Él me tocó y yo soy la juzgada. Acoso en transporte público

Él me tocó y yo soy la juzgada. Acoso en transporte público

Lado B *

@ladobemx

Es el caso que, con ésta, es la décimo cuarta vez que lo explico, me parece. Todavía, luego de trece veces anteriores, se me sube el tono de voz y recreo la escena. No es que sea dramática, me encantaría contar todo esto impávida.

Incluso cuando le conté a la señorita del ordenador marcado con el número 15-77 del inventario de la Agencia especializada en Delitos Sexuales, combinación de números que recuerdo bien porque me gusta el número 15, pues de alguna manera rara me identifico con él, y estoy convencida de que el número 7 me trae suerte. Bueno, a ella le dictaba a gritos línea por línea, sin la mínima consideración de las pausas que hacíamos para que terminara de escribir mi testimonio.

“No me gusta salir de noche, señorita; no, no frecuento discotecas ni nada por el estilo, el único lugar que frecuento es la Universidad. Si esto me pasó como a las diez de la mañana, ¿usted cree que me siento como para salir de noche?”, le dije muy harta de su primer interrogatorio.

Un sábado del año pasado, hace aproximadamente nueve meses, cuando repasaba mi vida y lo que resta de ella al mirar tras la ventana de un camión urbano, conocido colectivamente como Boulevard CU, C.U. por Ciudad Universitaria; se sube un sujeto mayor pero no tanto, señor digamos; y se sienta a mi lado, cosa muy extraña porque había sólo algunas cinco personas a bordo, o sea, había muchos asientos disponibles. El señor traía una chaqueta y un portafolio, y puso sobre sus piernas ambas cosas al sentarse. De pronto me comenzó a incomodar la chaqueta, sentí que rozó mi muslo y se quedó ahí, tocándome. No sé por qué, pero estaba muy, muy incómoda; sentía rara la chaqueta, como dura. Dado que soy alta y los camiones no están diseñados para que las personas altas viajemos cómodamente, no podía ver qué había debajo de la chaqueta que me tenía tan incómoda, así que cada dos por tres me reacomodaba, pegando y re-pegando mis piernas hacia la ventana.

En eso estaba cuando sentí que la chaqueta tenía una temblorina muy extraña, nada acorde a los movimientos del camión. Me asusté y brinqué, y sí como algunos ya habrán previsto desde el inicio de mi testimonio, eso que sentía en mi muslo derecho no era la chaqueta, sino la mano del señor. Entre mi sorpresa, y mis reproches a mí misma por no haber hecho nada antes, le grité “¡Hey, señor! ¿Qué le pasa? ¡Me está tocando!”, y luego grité para los pasajeros “¡Este señor me está tocando!”. El sujeto me miró sonriente, con toda calma me señaló de loca, de inventar cosas, y me dijo que se cambiaría de asiento para que no alucinara situaciones que no estaban pasando, así solucionó nuestra bronca.

Yo me paré y me dirigí a una señora, la única entre los pasajeros que tenía su mirada empática puesta en mí; le juré que era verdad, me miró las manos, las traía temblando de miedo, y pidió un dulce para mí. Pronto, luego de darme el dulce, la señora se bajó del autobús; no sin antes haberle pedido al chofer que detuviera la ruta para llamar a una patrulla, lo cual naturalmente, no sucedió.

Al bajarse mi único apoyo moral, no entiendo cómo, pero se me ocurrió tomarle una foto a mi agresor, le tomé dos: una de perfil y otra de frente, para la última sonrió a mi cámara y me dijo que él no tenía nada que temer porque era “inocente”. Quería amenazarlo, quería gritarle cosas para que sintiera miedo de mí como yo de él, pero no hice nada. Soy el tipo de persona que guarda silencio frente a sus pensamientos de odio.

Nueve meses más tarde vengo a denunciar porque sé su nombre, y lo sé porque leí en un comunicado de Seguridad Pública que lo detuvieron en enero por agarrarle las nalgas a una chica. Esta chica sí lo hizo bien: pidió apoyo a los uniformados y al ser un “delito flagrante” (se comete ahí y se denuncia ahí nomás en cuanto se comete) se lo llevaron detenido. Pero vamos, no es un delito grave, puede salir bajo fianza.

Llevo dos días intentando denunciar. Ayer fui al Centro de Justicia para las Mujeres, (dependiente de la Fiscalía de Justicia de Puebla) al de la 17 poniente, y un abogado que me decía “chaparrita”, me explicó que ya no procedía por no haberlo hecho de inmediato, y así sumó un par de pretextos más para desalentarme. Según él y su orientación, me instó a “investigar” si mi agresor aún se encontraba detenido y que cuando lo encontrara, en el juzgado donde estuviera, aumentara la declaración de la chica que lo denunció y le expusiera mi caso. Le solicité que lo investigara el Centro por mí, por la comunicación que se supone que debe haber entre las instituciones que ven por “justicia”. Se fue a preguntar si es que podían hacer eso y cuando regresó lo vi con un cambio total de actitud, me dijo que sí estaba en tiempo, que subiéramos al segundo piso a que me tomaran mi denuncia.

Subimos y más obstáculos: en el Centro de Justicia para las Mujeres es curioso, pero no hay más que peritos en psicología y yo tenía que pasar por el peritaje de trabajo social, también. Me dijeron que regresara mañana, más temprano para ir y venir, ir a Delitos Sexuales, en la 10 oriente por mi peritaje de trabajo social y venir a completar el trámite. Vaya centro de Justicia para las Mujeres.

Abril Márquez
Abril Márquez

Pensé, pensé, me descubrí retrocediendo, buscando todos los pretextos para no volver al día siguiente, y hasta me dije a mí misma “pues lo intentaste, ¿no?”. Pero tuve un enorme cargo de conciencia al recordar a las chicas que me contaron sus historias horribles del acoso en el transporte público, y mi nula respuesta en tomar cartas en el asunto. Pensé en esos testimonios que no son parte de las estadísticas, estadísticas que reflejan o deberían reflejar circunstancias, problemáticas sociales: de acuerdo a los datos de la Fiscalía, al año se abren entre quinientas y seiscientas averiguaciones previas por ataques al pudor; entre cincuenta y ciento veinte por acoso sexual, y entre treinta y cuarenta por hostigamiento. Quienes más denuncian estos delitos son las menores de edad, de entre 12 y 17 años.

Como Luna, me dijo que cuando iba en la prepa un sujeto le metió la mano bajo la falda, ¿su reacción?: “Yo como pendeja sin hacer nada y me sentí muy mal; avergonzada, humillada; no sé cómo hacen las mujeres que sí les gritan y hasta los golpean”, me reveló.

A Lily lo que le pasó fue que se quedó dormida en la ruta, pues estaba muy desvelada, la despertó sentir una presencia cerquita de ella: “un hombre casi encima de mi cuerpo, disimuladamente abrí mis ojos y vi una chaqueta color café encima de mis piernas pero el movimiento del autobús no me dejaba percibir qué más me estaba tocando; me dio miedo, pensé que podría ser una pistola, no sabía qué hacer, lo juro ¡me entró terror! Hubo un movimiento que me hizo sentir que era su mano, estaba encima de mi pierna, casi cerca de mi parte íntima. Me paré de golpe, le metí un madrazo, le grité pervertido y le pedí al chofer que parara. El chofer me dijo que no iba a parar porque bien que me gustaba, ¡que hasta me había hecho la dormida!”

Otra amiga, Claudia, me contó que saliendo de trabajar tomó un autobús semivacío y un sujeto se paró muy junto de ella; ella sintió que algo muy extraño le tocó el brazo y como estaba tan cerca de él no quiso voltear a ver, pensó que podría ser algo de su mochila, se dio cuenta de lo que en verdad era hasta que el sujeto eyaculó sobre ella.

A todo esto: los hombres nos tocan, nos manosean y no pasa nada; dan por hecho que lo pueden hacer, como le dijeron a una compañera: “si quieres viajar cómoda mejor tomara taxi”; ¡pero oh sorpresa!, ¿en serio alguien cree que los taxistas no nos acosan?

El transporte no es digno, no existen programas para sensibilizar a los choferes sobre la violencia contra las mujeres y los choferes no nos hacen caso cuando les pedimos que paren, todo esto sin tomar en cuenta la gran cantidad de choferes acosadores. Hasta ahora no hay una sola sanción administrativa por esto, y las quejas son mínimas, según los datos de la Secretaría de Infraestructura y Transporte.

En fin, les decía que estuve a punto de desertar, pero no lo hice; y aquí estoy hoy, toda humillada contando por una décimo cuarta vez mi testimonio. Luego de repetir al menos cuatro veces que no fumo, no consumo alcohol, no consumo drogas; luego de indignarme porque la señorita que me practicó el peritaje de trabajo social me preguntara sobre si es que era sexualmente activa y si sí, ¿a los cuantos años había perdido mi virginidad? Aquí estoy toda muerta de coraje, por haber repetido cuatro veces que no tengo tatuajes, que ese día no llevaba falda, que llevaba pantalón holgado porque iba a hacer ejercicio (¿sería yo la culpable si hubiera llevado falda?), luego de decir todo mi historial de trabajos “menores” y darle todo al estado para que en mi denuncia contra un acosador, un agresor sexual, sea yo, yo, yo, yo la juzgada, la humillada, con sus preguntas jodidas de cajón, que “forman parte de la investigación”, según ellos, y que no hacen nada más que juzgar si las que denunciamos somos buenas mujeres o no. 

* Se omite el nombre de la autora a solicitud expresa, y porque la denuncia sigue en proceso de investigación.

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