Julián Báez Rosas, “El Juls”, seco y a salvo

Julián Báez Rosas, “El Juls”, seco y a salvo

Julián Báez Rosas es, como él mismo se define, un músico urbano al que actualmente se le puede escuchar en su faceta de locutor y entrevistador, en su programa «Rueda y asfalto”, los miércoles a la 1:00 a.m. por subterráneos.com.mx: rol, entrevistas y música sin género ni etiqueta.

LOGO DE QUE LADO MASCA LA IGUANA (1)

Juan Daniel Flores

Julián entra en dos ruedas al vestíbulo de la “La Alhóndiga” como juan por su casa. Le doy una “empujadita” a su asiento de dos ruedas.

Me siento frente a Julián y, aunque había pasado decenas de veces junto a él en alguna de las taquerías de esta ciudad, nunca lo había tenido así, tan de frente.

¡Qué chingones sillones! los de este hotel, “siéntate” me dice el juls, en su “oficina privada” en el vestíbulo del hotel ubicado en el pasaje del Ayuntamiento.

Yo, con esa alarma en la cabeza que se nos prende a muchos proles y nos dice, que a un lugar así se entra para consumir muy caro o para tomarse una foto, me sentí un poco como en la película de Pedro Infante Escuela de vagabundos. A ver a qué hora nos corren pensé.

Empecé por los años 1994 ó 1995 tocando rolas con un compa que le decían “El vampiro”. Él me subía al camión con todo y silla, nos subíamos a cantar a los camiones: “El garita”, “El rojo Santamaría”, “El aviación”, “La ruta 55”, “El ruta 2000”, todavía me tocó verlos, así empecé yo.

Mis compas me cargaban en hombros y me subían al camión de a “tanque de gas”, me sentaban en uno de los asientos del camión y luego bajaban corriendo por la silla de ruedas; todo eso en menos de cinco minutos, así empezamos a dar el rol y me fui acostumbrando a ganar dinero.

FOTO JULIAN
Foto: Carlos Mario de la Cruz

Ya llevo veinte años de este trajín de ser músico urbano.

Una especie de obsesión, fijación o mecanismo de alguna parte de mi cerebro, hace que siempre que entrevistó a alguien recuerde una película. Esta vez lo que mi memoria trae al presente es a Gabriel Retes en El Bulto.

Julián, músico urbano, locutor, reportero, personaje urbano y excelente conocedor del rock, me dice cómo han cambiado las cosas en Puebla sobre todo en los últimos 16 años. Es como si en dos pestañazos el mundo se hubiera vuelto distinto: más moderno y menos cercano e íntimo.

Las cosas en Puebla han cambiado mucho; de hecho para mí lo cotidiano es diferente al resto de la gente por mi condición, para mí lo importante es mantenerme “seco y a salvo”, yo siempre lo he dicho, para la gente se vuelve cotidiano levantarse por las mañanas e ir al baño, para mi llegar al baño, por mínimo que parezca, implica un trabajo de fuerza, de llegar y de mantenerte seco y a salvo.

Lo mismo pasa en la ciudad, veinte años en el rol, veinte años a pesar de los gobiernos y a pesar de la gente que se va deshumanizando, que te vuelve invisible e irrelevante ante otro tipo de cuestiones que te quitan el foco de atención; a veces hasta un perro resulta ser más importante que tú, y eso tiene que ver con el cambio cultural que estamos viviendo, con la deshumanización.

Hay gente que se me acerca y me dice “oye que bonito cantas”, yo sé que no, canto feo pero con sentimiento. Cantar no es mi mayor virtud, yo tengo otro tipo de virtudes. Pero la gente que de verdad aprecia lo que uno ha hecho durante veinte años llega y te lo dice bien.

Si ha cambiado la cotidianidad, antes viajaba en camión y ahora viajo en taxi, pero eso mismo me ha obligado a adaptarme a los cambios. Digo antes tocaba con un guitarrista a lado, toqué con mi compadre más de 16 años y ahorita ando haciendo uso de la tecnología, canto con una bocina, con una USB y con pistas. Como lo hace casi un profesional.

Sin que me envuelva la melancolía urbana, ese duende mujer que desdeña la modernidad evocando recuerdos, calles y discursos añejos como aquello que reza que, todo pasado fue mejor, le pregunto, a partir de su mirada urbana y posiblemente panóptica ¿que mira de diferente de ese año ´94 a estos años recientes en la ciudad?

Me siento afortunado, ya que a mí me toca un asiento de primera fila para ver muchas cosas en la ciudad, aquí en el Pasaje del Ayuntamiento, por ejemplo, veo pasar gobiernos, veo pasar gente. Me pasa un poco como la rola de Fito Páez:

“Me gusta estar al lado del camino, mirando el tiempo mientras todo pasa”

A mí me pasa exactamente igual. Todo pasa mientras estoy cantando, hay gente corriendo, hay gente amable, hay gente desdeñosa. Gente siempre hay. Pero muy pocos son humanos. Ese es el cambio que noto en la ciudad desde mi ser y hacer, me he hecho un poco más invisible. Hay menos humanidad.

Por ejemplo lo noto en los ingresos, en los noventas me ganaba hasta mil quinientos pesos en una tarde y lo repartíamos entre seis, será porque me veía más jovial. Han cambiado las cosas, la economía tampoco está para que yo gane ese dinero que ganaba entonces; ahora viajo en taxi, eso me genera otro gasto, no me muevo, pero gasto el asiento de la silla, lo que me genera otro tipo de gasto, todo ha ido cambiando.

En este sentido te comento, “Los variles”, unos compas que hacen covers de rock urbano, le pusieron música a una rola mía llamada “Invisible”, en ella hablo precisamente de eso, de que me he vuelto invisible, me rechazan los gobiernos y hasta los seres humanos, sino grito o si no canto no me notan.

Ya el temor de que nos saquen de la “La Alhóndiga” prácticamente ha disminuido, al Juls lo han saludado al menos tres meseros que han pasado.

Al final de cuentas para eso es un hotel, para estar de paso. Ya hasta dan ganas de que nos pasen algo para refrescar la garganta.

–Julián en estas arenas a veces tan benignas, y otras tan lacerantes por las que deambula la cotidianidad ¿Que elementos hacen que tu trabajo pueda estar en riesgo o en vulnerabilidad?

Como actor cultural soy un perfecto desconocido; llevo tres años en el ámbito de la radio, he trabajado duro por hacerme notar, pero nada, la radio sólo me ha beneficiado en otros campos. Por ejemplo, Javier Miñano un músico español que viene a cantar aquí cerca, me contacto vía facebook para entrevistarlo en su visita a Puebla, pero nada más.

En cuanto al contenido social de las cosas que tengo que vivir día a día en mi trabajo de cantante urbano, aquí en el Pasaje del Ayuntamiento, en mucho se trata actualmente de trabajar bajo censura: el “aquí no puedes cantar”.

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Foto: Claudia Rodríguez / Subterráneos

Después de tres años de verme cantar a diario en el mismo lugar, llega un cambio de administración y me dicen eso. A mí se me hace una incongruencia, ya que otros que están trabajando con bocinas de sonido bastante ruidoso, que generan contaminación visual y risas a base de la vulgaridad si se les permite trabajar, y yo que tengo una bocina pequeña de no más de trescientos pesos, que a lo mucho que puede llegar a sonar es a la mitad del Pasaje ¿no puedo trabajar? ¿Por qué? ¿Por como me veo, por mi situación física?

Quiero reiterar que yo respeto el trabajo que cada quien desarrolla, pero se me hace una incongruencia que sea así para unos, y a otros no se nos permita trabajar sólo por la apariencia.

Incluso, se me ha pedido que saque mi credencial de discapacitado cuando es notoria mi discapacidad. Entonces que ¿al rato me van a pedir mi bata azul o algo que me distinga en este gobierno para que no me molesten?

Qué bueno que yo por gracia de Dios, o por gracia de mi fuerza, me puedo establecer en otros lados y “moverme” pero ¿y si no?

–En cuanto a tu experiencia artística como actor de la escena cultural underground, ¿es posible hablar de elitismo o de discriminación, aún en ambientes que pertenecen más a la contracultura? ¿Cómo vez en tu experiencia el ambiente cultural local Julián?

Tengo muchos amigos de la elite cultural y de la contracultura, estar en un medio te abre muchas puertas y no estarlo te abre otras también.

Yo he estado compartiendo escenarios con Carlos Arellano, con “El Tri”, “El Haragán”, hice la rola del Teletón de 1999, me toco estar con Caifanes en el cierre del teletón en el azteca. He estado entre ellos aunque no soy tan famoso, tan de su raza. Pero si he podido llegar de metiche y ponerme a tocar; no es que me inviten, yo solito voy y hago de sus rolas un “pepino”. Así me pasó con el Mastuerzo, apenas él comenzó a tocar La Mamá de Tarzán, yo llevaba la armónica y comencé a tocar, le gusto y armamos él desmadre juntos. Son experiencias.

Dentro de la elite de la cultura poblana hay mucho compadrazgo, también eso se reproduce “hacia abajo”, no es un mal cultural, en un mal entre los músicos, los músicos tienen ese rollo.

Acá en la calle se ve entre músicos callejeros, “yo toco mas chingón que tú”, luego nos topamos de lugar a lugar, nos topamos y entre nosotros mismos nos vemos de “y tú qué”, si roemos del mismo hueso, yo lo he hecho. La misma experiencia me ha dado el derecho a hacerlo. El saber con quién toco y con quién no. El tiempo me ha dado eso.

Pero luego hay gente que es nueva y ya llega con actitudes e ínfulas de “rockstar” que ni le van. Hay gente sencilla como “Carcará”, vocalista de la Trola, que rolaba en restaurantes y era músico callejero y dejaba ese disfraz y se subía al escenario y era exactamente el mismo, y hay gente que se disfraza de banda por estar bien contigo pero al final tiene otros intereses. Se da mucho en el Hollywood poblano.

–Esa especie de fantasma cultural que permea con mucho la identidad local no perdona ni a artistas, ni a intelectuales, ni a personajes culturales. Todos estamos en la casa del jabonero.

“Los Híkuris” son herreros, se quitan su ropa de trabajo y se ponen a rocanrolear, está bien chido, tienen ese doble contexto social. Esmeralda canta en un grupo versátil, canta en un grupo de blues, todo el tiempo está cantando, pero también tiene su lado de elite, pero luego hay gente que canta en la calle y se siente parido por Zeus

En cuanto a lo anterior ¿tú crees entonces que se podría hablar de una doble moral artística?

Si la hay, sin quemar a nadie, si hay ese tipo de ínfulas. Pero se nos olvida que es trabajo, todo es trabajo. Desde el güey que canta en la calle hasta el que canta en un gran foro.

Hay bandas bien respetables como “Los Híkuri”, o como ahorita lo que está haciendo Esmeralda Guillen, son gente que ha estado en elite musical, dentro de lo que yo he llamado “El Hollywood poblano” pero no deja de chambear, de ser sencilla. A Esmeralda me la he encontrado cantando en los restaurantes de aquí alrededor del zócalo por ejemplo, claro tampoco creo que vaya a los mercados a cantar verdad.

“Los Híkuris” son herreros, se quitan su ropa de trabajo y se ponen a rocanrolear, está bien chido, tienen ese doble contexto social. Esmeralda canta en un grupo versátil, canta en un grupo de blues, todo el tiempo está cantando, pero también tiene su lado de elite, pero luego hay gente que canta en la calle y se siente parido por Zeus.  

Yo sigo cantando por necio, aunque le quedo a deber a la gente en lo artístico, ya que después de 20 años de andar gritando la voz ya no es la misma. La garganta exige cierto descanso.

Cantar me da de comer, me da para vivir bien. La misma gente que me rodea trata de cuidarme, de tenerme bien: seco y a salvo.

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