Vivir con VIH y ser soldado: una historia de exclusión y hostigamiento

Vivir con VIH y ser soldado: una historia de exclusión y hostigamiento

Ámbar Barrera

@Dra_Caos

—Desde que era niño quise ser soldado. A mí me gusta escribir y los escritores que más me gustan, Miguel de Cervantes y Calderón de la Barca, fueron militares, entonces fue como un requisito que yo me autoimpuse –cuenta Elías–. Y la verdad cuando ingresé dije: “hago mis 3 años y me voy”, pero antes de los 3 años me gustó. No tenía terminada la prepa y mi tirada era irme a la escuela de formación de sargentos de transmisiones.

Elías Flores tiene 28 años, es originario de Veracruz, lleva casi 10 años sirviendo en la milicia mexicana y pese a sus ganas de crecer y ascender, es y será únicamente un cabo, apenas un escalafón arriba del soldado raso, porque vive con VIH (Virus de Inmunodeficiencia Humana).

El Ejército le ha dejado claro en varias ocasiones que su condición médica es excluyente para estudiar en cualquier institución militar y, por lo tanto, para ascender de rango. Sin embargo cuando sus superiores han intentado modificar sus funciones —por ejemplo incluirlo en el Plan DN-III para auxilio a la población en casos de contingencia- su condición médica no es tomada en cuenta.

—Si, según ellos, puedo hacer servicio de arma, desvelarme, salir a operación, meterme a un río de aguas negras (en el Plan DN-III)… entonces puedo también, en una escuela militar, salir a nadar a las 5am, no habría problema. Que nos acepten en todo y no nada más en lo que les conviene.

Elías tenía 22 años de vida y apenas un año en el Ejército cuando terminó la preparatoria por medio del Centro Nacional de Evaluación para la Educación Superior (Ceneval) con un promedio de 9.5. Tenía muy presente la cita para finalmente recoger su certificado: 9 de diciembre. Sin embargo, 2 días antes y como resultado de unos estudios médicos de rutina fue diagnosticado como portador del VIH.

La noticia no le causó conflicto al menos al principio, creyó que no afectaría su carrera en el Ejército y siguió con el plan para convertirse en ingeniero en comunicaciones, electrónica o informática.

Dos años después (en 2010) intentó participar en la convocatoria para ingresar a una institución militar para estudiar, lo que también le daría un ascenso como Sargento y entonces llegó la primera negativa.

En los lineamientos de las instituciones educativas militares se considera que las personas con “padecimientos que afecten cualquiera de los elementos del sistema inmunológico de defensa, aún cuando se encuentren controlados después de tratamiento” son “no aptas”, y por lo tanto no son admitidas.

Fue en 2008 cuando la Ley del Instituto de Seguridad Social para las Fuerzas Armadas se reformó en algunos artículos eliminando la portación del VIH como una causal de baja, y catalogado como un “trastorno funcional del menos de 20%”.

Eso significaba que a Elías le darían un certificado médico con las especificaciones de su “trastorno funcional” y tendría que dar parte a sus superiores. Y así comenzó la serie de inconsistencias por parte de la administración y sus superiores respecto de lo que puede o no hacer, y también dio paso a circunstancias de acoso, burla y discriminación por vivir con VIH.

—¡Entonces por qué no te largas! El coronel ya dio la orden de que todos vamos a salir y si no puedes eso te pasa por puto, por sidoso y ojalá te mueras para que dejes de estar dando lata.

Contexto y antecedentes

En 2004 se estableció en Brasil el Comité de Prevención y control de VIH/SIDA de las Fuerzas Armadas (Coprecos), con la presencia y participación de los representantes de las Fuerzas Armadas de 12 países latinoamericanos.

En esa reunión se hizo énfasis, entre otras cosas, en “la ausencia de criterios uniformes en las Fuerzas Armadas y policías respecto del ingreso, permanencia y baja de los militares que viven con el VIH/SIDA”.

También se reconoció la necesidad de una vigilancia epidemiológica, y la garantía para que quienes viven con VIH/SIDA dentro de las Fuerzas Armadas tengan acceso a la distribución de antirretrovirales para aumentar la esperanza y calidad de vida.

A tan sólo un año de las declaraciones de Coprecos, 19 países latinoamericanos y del Caribe se sumaron a las propuestas, sin embargo y desde entonces México rechazó la invitación.

Según Ricardo Hernández Forcada, director del programa de VIH/Sida y Derechos Humanos de la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), desde la creación de ese organismo en 1994 se tiene registro de 1260 expedientes relacionados con el tema de VIH.

El motivo más frecuente de las quejas se relaciona con problemas en la atención médica, fundamentalmente en relación con el desabasto de medicamento; las que son propiamente por discriminación representan un 25% de los casos, quedando en tercer lugar como causa de queja.

De esos 1260 expedientes, la CNDH ha recibido 72 relacionadas con violaciones de los derechos humanos de miembros de las Fuerzas Armadas. En 45 de los casos se señala como autoridad presunta responsable a la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena) y en 27 a la Secretaría de Marina (Semar). Los principales motivos de queja fueron la rescisión de la relación laboral y la negativa de atención médica.

Estrictamente, Hernández Forcada menciona que, por el motivo de discriminación (es decir, por excluir o restringir derechos), las últimas quejas a la CNDH relacionadas con el VIH y la milicia fueron en 2008, lo que derivó también en las últimas 3 recomendaciones emitidas: la número 48, 49 y 52 de ese año.

De acuerdo con una solicitud de información (folio 0000700049916) hasta la fecha la Sedena no cuenta oficialmente con un programa fijo que atienda el tema de discriminación por VIH/SIDA.

Historial de discriminación

En 2010, cuando Elías se dio cuenta que desde la normativa de la milicia estaba imposibilitado para estudiar y para ascender de grado, buscó ayuda legal pero su caso no prosperó, según le explicaron, porque cuando lo hizo había pasado demasiado tiempo.

—Hay que ser francos. Muchos ya están bien como están. Más que nada los que están en batallones: van medio día, no trabajan fines de semana y ya. El problema es para los que estamos en las dependencias. El horario es igual pero el estrés es más.

Él trabaja en la Fuerza Aérea Mexicana haciendo trabajos técnicos y de oficina, algo que en el Ejército se conoce como “servicio económico”.

Para conseguirlo, en 2011 tramitó su reclasificación de un área donde ocasionalmente tenía que cumplir con “servicios de arma”, que implicaban un desgaste físico mayor. En esa petición incluyó una queja por la negativa para permitirle estudiar, frustrando así sus planes de superación.

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Foto: Marlene Martínez

En respuesta, sus superiores lo exhortaron a realizar estudios en algún plantel educativo del ámbito civil aduciendo que “el hecho de exigir un estado de salud “sano y útil” al personal de aspirantes a ingresar a algún plantel de educación militar, obedece a que las exigencias de la vida castrense, son normalmente demandantes y requieren del individuo una amplia capacidad física y mental, para cumplir con su cometido, sin tener en modo alguno esa medida, un propósito discriminatorio o restrictivo”.

El espíritu de tal justificación es contraria al artículo 22 del Reglamento General de Deberes Militares, que estipula: “Todos los miembros del Ejército cualesquiera que sea su jerarquía o situación, tendrán obligación de estudiar constantemente para estar en condiciones de poder desempeñar con toda eficiencia, la misión que les corresponda”.

En la respuesta ya referida, lo exhortan además a “que en el futuro, se dirija directamente a la Comandancia de la Brigada o a la Jefatura del Estado Mayor de este Cuartel General cuando tenga necesidad de tratar algún asunto de carácter profesional o privado, a fin de brindarle el apoyo requerido, recomendándole además evitar el contacto y no dejarse influenciar por personas desafectas al Instituto Armado, lo que puede ocasionarle un problema legal, de conformidad con nuestras Leyes y Reglamentos Militares”.

Y es que, en efecto, la Ley de Disciplina del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos y el Reglamento General de Deberes Militares están llenos de conceptos que hacen alusión a una conducta de honor, buena imagen, discreción y rigurosa obediencia.

—Yo ya he visto casos en donde se quejan con la CNDH y cuando llega la notificación los arrestan y los asustan. A mí no me van a asustar.

La discriminación que no puede comprobarse

Pero los problemas de Elías comenzaron antes de su reclasificación, en 2011, cuando era asignado para salir, por ejemplo como escolta de su general, y él se negaba por su condición médica, pero sus compañeros consideraban que gozaba de privilegios

Su cautela tenía fundamentos: padeció graves problemas de salud por el estrés y por intolerancia a ciertos medicamentos, lo que llegó a deteriorar su sistema inmune y a disminuir sus células CD4 a 200, en el límite para diagnosticarlo con SIDA. Salir a cualquier misión en campo le significa siempre un riesgo latente.

A mediados del 2015 y ya con un historial de hostigamiento de sus compañeros de mayor e igual grado, interpuso una queja en la CNDH luego de haber sido ofendido por un sargento segundo, por negarse a cubrir un Plan DN-III que finalmente no se activó.

Según declaró Elías, el sargento segundo le gritó frente a sus compañeros e incluso otras brigadas:

—¡Entonces por qué no te largas! El coronel ya dio la orden de que todos vamos a salir y si no puedes eso te pasa por puto, por sidoso y ojalá te mueras para que dejes de estar dando lata.

En la escena estaban presentes su coronel y el sargento primero.  El asunto pudo resolverse en el plano doméstico, pues la Ley de Disciplina del Ejército y Fuerza Aérea Mexicanos “exige respeto y consideraciones mutuas entre el superior y el subalterno, la infracción de esta norma de conducta se castigará de conformidad con las Leyes y Reglamentos Militares” (artículo 4).

Y el Reglamento General de Deberes Militares dice en su Artículo 73 sobre el Sargento Segundo: “No impedirá ni entorpecerá el ejercicio de las funciones de los Cabos, ni los maltratará de palabra u otra manera”.

Pero nada pasó.

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Foto: Marlene Martínez

Tres meses después llegó el documento de la CNDH donde pedía una explicación de los hechos. La respuesta del comandante, el sargento primero y el sargento segundo fue la misma: manifestaron desconocer a detalle su condición médica y negaron la burla verbal.

Justo después de responder a la CNDH, un arresto se giró para Elías por, supuestamente, no haber dado parte de su condición serológica. La orden de aquel arresto (también llamado correctivo disciplinario), pasó por sus manos y alcanzó a leer que la orden era dada por el Secretario de la Defensa por “haber dado mala imagen a la Sedena”.

—Yo ya he visto casos en donde se quejan con la CNDH y cuando llega la notificación los arrestan y los asustan. A mí no me van a asustar.

Al arresto de 72 horas siguieron otros correctivos (que antes no había recibido) por impuntualidad o por usar su celular, supuestamente, en lugares y momentos prohibidos. Él cree que es una manera de intimidación.

Aun así realizó una ampliación de su queja en la CNDH, explicando que su condición serológica quedó estipulada oficialmente desde que fue diagnosticado e incluía una copia para todos sus superiores. Además reiteró que sí fue objeto de burla y agregó lo del arresto, solicitando que se investigara como una represalia.

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Foto: Marlene Martínez

Mientras tanto, aquel sargento continuó hostigando, amenazando con golpearlo y matarlo e incluso llegó a abofetearlo.

Ese mismo sargento ha llegado a recibir constancias médicas de Elías abusando de ello para hostigarlo. En una ocasión y con documento en mano, gritó en público su diagnóstico por una co-infección de hepatitis B y VPH, agregando:

—¡Quítate de aquí, no me vayas a pegar la hepatitis que tienes!

Molesto, Elías fue a darle parte de los hechos al coronel.

—Compréndelos. ¿Tú qué harías en su lugar? -respondió el coronel.

No hay caso

En enero de este 2016 Elías recibió la respuesta de la CNDH, donde le notificaban la conclusión del caso “por no existir materia para seguir conociendo del expediente de queja”, dándole la razón a la Sedena, pues “por definición” la agresión verbal no fue discriminación sino “injuria”, y al cancelarse el Plan DN-III, él ya no fue obligado a salir.

Pese a ello, continuará su denuncia por otros medios.

—Me sigue gustando el Ejército. Aunque yo ya no estoy cómodo ¿Por qué más estoy ahí? Por el tratamiento –dice con la voz entrecortada-. Ya quisiera irme porque ¿Ya qué hago? Profesionalmente ya no puedo crecer, ya tengo todo eso truncado. Si salgo allá afuera, regreso a Veracruz… pero allá sí sé que hay desabasto de medicamentos ¿Qué voy a hacer? Mi papá y mi mamá andan enfermos, también necesitan el servicio médico, por eso me he quedado. Pero de que yo esté a gusto, ya no.

Sabe que quizás no pueda hacer mucho más, pero desea dejar un precedente para quienes recién entran al Ejército, tal vez con las mismas metas y deseos con los que él mismo ingresó.

—Los compañeros nuevos, a ellos les va a traer repercusiones. Ahorita yo tengo derecho a llegar a los 20 años y jubilarme, pero ahora si no eres sargento, ya como cabo pasas dos años y si no les renuevan el contrato los dan de baja. Más aún si se transmiten de VIH, podrán correrlos así de fácil.

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