El terror que habita lo cotidiano en Siete casas vacías

El terror que habita lo cotidiano en Siete casas vacías

José Luis Prado

@pepepradog

El libro Siete casas vacías (Páginas de espuma, 2015.) de la narradora argentina Samanta Schweblin, que fue merecedor del Premio Internacional Narrativa Breve Ribera del Duero, no da concesiones al sentimentalismo, con una prosa cuidada, plantea un espacio en el que, por momentos, sentimos movernos por pequeñas pesadillas.

En ‘Nada de todo esto’, relato en primera persona que abre el libro, narra la historia de una madre y su hija que parecen turistas en una zona residencial; el punto de vista se construye desde la hija y, con el paso acelerado al querer salir de un atasco en el lodo, poco a poco nos perfila el extraño comportamiento de su madre quien ya daba pequeñas muestras de insania: “Desde que tengo memoria hemos salido a mirar casas, hemos sacado de estos jardines flores y macetas inapropiadas. Cambiando regadores de lugar, enderezado buzones de correo, recolectado adornos demasiado pesados para el césped.” Se trata de una historia donde la falta es motor de una trama que se construye con llanto y objetos que pertenecen a otros.

Con un tratamiento en la prosa afilada, ‘Mis padres y mis hijos’ muestra la historia de una familia que intenta pasar unos días en una casa de verano, pero todo se complica una vez que los pequeños hijos se pierden con sus abuelos quienes gustan de pasearse desnudos, la anécdota podría ser, intentar colocar sobre una mesa aquellos prejuicios que se esconden en la desnudez y que, tal ocultamiento los desaparece de la historia.

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‘Pasa siempre en esta casa’ cuenta la historia del viejo Weimer, narrada en primera persona por su vecina quien, encerrada en una pesadilla recoge todos los días una bolsa de ropa del hijo muerto de Weimer. En el relato vamos deambulando también por los pensamientos de quien narra, una reflexión sobre el acto de comunicar: “(Weimer) Parece intuir hacia dónde va esta conversación que no hemos empezado.” De la misma manera, asoma uno más: “y yo pienso…que quizá hay un momento en que el efecto ya no depende de las palabras o en el que lo imposible es la pronunciación”. Pareciera contar la imposibilidad de la comunicación como recurso para decir lo que no existe.

En ‘La respiración cavernaria’, Lola guarda en cajas sus pertenencias, dándole en este acto cierta vulnerabilidad, cierto paso a lo maligno. Espera a su esposo acurrucada en la cama, alargando artificialmente su malestar, para que el hombre se sienta culpable. Un personaje controlador es lo que nos queda en las pinceladas de Lola, quien con la pérdida y el desconcierto, arremete contra nosotros en una incesante repetición de olvidos y recuerdos.

En la historia de ‘Un hombre sin suerte’, nos encontramos frente un atípico personaje que, después de hallar en un hospital a una pequeña sola, decide llevarla a comprar un helado y después la lleva a comprar unas pantaletas negras con corazoncitos. La historia secreta, a la que se refiere Piglia con relación al cuento moderno, sugiere con un silencio delicado, el comportamiento del adulto.

Estos relatos que por momentos parecen absurdos, nos plantean la paradoja de la existencia, estamos frente a ellos queriendo no ser parte de cada una de las escenas de terror que la autora ha sabido cifrar en lo cotidiano, además, se juegan el todo por el todo en una atmósfera nebulosa que inquietan, incluso, al punto de la náusea.

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