El alivio de los ahogados

El alivio de los ahogados

José Luis Prado

@pepepradog

Existen autores a los que uno debe llegar en el momento indicado, no antes ni después. Parece como si existiera una geografía subterránea, líneas que delimitan las fronteras y paradas aduanales y, a su vez, éstas son permeadas desde la lectura. El tema del viaje ha sido para muchos el germen de su escritura, en este momento recuerdo una frase: “No hay viaje sin narración, en un sentido podríamos decir que se viaja para narrar.” Me gustaría, con esta idea, acercarme a la geografía que Luis Felipe Lomelí ha dibujado en su libro El alivio de los ahogados (Cuadrivio, 2013).

El libro de Lomelí se puede leer como relatos integrados que, en unidad, conforman una novela, ya que los cuentos funcionan de manera autosuficiente y configuran, con la ayuda del lector, un todo que adquiere coherencia conforme se avanza en la lectura.

El primer relato ‘Esperanto a Gödel’ es una suerte de viaje iniciático que intenta romper con la cotidianidad. El narrador personaje toma la carretera con un amigo suyo desde Ciudad Juárez y cruzan la frontera para llegar a New México; después la esperanza de una latin party en la universidad; salen de ahí y van a parar a un Applebee´s el único sitio que encuentran en el que pueden fumar. Regresan a la fiesta universitaria. La última escena es un “estacionamiento, malauguradamente vacío”.

El título probablemente sugiere una parodia con el texto casi homófono de Beckett y, en este caso, la espera es por aquel american dream que no llegó, que probablemente nunca ha existido.

En ‘Los viajes ilustran’ la carretera sigue siendo el leitmotiv de la historia, solo que ahora notamos más de cerca a los personajes, sabemos de las fracturas que los componen o los desarman. Conocemos, por Martha, a Cinthya una singular poeta. En el viaje, son detenidos por oficiales de inmigración estadounidense y tienen que inventarse una mentira: “les dijimos que habíamos hecho el viaje porque queríamos conocer el lugar que Pancho Villa había invadido durante la Revolución Mexicana y que, como no había lugares para cenar abiertos en Columbus, habíamos cruzado la frontera para echarnos unos tacos.”

Columna

El relato avanza y volvemos a encontrarnos con unas viñetas que parecen haber sido talladas con un tratamiento poético y que permiten reconocer las fracturas del personaje, la ruptura amorosa que en el personaje de Eusebio se muestra como un alejamiento: “Y hablaba Eusebio como aquel que quiere sentirse lejos, del que trata de convencerse a sí mismo de un pasado, mientras la luz se iba del desierto y Columbus era como la esperanza de un enfermo terminal.”

Una vez más, vemos aquella utopía del American way of life tirado a la basura como quien se deshace de un cuerpo en alguna carretera en medio del desierto.

‘Ciclones en una taza de café’ es el último relato y cuenta la historia de tres personajes científicos que hacen ciencia con la teoría del caos, mientras pretenden con el mismo experimento obtener resultados distintos. El intento de distraerse dejando caer una gota de leche en la taza para no ver el desierto que los rodea. Un ejercicio en el que caemos en cuenta de que el mismo resultado permite distintas historias.

El libro de Luis Felipe es una agradable introspección que muestra la experiencia de sus personajes mientras se mueven; el trayecto deviene en cambio, la frontera es la hibridación en sus formas, en el lenguaje, por lo tanto, el viaje, como decía la cita, siempre será un modo narrativo.

José Luis Prado ha sido becario del Fondo estatal para la cultura y las artes de Puebla en las emisiones 2011 y 2013 en la disciplina de cuento; publica en revistas nacionales e internacionales. Actualmente imparte talleres de cuento en la Escuela de Escritura y en los talleres artísticos de la BUAP.

NO COMMENTS

Leave a Reply

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.