Asociación Mexicana de la Industria Salina explica que el método de sal por evaporación solar se utiliza en el 85 por ciento de la producción del país.

“En términos generales”, describe, “consiste en obtener agua de mar o salmuera natural para evaporarla a través de la acción combinada de energía solar y eólica.

“Cuando la salmuera alcanza su punto de saturación da inicio la cristalización del cloruro de sodio”.

Todos los días, don Jesús y sus compañeros extraen agua de los canales por medio de bombas. Con ella inundan la tierra demarcada en figuras cuadrangulares.

Una vez que el líquido se evapora, surgen los cristales de sal que luego barren los trabajadores para llenar los sacos en los que se empaca el producto.

Don Jesús dice que la bomba que les ayuda a producir mayor tonelaje de sal está descompuesta, por lo que prácticamente tienen ociosa más de la mitad de la superficie.

“Tenemos una bomba que es la que nos hace producir más tonelaje, pero esa bomba de agua está descompuesta, necesitamos aproximadamente de unos 15 a 20 mil pesos para arreglarla, ¡y de dónde! Pues si no alcanza para sacar el sustento diario, menos para arreglar la bomba”.

Una industria social desplazada

Los ejidatarios del Rosendo G. Castro saben poco de los planes que el Gobierno de Sinaloa tiene para detonar la industria alrededor de sus viviendas.

Han recibido solamente trozos de información. Pedazos. Ahora están alertados, presienten que tiene una oportunidad de recibir un beneficio y que los están dejando de lado.

Un ejemplo es la Nueva Salinera Diamante que no ha recibido apoyos oficiales, a pesar de que los ejidatarios han tocado puertas.

¿Tiene la industria salina una oportunidad dentro del polo de desarrollo que se piensa detonar en este punto de Topolobampo?

Según la Coordinación General de Minería, la situación es relativamente estable en un mercado de demanda ligeramente creciente y su potencial reside en los numerosos y distintos usos de la sal, como la producción de sosa cáustica, cloruro de vinil, jabones y detergentes, tratamiento de aguas, procesado de metales, fabricación de alimentos de consumo humano y para ganado, entre otros.

“La balanza comercial mexicana de sal ha sido superavitaria; en 2012 las exportaciones fueron del orden de 142 millones de dólares y las importaciones 2.7 millones de dólares, con un saldo positivo de 139 millones de dólares. Las ventas al exterior se realizan principalmente con Japón y Estados Unidos”, expone el documento Perfil del Mercado de la Sal.

Datos del Servicio Geológico Mexicano arrojan que la producción de sal en Sinaloa decreció en un 54 por ciento, pues mientras que en 2010 se registraron 162 mil 567.10 toneladas, para 2014 se reportaron 74 mil 606 toneladas.

Precisamente, Ahome se encuentra entre las 14 regiones productoras de sal en el país ubicadas por la Coordinación General de Minería de la Secretaría de Economía del Gobierno federal.

Los “monstruos” de la industria salina, sin embargo, están en Baja California Sur donde se genera el 82 por ciento de la producción nacional, la cual casi en su totalidad se vende en el mercado externo; le siguen Veracruz, Nuevo León y Colima que surten en el mercado interno.

En 2014 y a pesar de su descenso, Sinaloa produjo 61 por ciento

más sal que Colima, según se desprende de un análisis elaborado con datos preliminares del Servicio Geológico Mexicano.

Para que los ejidatarios de la Nueva Salinera Diamante tengan una oportunidad de competir en el mercado, necesitan información e inversión.

El diagnóstico de la Secretaría de Economía, a través de la Coordinación General de Minería, indica que cuando se trata de empresas del sector social que se dedican exclusivamente a la explotación de la sal y con planes de expansión y competitividad, el proceso no resulta barato.

“Es necesario invertir en la adquisición de equipo y herramientas hechas a base de metales que garanticen una vida útil más prolongada, adquirir equipo de extracción y mecanización y medios de transporte, construir y reconstruir salinas, bodegas e introducir energía eléctrica donde no lo haya. Con esto se puede ahorrar en mano de obra, aumentar la productividad y abatir precios”, dice.

«Estamos olvidados del gobierno»

Más de uno lo dice: la gente del Ejido Rosendo G. Castro está olvidada por el Gobierno.

Lo dicen en eventos públicos, en pláticas en corto. Lo mismo se quejan las señoras, que los señores.

“Ninguna autoridad, después de que gana, ninguna autoridad se para por aquí, no tenemos ninguna ayuda del gobierno… vienen por el voto, se los damos y ya nos los volvemos a ver”, acusa Jesús Mayorga Medina, del Consejo de Vigilancia del Ejido.

“Estamos olvidados del gobierno”.

De los 80 ejidatarios que originalmente fueron dotados con tierra, a la fecha quedan solamente cerca de 20 con parcelas.

“Quedamos como unos 20 ejidatarios con parcela, la mayoría ya ha vendido a un bajo precio que si le digo… en 225, 250 (mil pesos), la parcela…”, asegura quien es soldador de oficio y velador.

Han sufrido al menos dos expropiaciones. Una de ellas solicitada por Pemex y que, a decir de Mayorga Medina, la paraestatal todavía les debe 9 millones de pesos desde hace 30 años. Por este motivo fueron a juicio.

También prepararan una batalla legal para recuperar, u obtener algún beneficio, de la expropiación de 499 hectáreas del 2 de diciembre de 1991 para la construcción de reservas territoriales patrimoniales.

Los ejidatarios apelan a una cláusula según la cual debe regresar a su propiedad si las parcelas siguen ociosas después de 5 años de la expropiación.

Básicamente, lo que el ejido busca es que los desarrollos millonarios que se ubicarán en esta zona negocien con ellos directamente.

“Ahorita tenemos un abogado para meter una contrademanda por eso, porque desde que se nos expropió ha sido de particulares que estuvieron en el poder en ese entonces, que viene siendo cuando (Francisco Labastida) fue Gobernador; son otros ricos de Mochis que se han adueñado de 570 hectáreas que eran ejidales y las pagaron a bajo precio”, informa Mayorga.

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