«Ellos llegan todos los días»: voces sobre Siria

«Ellos llegan todos los días»: voces sobre Siria

Este reportaje fue elaborado por los alumnos de la promoción 2015-2016 del Máster de Periodismo ABC / Universidad Complutense de Madrid, dentro de la clase El arte de la entrevista, que imparte la periodista María Fernanda Ampuero

El hombre es un libro
que la vida lee sin cesar.
Celebración del juego de la vida y de la muerte
Ali Ahmad Said (poeta sirio)

 

En más de una ocasión me ha parecido estar anotando el futuro
Svetlana Alexiévich

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«Walking to Kenya». pintura de Aden Ahmed Mohid, 14, refugiado somalí. │Fuente: unhcr.org
Frontera D

@fronterad

“La Historia a través de las voces de testigos humildes y participantes sencillos, anónimos. Sí, eso es lo que me interesa, lo que quisiera transformar en literatura. Pero los narradores no sólo son testigos; son actores y creadores, y, en el último lugar, testigos. Es imposible afrontar la realidad de lleno, cara a cara. Entre la realidad y nosotros están nuestros sentimientos. Me doy cuenta de que trato con versiones, de que cada uno me ofrece la suya. De cómo se mezclan y se entrecruzan nace el reflejo de un tiempo y las personas que lo habitan. De mi libro no me gustaría que dijeran: sus personajes son reales, y eso es todo. Que no es más que historia. Simplemente historia. No escribo sobre la guerra, sino sobre el ser humano en la guerra. No escribo la historia de la guerra, sino la historia de los sentimientos. Soy historiadora del alma. Por un lado, estudio a la persona concreta que ha vivido en una época concreta y ha participado en unos acontecimientos concretos; por otro lado, quiero discernir en esa persona al ser humano eterno. La vibración de la eternidad. Lo que hay en él de inmutable”.

Leímos el párrafo anterior en clase.

Pertenece al libro La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich, periodista, premio Nobel de Literatura 2015. La fórmula de los libros de la escritora bielorrusa, polifonías para contar fenómenos históricos, nos resultó interesante. ¿Qué hay de los refugiados sirios? ¿Por qué no contamos la actualidad de esta manera? Es decir, ¿por qué no permitimos que nuestros entrevistados hablen a través de nosotros, en primera persona, sin mediaciones, uno tras otro? El proceso, hasta llegar a lo que van a leer, fue apasionante y complicado: no siempre es fácil borrar la voz del periodista, tampoco guiar al entrevistado a que cuente su verdadera historia y no la que cree que queremos escuchar. Otra cosa no es nada fácil: sentir como tuyo el dolor del mundo. Los periodistas que trabajaron en estos textos lograron todo eso y más: informar y conmover, acercarnos a las pequeñas historias que conforman la Historia desde la realidad más absoluta, más visceral, más inmediata porque, como también dice también Alexiévich, “esto no se puede inventar”.

No. Esto está pasando.

María Fernanda Ampuero, periodista 

*     *     *

Me llamo Nihad Kabbani y hace treinta y cinco años que abandoné Siria, el país donde nací. En 1980 hubo una revuelta muy grande, aunque no tan importante como la de 2011. Los universitarios salieron a la calle para reclamar más libertades y derechos. Yo estaba entre ellos. Entonces tenía veinte años. La represión fue brutal. Mataron a muchísima gente. Entre los que arrestaron estaban mis amigos. Sabía que iban a cantar, porque les torturaban hasta que hablasen. Tenía miedo. En el momento que te cogen, se acabó: no hay escapatoria. Por eso me escapé a Líbano. De allí viajé a Canadá y luego a España. Estudié información y turismo en Zaragoza. Me concedieron la residencia, pero no podía trabajar. No estaba autorizado hasta que acabara los estudios. Más tarde me instalé en Madrid. Y aquí sigo. No pude volver a Siria. Mi embajada no quiso renovarme el pasaporte. Este verano me jugué la vida y la de mi hijo. En julio viajé hasta Turquía, donde tengo algunos familiares, con el propósito de entrar en Siria y visitar a mis padres, a los que no veía desde hacía cuatro años. Anteriormente, como no podía entrar en Siria, siempre nos reuníamos en Turquía. Sin embargo, cuando estalló la Guerra Civil en 2011 los turcos cerraron la frontera y no dejaron entrar ni salir a nadie.

Volé de Madrid a Estambul. Allí cogí otro avión hacia Antioquía, y desde ahí fui a Alhamdainie, cerca de la frontera con Siria. A causa del conflicto, esta ciudad turca está ahora dominada por los inmigrantes sirios. Desde Alhamdainie veía el pueblo de mi madre, Meles, que se encuentra en la provincia siria de Idlib. Diez kilómetros tan solo separan Meles de la frontera turca, aunque para llegar la distancia es mayor: hay que bordear una montaña. Pasé en Turquía quince días, la mitad de ellos intentando cruzar la frontera con Siria. Llegó un día en que quise marcharme. No había manera de entrar en el país, ni legal ni ilegalmente. Perdí la esperanza de volver a ver a mis padres, hasta que el decimoquinto día vino un primo que vive en Antioquía y me dijo: “yo puedo dejarte entrar”.

En un coche me llevó hasta la frontera y allí había un taxi esperándonos. Fuimos hasta Meles. Conmigo entró mi hijo Bakri, que hace poco había terminado el instituto. No quería que lo hiciera. Le dije:

—Por favor, tú me esperas y yo entro.

Pero se negó. Me dijo que no me dejaría solo. Así, los dos, cruzamos clandestinamente a Siria.

Recuerdo Siria como un país precioso, con las playas más bonitas del mundo, limpias y cristalinas. También recuerdo las montañas… Siria abastece a muchos países del Golfo con frutas y verduras. No hace falta tener petróleo para que a un país le vaya bien. Dejé un país impresionantemente bonito. Ahora no queda nada.

Recuerdo Siria como un país precioso, con las playas más bonitas del mundo, limpias y cristalinas. También recuerdo las montañas. Yo soy de Alepo, donde se construye con una piedra hecha a mano. La franja del Mediterráneo hasta el Éufrates es verde, llueve y hasta nieva. La gente no sabe que nieva en Alepo. Siria abastece a muchos países del Golfo con frutas y verduras. No hace falta tener petróleo para que a un país le vaya bien.

Dejé un país impresionantemente bonito. Ahora no queda nada.

Este verano encontré un país que no se parecía en nada al que dejé atrás cuando tenía veinte años. Estaba todo destrozado. Durante el camino en el que atravesé aquellos veinte kilómetros que separan Meles de la frontera no encontré edificio alguno que permaneciera intacto. No había pueblo que no hubiera sido blanco de los bombardeos. Era una imagen desoladora. La provincia de Idlib es una zona montañosa. El régimen de Al-Assad no pudo tomarlo por tierra cuando se rebelaron, pero sí bombardearlo con aviones. Todo… hospitales, casas, colegios… Da igual donde cayera la bomba. Ahora Meles está bajo el dominio del Ejército Libre Sirio, pero no hay ley. Allí te matan y da igual. Nadie pregunta. No hay policía. No hay justicia.

Durante el trayecto en taxi hasta el pueblo de mi madre, a un lado del carretera, nos encontramos un camión entero calcinado. Había armas. Habían muerto tres rebeldes. No vi los cadáveres, pero eso me dijo el taxista. Había sido bombardeado tan solo dos horas antes. El taxi contaba con una radio desde la que le avisaban de los recorridos de los aviones que pasaban. Así podía esconderse.

Cuando llegué a Meles encontré a mis padres más viejos que nunca. Mi padre tenía noventa y un años y mi madre ochenta y ocho. Una de mis hermanas y un hermano estaban con ellos. En casa me pusieron al día. Los funcionarios llevan cuatro años sin cobrar. La mayoría de las industrias y comercios están destruidos. No hay dinero. Viven de las tierras que tienen. Plantan, intercambian comida y otras cosas. Se ayudan entre ellos. Hay gente que se aprovecha de la situación y gana dinero con el dolor ajeno. Pero también hay gente solidaria. Mi padre trabajaba en el Ministerio de Agricultura, aunque llevaba muchos años jubilado. Mi madre era ama de casa, pero sí cosía y se ganaba algunos duros. Tenían tierras y las alquilaban, pero han tenido que vender la mayoría. Además, no hay comunicaciones. Cuando quería llamar a España tenía que subir a la montaña para coger la línea turca. Tampoco hay luz ni agua. La luz funciona con generadores. Los llenan con gasoil y escuchas la cantinela: tac, tac, tac. Yo no podía dormir. Era insoportable, pero ellos ya están acostumbrados a este sonido: forma parte de su vida.

Ya no tienen tanto miedo. Se les ha quitado. Muchas noches nos sentábamos en el tejado de la casa de mis padres y bebíamos té. Mientras, contemplábamos los destellos de luz en el horizonte. Era el resplandor de las bombas. Estaban lanzando explosivos y decían: han bombardeado tal sitio, ahora allí, ahora el otro. Y así todo el tiempo. Lo miras como quien presencia una obra de teatro. Es la normalización de la guerra. Pero, a pesar de todo, la gente vive. Se juntan y se invitan entre ellos.

La guerra alcanza a todos. Mi cuñado era rico. Siempre compraba dólares en lugar de la libra siria. Hace poco le vi en Dubai y me dijo “yo tengo tantos cientos de miles de dólares, pero no puedo llegar a ellos”. El edificio donde tenía su despacho y la caja fuerte fue bombardeado. Se derrumbó por completo. Hoy no es más que un montón de escombros, y entre cascotes y cemento estarán sus dólares.

Después de seis días en Meles decidí volver a Turquía. En Siria corríamos peligro. Aunque el pueblo de mi madre estaba bajo dominio del Ejército Libre Sirio, no por ello nos librábamos de un  bombardeo o de qué sé yo.

Ver a mis padres había sido un alivio, pero la despedida fue muy dura. Les dije adiós sabiendo, casi con total certeza, que sería para siempre. De hecho, mi padre murió el día ocho de diciembre.

Mi madre sigue en el pueblo con una hermana a la que pedí que se quedara para cuidarla.

De Meles fuimos hasta la frontera con Turquía dispuestos a viajar hacia Antioquía. Sin embargo, en la frontera los turcos no nos dejaron pasar. No quería enseñar mi pasaporte español porque era peligroso para mí y para mi hijo: por el yihadismo. Mis amigos me habían advertido que me olvidara de mi nacionalidad española: “si lo enseñas, puede que te secuestren para pedir un rescate”.

Tuve mucho miedo. Sufría por Bakri, no por mí. Si nos paraban y veían a mi hijo joven, le podían coger y adiós. No podría hacer nada. Me preguntaba a mí mismo: “¿por qué le he traído conmigo? ¿por qué?”.

Mientras esperábamos, en la frontera vi una de las imágenes que más me atormentan. Una historia horrible. Una mujer acompañada de sus tres hijos pequeños lloraba sin parar. Gritaba que su marido había muerto en la guerra. Había vendido su casa para escapar de una muerte casi segura. Consiguió cruzar a Turquía, pero, por desgracia, la habían descubierto y la acababan de devolver de nuevo a Siria. “Ya no tengo ni un duro, ni casa, ni nada. ¿A dónde voy? ¿A dónde voy?”, decía.

Una mujer acompañada de sus tres hijos pequeños lloraba sin parar. Gritaba que su marido había muerto en la guerra. Había vendido su casa para escapar de una muerte casi segura. Consiguió cruzar a Turquía, pero, por desgracia, la habían descubierto y la acababan de devolver de nuevo a Siria

Al final, ofreciendo dinero nos dejaron entrar. Pagué cuatrocientos euros. Cuando cogí un taxi, ya en suelo turco, le dije al conductor: “no pares hasta Antioquía”. Ahora esa frase me hace gracia, pero hasta llegar allí no pude respirar.

Desde luego, los que llegan a Europa es porque tienen dinero, aunque muchas veces lo han conseguido vendiéndolo todo. Ahora solo se puede salir de Siria con billetes. En el caso de mi sobrino, le costó llegar a Alemania seis mil euros. Mi sobrina ha salido con cinco mil, pero la dejarán sin nada por el camino. Las personas que no tienen nada sólo puede ir a un campo de refugiados en la frontera.

Cuando veo las imágenes de cientos de sirios subiéndose a esas barcas, hacinándose en esos trenes… Siento impotencia al ver su situación y ver cómo viven. Me pongo en su lugar. Comprendo que arriesguen sus vidas. Cuando oigo a mi sobrino Mohamed que me dice: “pero tío, ¿qué voy a hacer aquí? Tengo veinte años y no tengo future”. Acababa de terminar la selectividad. “Si muero pues nada, pero peor voy a estar aquí”, me dice. Yo he visto a ese hombre encerrado en una habitación llorando. Quería que viniera aquí, pero sabía que no podía, porque ya intenté traer a mis padres y no he podido. Me ponen muchas trabas. Tengo una finca preciosa a las afueras de Madrid donde podrían vivir tranquilos, pero me piden unos papeles que tienen que enviarme desde Siria y que mis padres no pueden conseguir porque ya no existen esas instituciones. En Europa te prometen mucho. Se creen que por poner en un cartelBienvenidos refugiados todo está hecho. Pero en España solo han entrado dieciséis refugiados, que yo sepa.

¿Quién es el culpable? Culpo ahora a Bashar al-Assad porque con qué cara va a gobernar. Del año 2000 al 2011 la economía siria mejoró de manera impresionante. Todos mis sobrinos vivían muy bien. ¡Mejor que yo! Veía las cantidades de dinero que tenían y alucinaba. Cuando hablaba con ellos, me contaban sobre los cochazos que se habían comprado. Vivían fenomenal. A mí este presidente no me caía ni bien ni mal. Aguantaba el tirón con él. Ahora no, por supuesto. Él hubiera podido evitar todo esto. Lo que ha pasado en Siria, la guerra, el horror, tantas muertes… Una persona que quiere a su pueblo se retira a tiempo, pero él solo quiere el poder.

Desde el 81 no tengo nación. Cuando abandoné Siria y fui a la embajada para pedir que me renovaran mi pasaporte, no me querían. Entonces perdí mi nación. Y ahora que he pisado tierra siria después de treinta y cinco años, ya no reconozco nada de aquello, del lugar en el que transcurrió mi infancia y parte de mi juventud.

Nihad Kabbani, sirio

*     *     *

Mi padre se llama Ghassan Sayegh y nació en la ciudad de Alepo, donde aún vive. Su padre fue joyero, es el mayor de seis hermanos y siguió con la tradición comprando y vendiendo oro, hasta que adquirió un pequeño local en el zoco de Alepo y se llevó a dos de sus hermanos a trabajar con él. Se casó a los treinta años con Marie Badlissi, que tenía diecinueve y era la hija pequeña de una gran familia de médicos. Tuvieron tres hijos, dos varones y una niña. La vida transcurrió feliz hasta la guerra: viajaron a muchos sitios, los dos tienen estudios y hablan francés. Ahora llevan cinco años sin salir prácticamente de casa, mi padre tiene noventa y seis años, está bastante bien para su edad, y mi madre ochenta y cinco. Ella tiene alzhéimer y lleva varios meses con sonda nasogástrica. Mi hermano Issam vive en Alepo también, envió a su mujer y a sus hijos a Estados Unidos y se quedó cuidando de nuestros padres.

Alepo ahora es un caos.

Es una ciudad tan poblada como Madrid, pero sin luz, sin agua y sin comida. Hay, pero se ha puesto muy cara. Las condiciones higiénicas y sanitarias son casi imposibles. Mi hermano sale son su camioneta llena de bidones a buscar agua para casa y para los vecinos que quedan en el edificio, la mayoría son gente mayor. Va a los pozos de casas conocidas y también han excavado varios pozos en el patio de la iglesia, para que la gente pueda recoger allí el agua. Hay poca higiene: las infecciones están a la orden del día. Los hospitales están colapsados de heridos que entran constantemente, en cuanto les hacen los cuidados necesarios los envían a casa. A mi madre se le rompió la cadera y tuvieron que operarla. Debido a que su familia es muy conocida por ser casi todos médicos no hubo problema y fue atendida y operada rápidamente, pero a los cuatro o cinco días la mandaron para casa y hubo que contratar a un fisioterapeuta para que viniera todos los días a rehabilitarla. No hay muchas medicinas y, cuando las necesita, se las dan contadas o no las suficientes para terminar el tratamiento. Si hay dinero y lo puedes pagar, es la única forma de conseguirlas.

Foto: Business Insider.
Foto: Business Insider.

Hay gente que se está haciendo muy rica con esta guerra. Bueno, con todas las guerras.

Salir de Alepo es posible aunque arriesgado, hay líneas regulares de autobuses que van a Damasco o a Beirut, pero tardan por lo menos el doble que lo que tardaban normalmente, ya que les van guiando por teléfono y les mandan parar cuando hay algún problema, o les cambian la ruta si hay un bombardeo o grupos armados en ese momento por las rutas normales. La mayor parte de mi familia se ha marchado de Siria, pero otros, como mis padres y mi hermano, se han quedado. Mi padre no quería irse de Siria a morir en otro país, pero no se paró a pensar en que si él no se iba su mujer y su hijo tampoco se irían. Él tenía ya noventa y un años cuando empezó la guerra. Ahora, con el aeropuerto de Alepo cerrado desde casi empezada la guerra, con 96 años, poca salud y mi madre muy débil y con alzhéimer es casi imposible sacarles de allí… Todos los días es duro enfrentarse a no sabes qué… Puede caer una bomba, pueden entrar en tu casa y matarte… Mi hermano es el que se está enfrentando solo a todo esto, intentando cuidar de ellos. Solo.

La comunicación telefónica nunca se ha perdido, casi todos los días hablo con ellos, también vía internet, Skype o Facebook. A ellos les llega información del exterior vía satélite o internet, lo que creo es que la información que nos llega a nosotros de allí es sólo la que ciertas potencias quieren. América, Europa, Arabia Saudí, Turquía… han armado hasta los dientes a todos estos grupos terroristas, contra los que ahora luchan, en vez de haber pactado en un principio con Al-Assad, que era el menos malo de todos… ¡Pero había que destruir Siria! ¡No podían dejarnos en paz! Quieren imponer democracia en unos países en los que es imposible tenerla porque, como he dicho antes, su religión no se lo permite. Lo único que han conseguido es fomentar el integrismo, acabar con las minorías, llevar el país a la ruina. Era lo que querían unos cuantos.

La gente se ha marchado de su país dejando atrás su casa, su familia, sus recuerdos…  su vida. Saben que no podrán volver y la generación de niños que ha salido no conocerá jamás su país de origen y se integrará en otras culturas y lo olvidarán…

¿Por qué no acaban con los integristas? ¿Cómo un grupo de integristas puede con el ejército sirio, americano, ruso, francés, inglés turco…? Algo raro pasa… ¿Qué pasa con Arabia Saudí? ¿Por qué no le paran los pies a sabiendas de que están armando a todos estos grupos terroristas? ¿Por qué no intentan imponerles a ellos la democracia? ¿Por qué dejan los turcos pasar a todos los mercenarios integristas para seguir fomentando el integrismo? ¿Por qué les dejan comprar el petróleo de los integristas a unos precios irrisorios? ¿Por qué dejan que bombardeen a los kurdos cuando estos están ayudando a acabar con los integristas? ¿Por qué no controlan las mafias turcas que saquean a los pobres que huyen de la guerra, metiéndoles en barcos que se hunden al poco tiempo de zarpar?

Esto… ¿Qué pasa? ¿Es que nadie lo ve? ¿Nadie se da cuenta? ¿A nadie le importa?

Siria era un país feliz, incluso con todas las limitaciones de libertad que había. ¿Merecía la pena que países extranjeros intervinieran, para según ellos, imponer una democracia? ¿Qué es lo que han conseguido? Los sirios lloramos. Lloramos por nuestro país, por nuestra gente, por nuestra cultura, por nuestras familias, por nuestros muertos, porque nunca volverán a ver a sus padres, a sus hijos, a sus hermanos y porque nunca podrán volver a su país. Esto es lo que han conseguido o lo que querían conseguir todos estos gobiernos involucrados en esta guerra. Todo por fines económicos.

Usted me pregunta qué derechos reconocidos hay en Siria y le digo que hoy en día ninguno. Si tiene dinero, come. Si tiene suerte, no cae la bomba en su casa o no le disparan cuando sale a buscar agua. Las diferencias sociales han desaparecido en parte, los que tenían mucho lo han perdido todo o casi todo y los que tenían poco siguen igual… con poco… o con nada. La gente ayuda en lo que puede. A nosotros, los cristianos, nos está ayudando mucho la Iglesia.

…Saben que no podrán volver y la generación de niños que ha salido no conocerá jamás su país de origen y se integrará en otras culturas y lo olvidarán…

Salí de Siria con veinte años. Mis padres me enviaron a España a estudiar medicina, porque tenía ya aquí dos primos en Zaragoza estudiando medicina, aunque al final no fue lo que estudié ni a lo que me dediqué. Como no he vivido la guerra directamente me pasa como a vosotros: no puedo imaginar el dolor, el hambre, el frío, la enfermedad, el miedo y la impotencia de ver cómo todos están jugando con sus vidas. Es un dolor raro, una pena difícil de describir: el saber que no puedo ir a ver a mis padres y que probablemente no podré volver a verlos. Que no podré volver a andar por las calles de la ciudad que me vio crecer, oír su música callejera de cláxones, gritos de los vendedores ambulantes, risas de los niños. Los olores a especias, a dulces. Volver a reunirme con mis amigos de la escuela, con toda mi familia que ahora anda desperdigada por el mundo…

No sé qué final puede tener esto, pero seguro que no nos va a gustar a nadie. Y algún gobierno se va a arrepentir de lo que está haciendo. A mí, de momento, me han roto la vida, la tranquilidad y la alegría y eso que no vivo allí. No puedo ni imaginar las penurias y las miserias, el dolor, el terror, la desesperación y la impotencia de la gente que ha vivido allí toda su vida y se lo han quitado todo… Todo.

Ghassan Sayegh, sirio

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De todos los refugiados y refugiadas que he visto desde que entré en la organización el que más me marcó fue un niño pequeño, unos seis años tendría. Tenía los ojos rojos y su brazo no tenía de ancho más que un alfiler. Al pobre me lo encontré temblando, muerto de miedo o de frío, no lo sé. El caso es que estaba con su madre, que era lo único que le quedaba en la vida. Juntos habían andado medio mundo, me dijo ella. Se habían escapado de Damasco. “Asesinos y violadores de mujeres y niños, muchos asesinos”, me decía. El chiquillo no levantó la cabeza en ningún momento. Quién sabe lo que habrá visto. Ese día me di cuenta de que yo estaba donde debía estar. La madre era profesora y sabía hablar inglés, así que no tuvimos ningún problema para comunicarnos con ella. Venían de Yarnuk, un campo de Damasco. Es bastante famoso. Allí, agua, poca, y comida, menos. Tampoco tenían medicamentos ni cosas por el estilo. Una ratonera, vamos. La cosa es que tampoco podían salir de allí porque los guardas no les dejaban. Vivían los tres, el padre, la madre y el niño, en mitad del caos. Me dijo luego que allí la gente comía todo lo que encontraba. Que si ves un perro o un gato, te lo comes. O la hierba del suelo. Todo. Como es lógico, pasaron por muchas penurias para llegar hasta aquí. El niño tenía mucho miedo. Me acuerdo de un detalle que me heló la sangre por dentro. Pasaron unos cuantos policías con un perro, y se echó a temblar. Las palizas que le habían dado en el campamento habían hecho que sintiera terror al ver a gente con uniforme. El padre no pasó de Líbano, después de que se escaparan del campo de refugiados: se le infectó una herida que tenía en el pecho y la cosa fue a peor. Lo único que pudieron hacer es estar con él en sus últimos días. Poco más. A su hermano, el hermano de ella, digo, lo reclutaron para la guerra. Se fue a Siria a pegar tiros para el cabronazo ese, el dictador de allí. Al-Assad. Así que estaban solos. Luego nos dimos cuenta, mis compañeros y yo, de que el chaval también tenía fiebre y un montón de picaduras por la barriga. De pasar la noche al aire. Se llamaba Zakariyya, sí, el chico. No medía más que una mesa, ya ves tú. Pues ha tenido que soportar palizas en medio mundo. Oyó que la madre estaba hablando del padre y empezó a llorar como un descosido. Le dimos un bocadillo que llevábamos y lo tapamos un poco con una manta. Luego se puso a jugar con una amiga mía que nos acompañó y se le pasó un poco el disgusto.

Ese fue el que más me marcó, pero no el único, claro. Me acuerdo de otro, un tiarrón grande que no me acuerdo bien cómo se llamaba. Tenía un nombre corto, pero muy raro, no sé. De la zona de Daraa o por ahí. Con ese me comuniqué en árabe, ni idea ni de inglés ni de español. Con eso y con algunos gestos, porque mi árabe tampoco es perfecto. Bueno, que lo encontré hecho una mierda, como a casi todos. Tenía las manos casi despellejadas. Un poco infectadas incluso, creo. Me dijo que era porque había estado trabajando en otro campo de refugiados recogiendo y pelando ajos para venderlos. Con eso y recogiendo latón se ganaba la vida. Se decidió a irse de Siria porque había perdido la esperanza de volver a ver a su mujer, que se la habían llevado los terroristas a rastras de la casa de sus propios padres. Hubo un tiempo que pensó que la dejarían irse o conseguiría escaparse, pero ya no.

Me dijo: “quiero pensar que está muerta”. Yo me quedé mudo.

Mi trabajo dentro de la organización es de traducción. También ayudo de vez en cuando a la hora de recibir a los refugiados y las refugiadas, cada miércoles en la estación de Méndez Álvaro. Allí vamos unos cuantos, cuatro o cinco personas a lo mejor. Lo importante es que haya un coordinador, alguien con coche y otro que traduzca, que es lo que hago yo. La gran mayoría de esa gente no sabe ni chapotear en español y muchos tampoco tienen ni idea de inglés. Sólo se comunican en su idioma, en árabe. Este es otro de los grandes problemas que tienen cuando llegan aquí, que no saben qué hacer, ni con quién hablar, porque no pueden. Me metí ahí porque no podía estarme en casa sin hacer nada, con todo lo que salía en la tele de toda esta gente. De estos que llegaban sin nada. Yo creo que he tenido suerte en la vida. Y aquí estoy. Yo estoy bastante contento con lo que hago, pero con lo poco que podemos ayudar tampoco solucionamos nada y me da rabia. Pero bueno, algo es algo, ¿no?

 Carlos Ayuso, traductor de Red Solidaria de Acogida

 

 

*     *     *

La foto de Aylan –el niño sirio cuyo cadáver apreció en la arena de la playa de Bodrum en Turquía– no sólo dio la vuelta al mundo, también me cambió la vida. Me hizo comprender la gravedad del drama que sufren los refugiados. Llevaba un tiempo pensando en participar en algún tipo de voluntariado internacional y después de ver la foto dejé de pensar. Lo hice. Nada más ver la foto me puse a buscar información como una loca para ver cómo podía ayudar. Leyendo el Huffington Post encontré una mujer que se iba a Budapest con su coche a llevar ropa y comida. Contacté con ella y en tres días montamos la asociación ciudadana Caravana Solidaria de Ayuda Básica a Budapest. Al principio sólo éramos cinco chicas con un objetivo claro: nos íbamos a Hungría. Con lo que tuviéramos cada una, daba igual. Teníamos la ilusión, las ganas y la determinación de querer ayudar. En esto de la solidaridad, querer es poder. Y pudimos. Montamos la página de la asociación en Facebook y empezamos a recibir miles de mensajes de personas que querían aportar su granito de arena. En cinco días conseguimos una repercusión tan grande que Televisión Española y La Sexta se interesaron por nuestra iniciativa. Gracias a la exposición en los medios, la cantidad de ayuda que recibimos, principalmente ropa y mantas, creció de manera exponencial. En una semana superamos todas las expectativas: nos llegaron diez toneladas de mercancía para llevar a Budapest. Se nos fue de las manos. No podíamos llevar esa cantidad, así que se nos ocurrió alquilar un tráiler. Para poder distribuir todo el material contactamos con una ONG local de Budapest que se encargaría de las labores logísticas. El problema ahora era económico. No teníamos dinero para el camión. La respuesta de la gente fue tan brutal que en dos días conseguimos la cantidad necesaria para llevar nuestro cargamento a Budapest. No solo eso, antes de empezar el primer viaje ya teníamos dinero suficiente para una segunda expedición a Grecia. Así, casi sin quererlo, llegamos a Barajas con la mochila cargada de ilusión, amor y responsabilidad. Una vez en Budapest, el cargamento llegó a las instalaciones de la ONG. Nosotras nos fuimos a uno de los pueblos colindantes con Croacia. Queríamos entregar personalmente comida y mantas a todos los refugiados que nos encontrásemos. Tras un largo viaje a lo largo y ancho de la frontera húngaro-croata, conseguimos nuestro objetivo.

En uno de los pueblos había un niño sirio jugando a la pelota con una camiseta de Messi. Inocente, espontáneo, ajeno a la tragedia. Simplemente jugaba. Me acerqué y nos sonreímos. Quería ser futbolista. Le acompañaba su hermana mayor, una chica de diecinueve años. Me contó su historia. Llevaban un mes andando desde Siria, su padre les obligó a marcharse. Era su única opción para intentar tener una vida como la que tenían antes de iniciarse la guerra. Durante el viaje la habían violado. Abrí los brazos, nos miramos, nos fundimos en el abrazo más sincero que podré recibir en mi vida.

Sólo hicieron falta tres palabras: I love you. Rompimos a llorar.

Fueron las lágrimas que quedaban en un niña que, después de abandonar su país, recorrer miles de kilómetros y haber sido violada, se abrazaba al amor que le ofrecía una desconocida, al amor que nos hace sentir que tiene sentido mirar hacia adelante.

«Por el hueco de la ventana del autobús les entregue un paquetito de comida y nos hicimos un selfie»

Después nos dieron el chivatazo de que a cuatro horas de distancia estaban llegando miles de refugiados a otro punto de la frontera. Nos fuimos para poder entregar todo el material que llevábamos en la furgoneta. Cuatro horas a oscuras por carreteras impracticables que superamos gracias a nuestra ilusión por ayudar.

Llegamos a una estación de autobuses donde la policía y el ejército organizaban a la marabunta de refugiados que esperaban su viaje hacia una nueva vida. Además de contar con el apoyo de organizaciones como Cruz Roja, los refugiados también recibían la ayuda de las fuerzas seguridad. No podré olvidar la imagen de varios militares cruzando la frontera con personas exhaustas en sus brazos. Lo que allí viví fue impresionante. En ese momento –finales de septiembre– todo el mundo remaba en una única dirección: ayudar a seres humanos que lo habían perdido todo. Aunque pueda parecer extraño debido a la crudeza de su realidad, la gente sonreía. Su drama estaba un día mas cerca de terminar. La expresión de agradecimiento en sus caras nos hacía felices a todos los que habíamos ido a ayudarles.

En esa estación de autobuses, y después de una noche repartiendo mantas y comida, el karma se acordó de mí. En uno de los vehículos que se dirigían hacia Austria pude despedirme de los hermanos sirios que había conocido horas antes. Fue rápido y no pude abrazarles una vez más. Por el hueco de la ventana del autobús les entregue un paquetito de comida y nos hicimos un selfie. Puede parecer una tontería y algo banal, pero esa foto es la prueba irrefutable de que el amor mueve el mundo. Después de un día recorriendo la frontera entre Hungría y Croacia se nos acabó la comida y la ropa que teníamos. Volvimos a Budapest. Los tres días siguientes nos dedicamos a trabajar con la ONG húngara clasificando las diez toneladas de material que habíamos llevado en el tráiler. Esta labor es imprescindible. Cientos de voluntarios acuden en masa a los almacenes para organizar el material disponible. Ropa de hombre, ropa de niño o mantas, son algunas de las etiquetas que sirven para agilizar la entrega de la ayuda a los refugiados.

Llegó la hora de marcharse. Al llegar a casa sentí un enorme vacío. Los sentimientos de satisfacción y el agradecimiento recibido desataron un oleaje en mi estómago similar a lo que sientes cuando te has enamorado. Entre Hungría y Croacia, rodeada de sufrimiento y observando las miserias que producimos, me enamoré del ser humano y su solidaridad.

 Sonia González Antonete, voluntaria de Caravana Solidaria de Ayuda Básica a Budapest

Continúa la lectura en el lugar donde fue publicado originalmente: Frontera D

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