La lectura confesional como parte de una crítica

La lectura confesional como parte de una crítica

José Luis Prado

@pepepradog

Me gustaría pensar que uno conoce a los autores por sus lecturas, proyecto que parece, por lo demás, una utopía. Este no es un hecho determinante; sin embargo, puede dar pie a una profundidad en el acercamiento de la obra, ya que este tipo de escritura confesional por medio de la lectura es una especie de materia viva y autobiográfica de los escritores de ficción. Existen, para mí, tres libros latinoamericanos que dan cuenta de esto, Formas Breves de Piglia, Entre paréntesis de Bolaño y El arte de la fuga de Sergio Pitol. Añadiría, después de mi lectura, un libro de Daniel Sada en su faceta de lector. En uno de los prólogos que componen El temple deslumbrante (Posdata editores, 2013), Héctor Iván González retoma la agudeza lectora de Sada, quizá como uno de los más perspicaces del siglo XX mexicano.

El también autor de La duración de los empeños simples, fue muy detenido en lo que se refiere a sus correcciones, prefería construir su obra de ficción antes que escritos de ocasión, aún así, mantuvo una columna mensual en el diario Reforma El buscavidas, de tal suerte que esta antología nos permite echar un vistazo a los asuntos que le importaban de otros autores.

Roberto Bolaño dijo de Daniel Sada que era un autor radical, cuyo proyecto de escritura, le parecía el más arriesgado. En este libro podemos seguir la misma línea del pensamiento planteado por el escritor chileno; los textos editados por Posdata, presentan acercamientos agudos a personajes tan disímiles como Wittgenstein, Don Delillo, José Revueltas o Enrique Vila-Matas; algunas apreciaciones de la creación literaria como el tropo aposiópesis, el cuento y sus fórmulas, y sobre la crónica urbana, además de un par de textos que detallan su horizonte literario, me refiero a un prólogo a El Llano en llamas y, otro más al libro La escritura obsesiva de Salvador Elizondo.

El temple deslumbrante

En el texto ‘Así escribo’ propone algunas viñetas en las que desmenuza algunos planteamientos sobre su proceso creativo así, nos invita a estar dispuesto a aprender de todo y de todos; prefiere las mañanas para escribir porque se experimenta mayor frescura; no ser democrático en la literatura y entender que el gusto personal no determina la calidad de un texto; el ritmo de la prosa ya que ayuda a la concentración del lector; vislumbrar un final hipotético o tener claro siempre hacia donde se dirige la historia; no caer en la solemnidad y tampoco en la vulgaridad; la literatura está hecha de laboriosidad y talento.

‘Hemingway envidiaba a Fitzgerald’ cuenta una anécdota recogida por Zelda, la esposa de Francis Scott, en la que Ernest confiesa que era un sacrificio para él escribir novelas, Fitzgerald responde que él no corregía ni siquiera una coma. Ernest se tomó en serio las palabras del autor neoyorkino. A partir de esto, Sada puede observar como Hemingway sufrió con su sencillez perfeccionista y lo compara a la figura de Scott Fitzgerald que es como la de un vergel irrepetible.

Hay mucho puntos que, por razones de espacio no me detendré a comentar, espero, sin embargo, que baste con lo dicho para justificar la invitación a leer este libro de un autor que sigue influenciando a escritores, y que la lectura de estos textos, que son como una breve charla con el autor, puedan ser puntos de fuga para salir a leer a los autores que nos ha mencionado.

José Luis Prado ha sido becario del Fondo estatal para la cultura y las artes de Puebla en las emisiones 2011 y 2013 en la disciplina de cuento; publica en revistas nacionales e internacionales. Actualmente imparte talleres de cuento en la Escuela de Escritura y en los talleres artísticos de la BUAP.

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