Crisis de humanidad I: individuo

Crisis de humanidad I: individuo

Martín López Calva

@M_Lopezcalva

“La humanidad en su larga historia se ha ido encontrando una serie de obstáculos que en su momento parecían insalvables. Ante estos conflictos la sociedad humana se hallaba inicialmente inerme y sufría de guerras, revoluciones y de un terrible desamparo ideológico. Posteriormente, cuando estas crisis eran superadas, surgía un mundo nuevo lleno de esperanza y en el que todo estaba por descubrir. Así, por no mencionar más que dos ejemplos más cercanos y conocidos, nació el mundo feudal como una solución al definitivo hundimiento del mundo clásico y cuando este feudalismo se vio incapaz de dar una respuesta satisfactoria a la realidad de su época llegó el Renacimiento. Hoy, el hombre se encuentra enfrentado a otra de esas grandes crisis y también sufre el inevitable acompañamiento de guerras, de sensación de desamparo y, muy claramente, de un fuerte desconcierto ideológico; los valores e ideales de nuestros padres ya no son aceptados pero tampoco son sustituidos por otros nuevos”.

Gonzalo Crespí De Valldaura. La crisis de la humanidad.

 

La economía está en crisis, la democracia está en crisis, la convivencia social está en crisis, la cultura está en crisis, tal parece que en las generaciones que empiezan en la mía –“babby boomers”-, continúan en la X, la Y, la de los “millennials” no hay una palabra más escuchada, persistente, resistente, imbatible que la palabra crisis.

Pero cuando todo está en crisis en el mundo humano resulta inevitable, casi por sentido común concluir que es la humanidad la que está en crisis. En efecto, vivimos hoy en una profunda y radical crisis de humanidad, una crisis generalizada que parece no tener fin.

Como afirma Crespí, esta situación no es inédita porque si analizamos la historia de la humanidad encontramos de manera periódica etapas similares de crisis profunda en la que una época muere y otra empieza lentamente a nacer. Situaciones de crisis en las que todo parece dejar de funcionar y como afirma la frase que atribuyen a Einstein, no sabemos por qué. Situaciones o etapas de crisis en las que emergen conflictos, guerras, situaciones de violencia que se sale de control, desmoronamiento de las instituciones que antes regulaban las distintas esferas de la vida humana, destrucción de los valores que antes servían de sustento para orientar las decisiones de vida individual y colectiva pero que empiezan a no ser funcionales sin ser sustituidos por otros nuevos valores globalmente aceptados.

Crisis de civilización le llaman algunos, largo ciclo de decadencia le llama el filósofo canadiense Bernard Lonergan, era de hierro planetaria le nombra el padre del pensamiento complejo, Edgar Morin. ¿Decadencia o renacimiento? Algunos tienen ante esta situación crítica una postura catastrofista que dice que estamos al borde del colapso definitivo e inevitable de la humanidad, otros más optimistas dicen que estamos frente a una etapa de nuevo renacimiento, ante un cambio de época que dará como resultado una nueva y mejor situación para los seres humanos en el planeta, los más moderados como el mismo Morin hablan de que vamos a bordo de un Titanic pero “nada esta escrito, tampoco lo peor”, dejando un atisbo de esperanza pero planteando claramente que somos los seres humanos de manera individual y colectiva los responsables de que esta crisis derive en la autodestrucción o en un metasistema capaz de lidiar con los problemas fundamentales que hoy parecen no tener solución.

Muchos atribuyen esta crisis a la situación ambiental, planteando que necesitamos transformar la manera en que vivimos para lograr un modelo nuevo de desarrollo que sea realmente sostenible, sustentable en términos de uso racional de los recursos naturales y de distribución justa de estos recursos para garantizar una vida humana para todos.

Inicio hoy una serie de tres entregas de esta Educación personalizante en las que me ocuparé de reflexionar un poco sobre esta crisis global en tres dimensiones que corresponden a la visión triunitaria de Morin sobre el ser humano que es al mismo tiempo individuo-sociedad-especie. Vamos hoy a plantear algunos elementos de la crisis individual que hoy padecemos.

“Hoy me gusta la vida mucho menos,
pero siempre me gusta vivir: ya lo decía.
Casi toqué la parte de mi todo y me contuve
con un tiro en la lengua detrás de mi palabra…
…Me gustará vivir siempre, así fuese de barriga,
porque, como iba diciendo y lo repito,
¡tánta vida y jamás y jamás! ¡Y tántos años,
y siempre, mucho siempre, siempre siempre!”

César Vallejo. Hoy me gusta la vida mucho menos.

Sin duda hoy nos gusta la vida mucho menos. Nos gusta mucho menos porque la vida tiene elementos de injusticia, crueldad, violencia, desigualdad, exclusión, abuso, ley de la selva que tenemos ya, afortunadamente, la conciencia de que son negativos, inaceptables para una vida que pueda llamarse humana. No podemos, no queremos ya aceptar que la vida sea un continuo de oportunidades y privilegios para unos cuantos y un sufrimiento por falta de espacios de oportunidad para la mayoría. No podemos, no queremos aceptar un mundo en el que el poderoso, el rico, el violento, impongan sus condiciones y sus caprichos sobre la gran mayoría de la población que vive para trabajar y trabaja para sobrevivir aportando sangre, sudor y lágrimas para que una minoría tenga todo lo que necesita y todo lo que no necesita pero se le antoja.

Sin duda hoy nos gusta la vida mucho menos porque la vida así en abstracto no resulta algo comprensible, dimensionable, vivible para nosotros los seres humanos concretos y obsesionados con lo concreto de este siglo veintiuno lleno de paradojas y sinsentidos.

Crisis de civilización le llaman algunos, largo ciclo de decadencia le llama el filósofo canadiense Bernard Lonergan, era de hierro planetaria le nombra el padre del pensamiento complejo, Edgar Morin. ¿Decadencia o renacimiento? Algunos tienen ante esta situación crítica una postura catastrofista que dice que estamos al borde del colapso definitivo e inevitable de la humanidad, otros más optimistas dicen que estamos frente a una etapa de nuevo renacimiento,

Pero también es indudable que hoy nos gusta vivir porque hemos aprendido que disfrutar la vida no es pecado, que la vida no es necesariamente un valle de lágrimas que hay que soportar sino que puede ser un proyecto, una aventura por construir. El problema y la crisis de humanidad consiste en que vivimos este descubrimiento con cinismo porque nos desentendemos de todos los que siguen sufriendo el viacrucis de la existencia cotidiana sin merecerlo o bien con culpa porque tenemos los privilegios que nos otorga nuestra situación social y económica y la libertad efectiva para construir un proyecto de vida autónomo pero sabemos que esto, en alguna medida es a costa de los que no tienen estas oportunidades, de los que nacieron perdedores en una lotería que no alcanzamos a comprender.

Es un hecho que nos gusta vivir porque nos hemos liberado también de la dictadura de la razón, esa que diosificaron en la modernidad cuando mataron a Dios y hemos descubierto el valor de los sentimientos, la importancia de las emociones, la relevancia de la pasión en este camino constante de edificar una vida que valga la pena. El problema es que en cierta medida hemos matado al dios de la razón pero hemos vuelto a poner en el lugar de Dios a otro ídolo, en este caso a las emociones y vivimos entonces como esclavos de lo que nos dicen los sentimientos espontáneos, haciendo “lo que nos nace” y nada más que lo que “nos nace”, rechazando cualquier compromiso o tarea vital que implique vencer o enfocar lo que sentimos porque parafrasenado a Morin: “poseemos los sentimientos que nos poseen”.

Parece evidente que nos gusta vivir porque hemos descubierto que es posible vivir libres de dogmas y ataduras ligadas a la idea de la verdad absoluta, hemos descubierto la multiplicidad de perspectivas y de opiniones, la posibilidad de expresar lo que percibimos e interpretamos sin censuras. El problema es que al saber que la realidad es respectiva hemos creído que todo es relativo y que no existe nada que podamos afirmar como verdadero porque todo es según del color del cristal con que se mira. Vivimos entonces poseídos por las ideas que poseemos, sumidos en la dictadura de la opinión y en el falso respeto a las ideas por evidentemente falsas o absurdas que sean.

Nos gustará vivir siempre porque “¡tánta vida y jamás y jamás!”, porque “¡Y tántos años, y siempre, mucho siempre, siempre siempre!” porque vivimos en la experiencia de esta tensión entre el jamás y el siempre, en esta tensión entre la realidad que nos dice que no duraremos aquí por siempre y el deseo que somos que nos pide, nos hace querer vivir por siempre, siempre. El problema es que la crisis de los metarrelatos, el descrédito –en parte justificado- de las religiones tradicionales nos tiene atrapados entre la negación del deseo de siempre por un pragmático discurso del jamás y la canalización de este deseo de trascendencia en propuestas mitológicas, pseudometafísicas, ingenuamente cósmicas que nos sacan de la realidad y nos hacen muchas veces evadir el compromiso que una fe auténtica conlleva, el compromiso con el aquí y ahora, con el otro de carne y hueso que nos pide justicia y no dádivas ni sueños, el compromiso con la realidad que nos exige ser responsables y no meramente responsivos, el compromiso con la vida en todas sus formas, con la vida que somos todos pero que nos trasciende a todos.

Estas paradojas que vivimos nos tienen atrapados en la sensación de desamparo y el desconcierto ideológico. ¿Podremos superar esta crisis de humanidad en lo individual? ¿Surgirá un mundo nuevo lleno de esperanza y en el que todo estará por descubrir?

*Doctor en Educación por la Universidad Autónoma de Tlaxcala. Ha hecho dos estancias postdoctorales como Lonergan Fellow en el Lonergan Institute de Boston College (1997-1998 y 2006-2007) y publicado dieciocho libros, cuarenta artículos y siete capítulos de libros. Actualmente es académico de tiempo completo en el doctorado en Pedagogía de la UPAEP. Fue coordinador del doctorado interinstitucional en Educación en la UIA Puebla (2007-2012) donde trabajó como académico de tiempo completo de 1988 a 2012 y sigue participando como tutor en el doctorado interinstitucional en Educación. Es miembro del Sistema Nacional de Investigadores (nivel 1), del Consejo Mexicano de Investigación Educativa (COMIE), de la Red Nacional de Investigadores en Educación y Valores que actualmente preside (2011-2014), de la Asociación Latinoamericana de Filosofía de la Educación y de la International Network of Philosophers of Education. Trabaja en las líneas de filosofía humanista y Educación, Ética profesional y “Sujetos y procesos educativos”.

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