Ocupar el territorio

Ocupar el territorio

Una crónica íntima y reflexiva sobre el trabajo que realizan en la Universidad Campesina Indígena en la sierra de Puebla

Foto: Cortesía
Foto: Ely Metztli
Marta Sanuy

(Primera parte)

—¿Dónde estás? -preguntó Ely cuando me perdí en la Capu.

—Delante del Oxxo -dije y respondió con una carcajada.

A esas horas todavía no sabía el grosor de mi tontería, luego, en el encuentro de la maestría de narrativa de la Universidad Campesina Indígena, me enteré de que en México se abre un Oxxo cada ocho minutos.

Nada más salir de Puebla empecé a ver extensas milpas recién sembradas que me hicieron pensar en el despojo de las semillas, luego celebré la segunda equivocación. No era maíz transgénico. El maíz aquí es el núcleo de todas las resistencias y cuando alguien teme haber perdido una especie no tiene más que comentarlo, alguien la guardó y se la compartirá:

—Ya perdí el maíz rojo y uno negro.

—Yo aún tengo aunque hace mucho que no lo siembro, te lo voy a dar y prueba si sirve.

Nos cuenta Ramón que oyó hace poco en una taquería. Todos los campesinos saben que las semillas están en la antípoda del mundo bursátil. Cuántas más regalas, más tienes.

Foto: Cortesía
Foto: Ely Metztli

Luego, sentadas en una esquina de Ixtacamaxtitlán, mientras buscábamos transporte, la señora de la tienda nos dice, enseguida, que aquí no va entrar la minera a quitarles lo poquito que tienen y que mejor que nos vayamos caminando porque ya no va a pasar ningún camión. Pero pasa vacío el que acaba de dejarnos y nos lleva por una carretera a la que no le caben más piedras ni más desprendimientos, la ha construido la minera.

—¿Y si le caen a alguien encima? -pregunto, otra vez ingenua.

—Pues mejor, uno menos -me responde Vale a la vuelta.

—Claro, ¿cómo se van a preocupar por la carretera si van a envenenarlos con arsénico?

Y me acuerdo de esa historia que cuenta Juan cuando hablamos del progreso:

Construyeron una carretera en la comunidad para que los niños fueran a la escuela: desde entonces no va ninguno porque se queman los pies.

Foto: Cortesía
Foto: Ely Metztli

Lueguito llegamos a un paraíso donde nos cuentan que alojan a 38 chicos de la preparatoria que vienen de zonas conflictivas, sobre todo de Guerrero. Caro y Mariana, con un buen café en una terraza de madera que da al barranco, se apresuran a ponernos al corriente sobre qué significa narratividad aquí. Nos hablan la construcción del sujeto como un cruce de relatos, del valor de la experiencia particular, de que la conciencia, el conocimiento y el lenguaje son inseparables y el saber se construye entre todos empelabrando el mundo. Y allá vamos, a la primera Asamblea, en la que hablan de ellos mismos como comunidad. Hubo suerte, se fue la luz y nos sobrevolaron las luciérnagas mientras se buscaba cómo usar las capacidades del grupo para interrumpir lo que nos interrumpe, se nombraba la importancia de no dar por sentado, la obligación de ser poroso, de relacionarnos desde el asombro, de mantener lo sorpresivo porque no nos sabemos, estamos en movimiento. También se habló de la renovación cuando llega alguien nuevo: a Ely y a mí nos resonó esa estupenda acogida. Me obligué a elegir una palabra de esa reunión y averigüé que la que más se había repetido fue “cuidados”.

Foto: Cortesía
Foto: Ely Metztli

Dedicamos la mañana del sábado, después de un rico desayuno, a enumerar los territorios entre todos: El territorio es el cuerpo y es la casa, donde habito. Donde puedo construir. El entretejido de veredas y relaciones presentes, pasadas y futuras. El territorio es el refugio, que ha sido despojado por los objetos en serie que nos invaden. El territorio es donde desempeño mi trabajo. Es la tecnología. Y también está el territorio de las abejas, el sagrado y el de los seres invisibles. Y el territorio como espacio-temporalidad: el territorio de la narrativa.

Lo que hace el sistema es desterritorializarnos. Hacer que emigremos es el modo más radical de despojo, pero uno puede ser expulsado de su propio territorio aun cuando le dejen permanecer en él.  Por eso tenemos que aprender a defendernos y a cuidarnos, a ocupar nuestros territorios: la deshabilitación ha sido tan arrasadora que es urgente descubrir las capacidades y posibilidades imaginativas que cada cual y entre todos tenemos. Si se logra remover un poco el piso de lo que hacemos y cómo lo hacemos lo veríamos como que avanzamos. Hemos venido a cuestionarnos para sentirnos fortalecidos.

Dijo alguien. Y se pusieron a trabajar.

Marta Sanuy es una periodista española, lectora empedernida y contadora de historias que ha llegado a Puebla en búsqueda de cronistas.    

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