Mi amigo el burócrata
Una historia poblana en tiempos electorales
Por Mely Arellano @melyarel
04 de junio, 2016
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Mely Arellano

@melyarel

Tengo un amigo burócrata. No es cualquier improvisado, tiene años de experiencia. Como quien dice “la ha sabido hacer”, porque ha caído en buenos puestos, con buenos sueldos.

Mi amigo ha visto muchas cosas a lo largo de los años (más de 10) que lleva como burócrata. Pero lo peor lo ha visto este año, en estas campañas electorales.

Vamos a suponer, para no estarme refiriendo a él como «mi amigo burócrata», que se llama Toño.

A Toño, dado que lleva tantos años trabajando en el gobierno (estatal y municipal), le han tocado varias elecciones.

Hasta ahora esos eventos con los que presumimos ser un Estado democrático no le causaban más molestia que la que causan al resto, ya se sabe: la publicidad, los jingles ridículos, los spots mentirosos, las caras de candidatas y candidatos atrás de autobuses, en espectaculares, en los parabuses, sus voces falsamente entusiastas en la radio, en fin, basura electoral.

Pero esta vez a Toño le pasó algo que nunca le había pasado. Primero le pidieron que llevara fotocopias de 5 credenciales para votar incluyendo números de teléfono. No le gustó que se lo pidieran pero cumplió —pobre Toño, tengo muy presente su cara de frustración- pensando que ahí quedaría la cosa. Sin embargo pocos días después lo «invitaron» a hacer campaña por cierto candidatura. «No es obligatorio -le dijo su jefe- pero se tomará en cuenta». Así que de las 22 personas que trabajan en su oficinas, 21 comenzaron a ir los fines de semana a hacer propaganda, tocando casa por casa, pidiendo datos de credenciales del INE y teléfonos (información que no sabe para qué usarán), a cambio de sombrillas, playeras, bolsas o alguno de esos artículos promocionales harto feos pero con cierta utilidad doméstica.

Toño dedicó varios fines de semana para sostener cientos de conversaciones más o menos así:

–¿Ya conoce a __________?

–Uy no, quién es, joven.

–Bla, bla, bla (soltaba una letanía de adjetivos que llevaba escritos y que le dieron junto con su gorra y su playera).

–Uy no, ni le conocemos. Además ni voy a votar, no sirve para nada.

También, por supuesto, tuvo que ir a algunos eventos masivos, donde sus compañeros más jóvenes aprovechaban el anonimato que otorga la multitud para desquitar su frustración gritándole ofensas y burlándose de quien que minutos antes promocionaban.

Toño se siente molesto e indignado, pero le consuela que sólo él sabe por quién va a votar. Así que lo imagino sonriendo mientras elige su opción en la boleta electoral, la deposita en la urna y sale de la casilla.

Así las cosas. Así.

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Mely Arellano