Discapacidad visual como causa de depresión en adolescentes

Discapacidad visual como causa de depresión en adolescentes

 Jorge Antonio Estévez Alarcón | Cyntia Elizabeth Ticante Calderón | Elizabeth Paulina Ortiz Vázquez

En los últimos años la depresión ha tenido mayor incidencia y afección a nivel mundial, siendo “catalogada como uno de los problemas que más sufrimiento causa en las personas y que en distintos grados afecta a un porcentaje muy alto de la población sin diferencia de género, edad y nivel socioeconómico” (Arrivillaga, Cortés, Goicochea & Lozano, 2003); y se estima que para el año 2020 será la segunda causa de carga de enfermedad en el mundo, representando el 3.4% de la carga total de enfermedad. (Pardo, Sandoval y Umbarila, 2004).

Representa un problema debido a que afecta de forma significativa a los seres humanos en la salud y las relaciones interpersonales puesto que, como nos dicen Cassano y Fava (2002), aumenta el índice de suicidios y homicidios, así como el incremento de conductas de riesgo y el consumo de drogas.

La cantidad de personas con depresión es significativa puesto que en todo el mundo existen alrededor de 350 millones de personas que padecen esta enfermedad, según lo muestra un estudio realizado por la Organización Mundial de la Salud en 2016.

Se considera que la discapacidad visual, como parte del grupo de las enfermedades crónicas, podría llegar a convertirse en un desencadenante depresivo importante.

El registro de prevalencia de personas con discapacidad visual en México y todo el mundo es muy limitado, y sólo se han hecho encuestas sobre las discapacidades en general. Sin embargo, Suárez (2011) muestra el registro que se tiene de 2010 de la Organización Mundial de la Salud, el cual informa que cerca del 10% de la población mundial posee una discapacidad, lo que representa 650 millones de personas, y que de esta cifra, la discapacidad visual y la ceguera ocupan el 48% de las discapacidades globales, es decir, 314 millones de personas (Suárez, 2011). De esta forma, la discapacidad visual, al igual que la depresión son problemas que afectan a gran parte de la población mundial, sin embargo el no tener registros recientes sobre personas con ésta discapacidad refleja la poca importancia y atención que se le está dando.

Al mismo tiempo la etapa de la adolescencia podría representar mayor vulnerabilidad a caer en un cuadro depresivo, ya que en ésta se demanda establecer un sentido de identidad, autonomía y éxito personal y social (Blum, 2000 en Pardo, Sandoval y Umbarila, 2004), aspectos que podrían verse limitados cuando se padece una enfermedad como la discapacidad visual.

Es por ello que, se considera importante retomar el estudio de la discapacidad visual como causa de depresión, en primer lugar, porque representa un “problema de salud pública que requiere mayor y mejor atención” (González, Hermosillo, Vacío, Peralta, y Wagner, 2015, pp. 149), también porque los adolescentes ocupan un porcentaje muy alto de la población mundial formando el 26.94% de la población total de acuerdo con el Censo de Población y Vivienda de 2011, y por último, caracterizar a la población de jóvenes estudiantes con sus rasgos, riesgos y presencia de enfermedad, como lo representan los adolescentes con discapacidad visual, es de singular importancia para su educación integral, trascendencia como individuos y como futuros profesionales (Arrivillaga, Cortés, Goicochea & Lozano, 2003).

Efectivamente, existen diversas teorías que abordan el tema de la depresión, como las conductuales (Sanz y Vázquez, 1995, p. 12), las interpersonales (1980), la teoría de la desesperanza (Abramson, Metaisky y Alloy, 1989), la teoría cognitiva de Bec (Beck, Rush, Shaw y Emery, 1979), entre otras, entre muchas otras. Pero estas teorías no coinciden con la mirada de los autores de esta investigación, pues todas ellas hacen referencia a elementos externos o de comportamiento, y no nos hablan del sujeto, de los procesos que atraviesa la persona para llegar a la depresión, y más importante aún: para salir de ella.

Por ende, nos es realmente significativo exponer la teoría de la Indefensión aprendida de Seligman (1967), que a sabiendas de que ha sido una teoría muy criticada, es rescatable la idea de que el sujeto aprende a creer que está indefenso, aprende a creer que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra, y que cualquier cosa que haga es inútil.

Entonces, ¿no es lo mismo lo que pasa con los adolescentes?

Sin importar que haya una discapacidad o no, las situaciones adversas pueden orillar a los adolescentes hacia alguna manifestación de indefensión aprendida. Un adolescente con discapacidad visual, por ejemplo, podría llegar a sentir que no tiene ningún control sobre la situación en la que se encuentra y que cualquier cosa que haga es inútil, y que aun cuando se le otorgue la posibilidad de cambiar su estado, decidirá simplemente no hacerlo. (García 2013).

Los autores son estudiantes  de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Este texto se encuentra en: http://circulodeescritores.blogspot.com

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Pero lo bonito de esta teoría no es la idea de que aprendemos a sentirnos indefensos, sino, que hay otra alternativa: la del optimismo (Sánchez, Méndez, 2009), pues el optimismo nos hace ver los eventos como algo externo y temporal, y no interno y permanente. El optimismo como la manifestación de un deseo, puede prevenir la depresión.

 

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