La escritura de los fantasmas en Amberes

La escritura de los fantasmas en Amberes

José Luis Prado

@pepepradog

Difícil será hablar de una figura, casi por todos, conocida; sin embargo, más allá de cualquier referencia al autor sudamericano que vivió algunos años en México y que después regresó a su país para morir, al fin, en Barcelona, vale la pena acercarse a su obra y, sobretodo, a un texto del cual dijo: “La única novela de la que no me avergüenzo es Amberes (Anagrama, 2002), tal vez porque sigue siendo ininteligible. Las malas críticas que ha recibido son mis medallas ganadas en combate, no en escaramuzas con fuego simulado.”

Estructura

La novela, confeccionada con una estructura caótica, parece cifrar, si no de modo autobiográfico como ya lo había elaborado en otros textos, un momento de su vida, su trabajo en el camping de Castelldefels a las afueras de Barcelona. En alguna parte de la novela podemos leer: “Toda escritura en el límite esconde una máscara blanca.” Planteada desde un extraño género policial que, por esta misma razón, no está obligado a resolver un misterio, nos presenta las huellas de la experiencia como una marca registrada en el estilo de Roberto Bolaño. Sin embargo, a pesar de la apariencia deshilvanada de la trama, podemos ver en la forma de su escritura un repliegue en pequeños trozos narrativos. La estructura fragmentaria, de la cual echa mano el autor de Los perros románticos, poco a poco va sugiriendo una trama en torno a un jorobadito que se vuelve símbolo de aquella cosa imposible hacia la cual tendemos: “El jorobadito es la estrella de tu camino”, pero este fragmento inicia con la infalible posibilidad que en algunos momentos conduce al desencanto: “No hay nada estable, los ademanes netamente amorosos del niño se precipitan al vacío.”

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El manejo del narrador es bastante inusual, se trata de una tercera persona que por momentos empieza a mezclarse con la introspección de la primera, de tal modo que permiten una simultaneidad narrativa: “me quedé en silencio un momento y luego pregunté si él creía realmente que Roberto Bolaño ayudó al jorobadito sólo porque hacía años había estado enamorado de una mexicana y el jorobadito también era mexicano.” La experiencia que cruza todos los instantes, es el germen de este proceso narrativo.

Fantasmas

“Escribí este libro para los fantasmas, que son los únicos que tienen tiempo porque están fuera de tiempo”, dice Bolaño en el prólogo. Parece un críptico homenaje al fantasma femenino en México cuyos referentes, probablemente, serían Sara Bendeman-Edna Lieberman y Lisa Johnson: “¿El apuntador dijo Sara Bendeman? De todas maneras no entendí nada en ese momento. Sólo me acuerdo de una muchacha flaca, de piernas largas y pecosas, desnudándose al pie de la cama.” Por otro lado, en la última entrevista realizada por Mónica Maristain a Bolaño, le pregunta: “¿Cuál de todos los paisajes de Latinoamérica que usted recorrió le viene primero a la memoria?”, el narrador chileno responde, sin titubear, “Los labios de Lisa…”. Esta poeta norteamericana que vivió en México aparece en Amberes de forma explícita:

Querida Lisa, hubo una vez que hablé contigo por teléfono más de una hora sin apercibirme de que habías colgado. Fue desde un teléfono público en la calle Bucareli, en la esquina del Reloj Chino. Ahora estoy en un bar de la costa catalana, me duele la garganta y tengo poco dinero.

El recuerdo si tuviera una imagen, podría ser circular, encerrado en una estructura que, al parecer, ya no importa mucho. Una imagen de repetición que no cesa en sus movimientos, un arrastre en el tiempo, porque “me doy cuenta de que no sólo el tiempo importa, de que no sólo el tiempo es un motivo de terror.” Bolaño cierra este texto atípico que nos recuerda a la escritura como salvación: “De lo perdido, de lo irremediablemente perdido, sólo deseo recuperar la disponibilidad cotidiana de mi escritura, líneas capaces de cogerme del pelo y levantarme cuando mi cuerpo ya no quiera aguantar más.”

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