Aranzazú Ayala Martínez

@aranhera

Hace mucho calor. Demasiado para una ciudad a miles de metros sobre el nivel del mar. Parece que desde que iniciaron las campañas el sol se ensañó contra las brigadas de jóvenes (y uno que otro no tan joven) que gritaban porras y repartían casi de manera desquiciada artículos promocionales de tal o cual coalición electoral.

Durante dos meses las principales avenidas de Puebla se inundaron, además de la tradicional basura electoral de volantes, los insistentes espectaculares y los microperforados, de grupos de jóvenes con playeras y gorras de esto o el otro color, coreando, ondeando banderas, echando porras y bailando. Algunas de las consignas dedicadas al partido opositor, entre albur y ofensa. Otras invitaban a la gente a “apagar la tele y prender los libros” y por supuesto a salir a votar.

–¿Y te pagan?

–Fshh (un sonido como silbido, asintiendo con la cabeza).

El muchacho no rebasa los 20 años. Tiene lentes oscuros, oculta su mirada.

–¿Y cuánto?

Responde con una seña de un dedo y después la mitad.

–¿O sea, 150 pesos?

–Sí.

Después toma su bandera y se va otra vez, acercándose a la calle. Ese miércoles la brigada estaba resguardada del sol abajo del puente de uno de los fallidos distribuidores viales de la ciudad. Todo el espacio que ocupan regularmente los limpiaparabrisas o ambulantes era ahora de casi 40 personas –unas de un lado de la avenida y otras del otro–. La mayoría jóvenes, menores de 20 años, que escuchaban psytrance en una bocina tronada. Platicaban entre ellos sin hacer mucho contacto visual con los intrusos que tomaban fotos y los querían entrevistar. El líder, “J”, era más desconfiado que ellos. «¿Para qué graban? ¿Qué quieren saber? Acuérdense que hay elecciones y pues la cosa no está tan fácil». Nunca sonrió ni tampoco perdía de vista lo que hacían los chicos a cargo suyo. En esa brigada había señoras con sus hijos: nos explicaron que eran líderes de colonias que apoyaban a su partido y lo hacían como retribución. 

Uno de los coordinadores, con los dientes superiores manchados y lentes de sol sobre la frente dice que vienen de colonias lejanas, después de que se acaban los atractivos turísticos y las megaobras. La ciudad oculta, la Puebla que queda rezagada de los programas sociales y la modernidad, donde viven más del 75% de los poblanos: de ahí es donde los partidos sacan el apoyo. Estamos cerca de la Universidad Iberoamericana y de este grupo de personas ninguna vive cerca. 

***

Es otro día y es otro crucero. Otro partido, otro color. Ya no es de mañana sino por la tarde, antes de que se meta el sol, en la peor hora de calor. Algunos de los chicos parece que están ahí por gusto. O como si hubieran ensayado perfectamente un guión con pasos de baile y sonrisas. Pero cada vez que se pone el semáforo en “siga”, regresan a la banqueta a platicar entre ellos, a hablar de otras cosas. Los líderes de la brigada vienen de Sonora. Allá les fue muy bien, dicen. Su estrategia hizo que su candidata resultara ganadora y vinieron a replicar la propuesta. Ellos son los que parece que realmente están ahí por gusto, juran que no les pagan nada. Llevan casi un mes en Puebla movilizando a casi 200 jóvenes, la mayoría estudiantes universitarios.

Pero todos los líderes, de ambos colores, juran que no les pagan. No recibimos ni un peso, repiten, y escupen las palabras ya memorizadas como cualquier jugador de futbol en entrevista posterior a un juego. Juran que son diferentes, que su propuesta es novedosa, aunque las brigadas hacen lo mismo. Unas tienen incluso una botarga que de vez en vez se asoma del traje y deja ver un hombre con la cabeza vendada, lleno de sudor. Entre varios corren y le arrebatan la cabeza de fieltro y empiezan a golpearse con ella, riendo. Ignoran a los automovilistas que esperan, estáticos, que el semáforo se ponga en verde y no tengan que aguantar la insistencia de las porras y los volantes.

Pareciera que los chicos están entrenados para no decir nada a los intrusos. ¿Les pagan? No. Una dice que sí, los otros la ven como molestos. 

El color de las playeras y las gorras termina siendo el mismo bajo el sol. Siempre una parte de jóvenes se oculta en la sombra, desganados. Los patrones se repiten: los que tienen cara de hartazgo, los que de verdad dejan la vida cada que el semáforo se pone en rojo y piden a las personas que salgan a votar este 5 de junio, y los que miran sospechosos.

Desde el centro del escuadrón de publicidad todo parece aún más mecánico. Los jóvenes platican entre ellos; unos ya son amigos de tiempo, vecinos o hasta familiares. Otros más se conocieron, dicen, en los movimientos juveniles o de mujeres de algún partido. Muy pocos se permiten ver enojados o hastiados.

***

Es viernes y en un momento una de las chicas se tira bajo un árbol. Le está pegando la insolación y dos de sus compañeros tratan de reanimarla. No se da cuenta que la observamos cuando después de tomar agua se sienta, derrotada, bajo la poca sombra que hay. Cierra los ojos y parece que quiere descansar del bullicio electoral. Estaba a 5 días de que acabara la desesperación. Pero bueno, al final por dos meses de enloquecer las calles se llevó cerca de 8 mil pesos. Nada mal para un estado con altos niveles de desempleo e informalidad. Nada mal para un país que no ofrece nada a los jóvenes.

***

Las campañas se acabaron y la marabunta frenética de colores desapareció de las calles. Regresaron a sus colonias, alejadas del centro de la ciudad y de la modernidad de las partes más exclusivas de la capital, para guardarse hasta que llegue alguien en unos años a ofrecerles 150 pesos por dejar su alma en la calle.

Periodista en constante formación, interesada en cobertura de Derechos Humanos y movimientos sociales. Reportera de día, raver de noche. Segundo lugar en categoría Crónica. Premio Cuauhtémoc Moctezuma al Periodismo Puebla 2014. Tercer lugar en el concurso “Género y Justicia” de SCJN, ONU Mujeres y Periodistas de a Pie. Octubre 2014

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